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TRIBUNA

Pensar el cristianismo

José Luis Roldán
lunes 11 de agosto de 2025, 20:03h

Un inteligente y buen amigo, tras la publicación de mi último artículo sobre San Agustín, me objetó que es científicamente más viable Poseidón que el Espíritu Santo. No se lo discutí, pero traté de hacerle ver que justamente en ese aspecto reside la genialidad del filósofo de Tagaste: pensar un Dios uno y trino, esforzarse por hacer inteligible un contenido de fe que al ser formulado aparenta ser una contradicción en sus propios términos. Como dijo el español Ferrater Mora, antes de San Agustín el cristianismo era vivido, después de él, vivido y pensado.

Uno de los problemas que vivió y pensó el obispo de Hipona es el del conflicto entre la presciencia divina y la libertad humana. No es una cuestión menor o bizantina, ya que toda respuesta a un problema metafísico tiene consecuencias éticas y políticas. Si Dios existe, entonces conoce todas las cosas antes de que sucedan. ¿Significa esto que todo está predeterminado? Y, si es así, ¿puede atribuirse responsabilidad a un sujeto cuyos actos no proceden de una voluntad libre? De las respuestas que se den a estas preguntas pende la doctrina moral y salvífica del cristianismo.

En el libro quinto de la Civitate Dei, tras refutar el fatalismo de la astrología, San Agustín plantea el problema en los términos que empleó un romano precristiano como Cicerón. Entre abril y mayo del 44 a.C., en su villa de Putéolos, Cicerón discutió con uno de sus alumnos de retórica, Aulo Hircio, sobre la existencia del destino y sus consecuencias morales. De aquellas conversaciones conservamos un diálogo, De fato (Del destino), escrito por el propio Cicerón y que es empleado por San Agustín para abordar el problema.

Sin embargo, De fato sólo es la denominación latina que se da al Perì heimarménēs griego. Cicerón en el diálogo reconoce que la cuestión y los posicionamientos que se han adoptado vienen de largo: «Me parece que, habiendo dos tendencias entre los antiguos filósofos (una, la de aquellos que estimaban que todo ocurre a consecuencia del destino, de tal manera que este destino es el que constituye la esencia de la necesidad; dentro de esta tendencia estuvieron Demócrito, Heráclito, Empédocles y Aristóteles [sic]; otra, la de aquellos a quienes les parecía que existen movimientos voluntarios del espíritu, sin que intervenga destino alguno), quiso Crisipo, como árbitro de honor, ocupar el medio». Tanto el estoico Crisipo (S. III a.C.) como el académico Carnéades (S. II a.C.) coinciden en la tesis que hará suya Cicerón: existe un destino, entendido en el sentido de un orden cósmico de causas y efectos, que, sin embargo, no determina exterior y necesariamente nuestra voluntad.

Cicerón reclama un margen de libertad frente al destino porque, de lo contrario, estaríamos condenados a la total inactividad en virtud del razonamiento ocioso (argós lógos), de origen megarense, que él mismo recoge en el diálogo: «Si tu destino es el de reponerte de esa enfermedad, te repondrás, recurras al médico o no; del mismo modo, si tu destino es el de no reponerte de esa enfermedad, no te repondrás, recurras al médico o no; y tanto lo uno como lo otro es tu destino, luego de nada sirve recurrir al médico». Contra este argumento, Cicerón, siguiendo a Crisipo y Carnéades, afirma que a pesar de la existencia de causas naturales que nos determinan, el aprendizaje y la voluntad nos pueden apartar de las inercias del destino. Esta idea la ilustra con el caso del filósofo megarense Estilpón: «Sus allegados escriben que fue un borracho y, además, un mujeriego; y no lo escriben como detractores, sino más bien en su alabanza, porque fue él mismo quien dominó y reprimió ese carácter vicioso mediante la educación, de tal manera que nadie lo vio jamás bebido y nadie vio en él huella de desenfreno». Esto, sin embargo, no significa que los actos procedentes de nuestra voluntad carezcan de causa, sino tan sólo que ésta se halla bajo nuestra potestad. Quizá la apuesta por la libertad frente al fatalismo sea toda la contribución que puede hacer un anciano Cicerón a la reconstrucción del Estado republicano tras el reciente asesinato de Julio César.

Cuatro centurias más tarde, San Agustín también defenderá la libertad del hombre, mas a fin de salvaguardar no un reino temporal, sino el eterno. A juicio del santo, Cicerón aborda el conflicto en los términos de una disyuntiva entre la presciencia divina del destino o la libertad humana, de modo que niega el primer término al reconocer la verdad del segundo. Esto, para el filósofo cristiano, es un sacrilegio en tanto que negar a Dios el conocimiento de las cosas futuras equivale a negar su propia existencia. San Agustín se ve obligado a afirmar los dos extremos de la disyunción, pues el cristianismo se apoya tanto en la omnisciencia del creador como en la libertad de la criatura humana. Su solución pasa por el reconocimiento del querer, fundamento de la libertad de nuestra voluntad: «Hacemos muchas cosas que, si no quisiéramos, no las haríamos en absoluto. Esto es un rasgo originario del propio hecho de querer; pues si queremos, existe, si no queremos, no existe; porque no querríamos si no quisiéramos». La presciencia divina va más allá de nuestros actos, que son los efectos de nuestra voluntad, y conoce nuestro querer, la causa de nuestras acciones: «El ser humano no peca porque Dios previó que iba a pecar; por el contrario, queda fuera de toda duda que peca cuando peca porque Aquél, cuya presciencia no puede verse engañada, previó que iba a pecar, no el hado, ni fortuna ni ninguna otra cosa, sino él mismo. Y si no quiere, no peca en absoluto; pero si tal vez no quiso pecar, incluso esto lo previó Aquél». Y que Dios prevea lo que queremos no niega nuestro libre albedrío, sino que es una prueba de la potestad que tenemos sobre nuestra voluntad. Si Dios prevé nuestro querer, entonces tiene que existir un querer, una potestad nuestra sobre nuestra voluntad, que pueda ser previsto. «No porque Dios previó qué iba a haber en nuestra voluntad deja de existir poder en la misma. Pues no es la nada lo que ha previsto quien lo ha previsto. Finalmente, si el que ha previsto qué iba a suceder en nuestra voluntad no ha previsto sin duda la nada, sino algo, ciertamente, incluso estando Aquél dotado de presciencia, existe algún poder en nuestra voluntad».

Salvadas la presciencia divina y la libertad humana, rasgos constitutivos, respectivamente, de Dios y del hombre, quedan inconcusos los dogmas relativos a la existencia del Creador y a su doctrina moral orientada a la salvación. «Por lo tanto, las leyes, las represiones, las exhortaciones, las alabanzas y los vituperios no existen en vano, porque también previó que iban a suceder, y poseen un gran valor, tanto cuanto previó que iban a poseer».

Ahora bien, si Dios lo sabe todo antes de que suceda, también sabe las opiniones de todos los filósofos, tanto de los que le niegan como de los que le afirman. Cómo afecta la presciencia divina en la narración de la historia de la filosofía es algo que veremos en la próxima entrega.

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