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“ESTOY AQUÍ PARA DECIR “NO”, CON RAZÓN O SIN ELLA”

martes 12 de agosto de 2025, 11:55h
Hace 67 años publiqué una “tercera” en el ABC verdadero titulada Antígona, Sófocles y Anouilh...

Hace 67 años publiqué una “tercera” en el ABC verdadero titulada Antígona, Sófocles y Anouilh. El “no” de Alberto Núñez Feijóo a la ley antiapagón y a otros muchos decretos y leyes a lo largo de todo este año 2025, me ha traído en plena vacación canicular el recuerdo de aquel viejo artículo. En él, Antígona, convertida por Anouilh en la oposición parlamentaria, le dice a Creonte: “Estoy aquí para decir que “no”, con razón o sin ella”. Aprovechando, la dispersión veraniega reproduzco hoy, íntegramente, sin modificar una coma, aquel artículo que publiqué en ABC, hace casi setenta años:

“Edipo, cumpliendo sin saberlo los vaticinios de Apolo, mata a su padre y se casa con su madre, Yocasta. Del incesto monstruoso nacen dos hijos, Eteocles y Polinice, y dos hijas, Antígona e Ismene. Desaparecido Edipo, sus hijos Eteocles y Polinice, en una sangrienta batalla, se matan, ensartándose mutuamente. Creonte, su tío, el Rey de Tebas, ordena que se celebren grades funerales por Eteocles, mientras el cuerpo de Polinice debe quedar insepulto para pasto de las aves rapaces. Antígona se rebela contra las órdenes de su tío y entierra el cadáver de su hermano Polinice. Creonte, entonces, condena a muerte a Antígona. Hemon, hijo de Creonte y prometido de Antígona, suplica en vano. La hija de Edipo es encerrada en una caverna, donde se ahorca con un lazo de lienzo. Hemon, desesperado, trata de matar a su padre, pero no lo consigue. Entonces se echa sobre su espada y se la clava a sí mismo. Herido de muerte, rodea con sus brazos el cuerpo de Antígona, regando la pálida cara de la amada muerta con la sangre caliente que brota de su pecho. Eurídice, la mujer de Creonte, no puede soportar la desgracia y se atraviesa, en silencio, el corazón. Creonte queda solo en medio de la tragedia.

Jean Anouilh ha actualizado este tema clásico de Sófocles escribiendo una obra muy interesante de extraordinaria perfección teatral. En ella, sin embargo, la figura de Antígona queda desvirtuada. No es ya el personaje de Sófocles. Existe una diferencia sustancial entre ambos. En la obra de Sófocles, Antígona actúa por móviles religiosos; en la de Anouilh, por móviles políticos.

La Antígona clásica justifica su infracción a la ley de Creonte, al enterrar a Polinice con estas palabras: “No he creído que una ley humana tuviera bastante fuerza para obligar a los hombres a violar las leyes divinas”. Cuando invita a su hermana Ismene a que la acompañe, dice: “Pronto vas a tener que demostrar si has nacido noble o, si hija de nobles, eres villana”. Y como Ismene se niega por temor a la ley de Creonte, Antígona responde simplemente: “Si así te parece mejor, sigue desestimando leyes que los dioses tanto estiman”. Ismene se horroriza de la intención de su hermana: “El corazón te arde y en cosas que hielan”, murmura. Pero Antígona acude junto al cuerpo del hermano muerto, salva la vigilancia de los guardas, lo cubre con la tierra soplada por el viento desnudo de la noche y le honra con los ritos indispensables. Cuando, ya prisionera, es llevada ante Creonte y éste le pregunta por qué ha violado sus órdenes, acude al mismo argumento: “No era Zeus quien imponía tales órdenes”. Y añade que Creonte no puede “prevalecer por encima de las leyes inquebrantables de los dioses”. Leyes “que no son de hoy ni de ayer, sino que viven en todos los tiempos y nadie sabe cuándo aparecieron”. Creonte condena a muerte a Antígona. En la tragedia de Sófocles, por el contrario de lo que sucede en la de Anouilh, el Rey no trata de salvar a su sobrina. No hace caso de ningún argumento. “Pero vas a matar a la prometida de tu propio hijo?”, pregunta Ismene. Y cuando Hemon le hace ver que la opinión pública de la ciudad es favorable a perdonar a Antígona, Creonte replica con violencia: “¿Y la ciudad va a dictarme a mí lo que yo tengo que mandar?” Como no acepta limitaciones ni consejos, impone su crueldad. Es la Monarquía absoluta, en su peor acepción. En ella, el Rey, como afirmará Antígona, “dice y hace impunemente lo que le place”. Aunque en su capricho viole hasta la misma ley divina. Por eso, cuando la conducen a la muerte, la dulce y orgullosa Antígona, cuyo carácter no está hecho “para compartir odios, sino para compartir amor”, vuelve otra vez a lo mismo: ¿Cuál es la ley divina que yo he violado? Con una tristeza que es sólo coquetería, se lamenta: “Y mi muerte, muerte sin llantos, ningún ser amigo la llora”; para terminar despidiéndose con esas palabras que tanto desconcertaban a Goethe, según señala el padre Errandonea: “Adiós, ciudad de mis padres, Tebas, mi patria, y dioses de mis abuelos, ya me llevan; ya esto es hecho”.

En la obra de Anouilh desaparecen los motivos religiosos, y todos los personajes se mueven sobre hilos sutilísimos de intencionalidad política. Creonte es el jefe de un Estado parlamentario; Antígona, la oposición al Poder constituido; Ismene, la opinión siempre indecisa, fluctuante. Antígona es ahora una enamorada de la vida: “Yo tampoco hubiera querido morir”, dice. Va a enterrar a su hermano porque tiene que decir que no a Creonte, el Rey. Porque es la oposición. Cuando Ismene le hace ver que su intento de enterrar a Polinice es absurdo e irrazonable, contesta: “No quiero tener razón”. Lo hace porque sí, porque es la hija de Edipo, la oposición. Apresada y llevada a presencia del Rey, cuando éste le pregunta por qué intentó enterrar a su hermano, contesta sencillamente, dirigiéndole una mirada entristecida y turbia: “Tenía que hacerlo”. Creonte, el Rey, sabe que el suyo “es un oficio de todos los días y no siempre un oficio divertido, como todos los oficios”. Hubiera podido negarse a ser Rey, pero “me sentí de golpe como un obrero que rechaza un trabajo”, porque “tiene que haber quienes digan que sí. Tiene que haber quienes gobiernen la barca”. Si no hay nadie que gobierne, si no hay nadie que diga que sí, la nación se hundiría. “Yo estoy aquí para decirle que no”, afirma entonces, duramente, Antígona. Para decir que no siempre, con razón o sin ella, hasta cuando se sepa que con la negativa se arrastra al país al desastre y la muerte. ¿Qué fácil es decir que no! “Para decir que sí, se lamenta Creonte, hay que sudar y arremangarse, tomar la vida con todas las manos y meterse en ella hasta los codos”. ¡Qué fácil es decir que no! Pero “es demasiado cobarde”. A pesar de todo, Creonte lucha por salvar a su sobrina, trata de evitar que muera. Y descubre ante ella la bajeza de sus dos hermanos. Ni siquiera se sabe cuál es el cadáver que hay sobre la tierra, porque Eteocles y Polinice, al ensartarse, quedaron desfigurados. Pero es necesario ofrecer a la ciudad, para poder gobernarla un héroe y un traidor. Antígona, sin embargo, no renuncia a enterrar otra vez a su hermano. Y cuando Ismene se ofrece a acompañarla, salta en ella un egoísmo innoble: “¡Ahora, no! ¡Ya no! No te figures que vendrá a morir conmigo ahora. ¡Sería demasiado fácil!”. Todo Tebas conoce ya el delito de Antígona. Es demasiado tarde para salvarla. Creonte se ve obligado a hacerla morir. “Quizá ni ella misma lo supiera, dice el Rey, pero Polinice era sólo un pretexto. Cuando tuvo que renunciar a ese pretexto, encontró otro enseguida. Lo que importaba para ella era negarse y morir”. Creonte hubiera querido salvarla, pero se ve obligado a hacer lo contrario de lo que desea, porque la opinión, la ciudad, ya se ha enterado del delito y él se sabe impotente contra la multitud. Es la Monarquía liberal. En Sófocles, el Rey podía hacerlo todo; en Anouilh, el Rey no puede hacer nada. Y cuando se encuentra solo en medio de la tragedia, frente a la muerte de Antígona, de su hijo Hemon, de la apacible Eurídice, su mujer, ni siquiera dispone de tiempo para lamentarse. Tiene que marcharse a presidir un Consejo de Ministros.

Yo no sé si existe derecho a desvirtuar la esencia de un personaje literario como hace Anouilh con Antígona. En principio, parece inaceptable que nos ofrezcan, con su nombre, un Don Quijote, gordo y materialista, o un Macbeth generoso, idealista y místico. Pero es innegable que la inteligentísima obra de Anouilh deja muchos valores positivos. En su pequeña, en su pálida, en su triste Antígona se encierra una lección, grave y profunda, de teatro y de política”.

Hasta aquí, el artículo que publiqué en la “tercera” del ABC verdadero hace casi setenta años.