Uno de los problemas más graves del análisis geopolítico radica en que todos los razonamientos se tienen que fundamentar en una interpretación de la realidad que se tiene a la vista; sin embargo, detrás de las confrontaciones entre potencias existe la niebla de un mundo secreto de complicidades, negociaciones y sobre todo sacrificios circunstanciales.
El presidente Trump se lanzó a una pirueta de circo como un trapecista sin red protectora, y en ese contexto se tiene que considerar que el resultado de la Cumbre de Alaska fue un sonado fracaso; sin embargo, en los pliegues de las negociaciones de poder, quedó claro que como en los viejos tiempos de la guerra fría las negociaciones del equilibrio mundial --que no un Nuevo Orden-- solo se puede dar entre dos estrategas porque el ajedrez se juega entre dos personas.
Muchos observadores parecen no entender esas actitudes de paciencia que tuvo el presidente Putin hacia la personalidad hiperactiva del presidente Trump, pero el ruso se está jugando la existencia de su país y de él mismo en una guerra que no fue tan fácil como lo esperaba y de la cual --como en Vietnam para Estados Unidos y Afganistán para la Unión Soviética-- no tiene puertas de salida.
La gran victoria del fracaso de Trump --valga que el juego de palabras-- radicó en el hecho de que el presidente de Estados Unidos apareció como el contrapunto de Rusia, tomando en cuenta que son los dos únicos países con capacidad de definición de la geopolítica, en tanto que China no juega en el territorio bélico y su combate es más de dominio económico y tecnológico.
Trump aprovechó la grave crisis de cohesión interna en la Unión Europea y subordinó los precarios espacios de movilidad del presidente Zelenski para salirse del arrinconamiento en que lo tiene Putin porque Rusia dejó muy claros sus objetivos invasores: evitar la incorporación de Ucrania a la OTAN para no tener en la línea fronteriza territorial a un país que pudiera instalar misiles y tropas occidentales. Y en la minicumbre de Washington de Trump con la Unión Europea ya opinó que la OTAN no debe asociar a Ucrania,
Si se recuerda el juego estratégico de la vieja guerra fría en Europa, una de las justificaciones de la parte occidental radicaba en el hecho de colocar una línea roja militar frente a los países del Pacto de Varsovia que poseían misiles y tropas a solo unos kilómetros de Berlín occidental. Y que Estados Unidos se vio obligado a estimular la timidez geopolítica del presidente Kennedy cuando se descubrió que Moscú estaba armando misiles ofensivos en La Habana, a los míticos 90 millas de Florida.
Putin tuvo claro que Biden no iba a desplegar tropas en Ucrania para combatir a la invasión rusa y parece tener también la certeza de que Trump no tomará esa decisión, en tanto que Europa carece de la infraestructura bélica como para involucrarse directamente en una guerra de campo de batalla que no tardaría en saltar a la zona occidental europea.
Además de la línea roja de la OTAN cruzando la línea fronteriza de Rusia, Ucrania se presentó como un escenario de reconfiguración de los equilibrios mundiales. La estrategia de Putin se basó en el manejo de las circunstancias bélicas para evitar que se convirtieran en un escenario de Guerra Mundial donde varios países participaban en una conflagración que tenía el trasfondo ideológico de dos modelos económicos: el estatista de Rusia y el capitalista de Europa.
No se tiene muy claro si Trump pudiera tener --por así decirlo-- un pensamiento geopolítico kissingeriano, pero su modelo de reconstrucción del eje de dominación económica-productiva-tecnológica de EU --que se sintetiza en el significado de MAGA—busca reconcentrar en territorio americano todas las empresas que se desperdigaron por el mundo desde 1989 con la globalización del llamado entonces Consenso de Washington.
Los estrategas del entorno de Trump parecen tener el modelo de que la reconfiguración del poderío estadounidense tiene que pasar por un nuevo equilibrio mundial y que la MAGA tendría que propiciar un modelo bipolar con solo dos jugadores en el tablero ajedrecístico: Estados Unidos y Rusia, los dos únicos países con poderío militar y nuclear que tienen capacidad de intervenir en guerras a capricho.
En este contexto, la victoria de Trump en la cumbre de Alaska --aún si la paz no llegara a Ucrania-- se fijó en el entendimiento entre las dos principales potencias mundiales, un poco siguiendo las elecciones de la cumbre de Yalta entre la Unión Soviética, Estados Unidos y una Inglaterra que no tardó en comenzar su desmoronamiento imperial para dejar una guerra bipolar.
Todos estos elementos interpretativos pudieran ir a contrapelo de los análisis racionales que se tienen a la vista en el contexto de la Cumbre de Alaska, pero evaluaciones más perspicaces no deben perder de vista el tono, la paciencia y la habilidad de Putin para reventar la intención de Trump de resolver la guerra para su presunto premio Nobel de la Paz, pero inflando las expectativas personales del presidente estadounidense hacia el interior de su país y ante Europa.
La intención de Trump en la Cumbre de Alaska puedo haber sido su sueño de aparecer como el gran solucionador de la guerra de Ucrania, pero aún sin lograr ni un avance milimétrico sí logró reconsolidar a Estados Unidos como la potencia con capacidad de hablarse de tú a tú con el oso soviético con un lenguaje plagado de claves bélicas, un comportamiento que Jinping nunca tomaría para no debilitar a China.
En los hechos, la Cumbre Alaska regresó la geopolítica el equilibrio bipolar EU-Rusia y colocó a Trump en el polo occidental.
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