Cuando las calamidades se suceden creando víctimas activas o pasivas, conviene no entablar amistad con el infortunio; más bien hay que simplificar las cosas poniendo el foco en la inquina que emana de Pedro Sánchez, que, una vez más, nos deja al pie de los caballos. Desde su retiro veraniego-espiritual de La Mareta, nos ha dedicado a la ciudadanía la siguiente y vergonzosa encomienda: «Recomiendo a los españoles serenidad». España arde y se quema porque esta sociedad está en permanente ignición, alimentada por la negligencia, la irresponsabilidad y una más que peligrosa mansedumbre, rayana en vergüenza colectiva. Y el máximo exponente de tantos desatinos nos pide serenidad. De ahí a la esperanza solo queda una plegaria mientras la lira de Nerón vuelve a sonar en tanto que España, como digo, envuelta en llamas, devora personas, bosques y pueblos, fábricas y hogares, granjas, graneros y animales.
A Sánchez nada parece importarle nuestras calamidades y de nuevo actúa a la inversa de lo racional, pero ya sabemos que estamos ante un imposible. Mientras tanto, vemos, contemplamos, sufrimos y lo peor de todo es que seguimos declinando nuestra cordura a base de pedir peras a un olmo. Dentro y fuera de nuestros linderos, Sánchez está considerado como un ser incapaz venido a mostrarnos su miseria de poder frente a las calamidades, que, una tras otra, resulta incapaz de poner medios ni remedio. Enumerar la larga y continuada desafección hacia los españoles por cada uno de sus fracasos al mando sería como intentar coronar el Everest en chanclas. Y no es tanta su incapacidad como la voluntad de remediarlo, que es ninguna.
Una vez más, le importamos la nada más absoluta. Salió del palacio de La Mareta cuando la voracidad de las llamas era peaje suficiente para cargar los muertos a los demás. Lanzó a todos sus caporales a inundar las redes y medios afines como contraofensiva de su inacción frente al desastre. Una vez más el incumplimiento del deber a cargo de los demás. Pio, pío, que yo no he sido. Una vez más, la batería de promesas, traídas para la homilía de grandes mentiras, esta vez en forma de ampulosos pactos contra la emergencia climática, mientras la angustia de los mortales se acrecienta, al igual que los terroríficos incendios que nos asolan, empobrecen y nos dejan en manos del destino.
No cuela, señor Sánchez, entre otras razones, la principal, porque de nuevo hay muertos en el camino. Porque su obligación, desde el primer instante, es ejercer de presidente; declarar la emergencia máxima y tomar el mando.
No cuela, señor Sánchez, porque a estas horas han ardido ya 300.000 hectáreas y en Zamora, León y Extremadura la situación es atroz.
No cuela, señor Sánchez, porque podría haber pedido ayuda europea de inmediato.
No cuela, señor Sánchez, porque la emergencia climática es capital, pero usted no hace nada por eliminar las barreras que impiden limpiar el monte y trabajar para atemperar los siniestros, ya sean intencionados como accidentales.
No cuela, señor Sánchez, porque este Gobierno subvenciona a manos llenas cuestiones de infinitas y sospechosas rarezas, mientras, según parece, no tenemos dinero para comprar hidroaviones ni para potenciar a la UME dotándola de mayores e imprescindibles medios.
En fin, una vez más España está en ascuas y, por desgracia, no precisamente en sentido figurado. Una vez más, Sánchez en estado puro, nos deja al albur de nuestro propio destino.