Incluso descontando mi limitada capacidad profesional, pertenezco a una generación de historiadores (o más apropiadamente, aprendices de la Historia) iniciada en los años sesenta y en lo que se conocía como la Historia de los Anales: ese movimiento intelectual francés que pivotaba entorno a la gigantesca figura de Fernand Braudel, partidario de ordenar toda investigación histórica en torno a los fenómenos de larga duración. Cambios lentos, con un fondo de armario basado en sólidos sustratos sociales y económicos, y en oposición a la Historia de los acontecimientos, episódica o de corta duración (François Simiand). Una Historia que aborrecía de los mediocres acontecimientos, meros accidentes del pasado, atrapados por fechas y personalidades.
Pero, Inglaterra era otro mundo. Y el primer libro que me dio mi maestro en Oxford, Raymond Carr, fue la historia de Edward Gibbon, quizá, el inventor de lo que nosotros llamamos la decadencia, una idea plasmada en el título de su gran obra, Historia de la declinación y caída del Imperio Romano: un ensayo prodigiosamente escrito. En el fondo, una reflexión filosófica, quizá pensando en el propio Imperio Británico; puede que influida por Montesquieu y el pensamiento liberal anti-imperialista, casi avant la lettre, de la escuela de la ilustración escocesa, y la convicción, en ambos lados del Atlántico, de que la corrupción del gobierno parlamentario británico, era consecuencia de la pérdida de valores morales y de un déficit de libertad y responsabilidad, que obsesionaba a Edmund Burke en Inglaterra, no menos que a Franklin en América.
Por fin, el tercer trabajo contundente con que el mundo oxoniense, (de la mano, en este caso, de Joaquín Romero Maura) golpeó mi cerebro, hasta entonces, abarrotado de generalizaciones en forma de ambiciosas explicaciones sociológicas (de sustrato marxista, en definitiva), fue La estructura política en la ascensión de Jorge III(1929) de Lewis Namier: una embestida demoledora contra el edulcorado y piadoso excepcionalismo británico, bendecido éste por lord Macaulay y los Trevelian, y popularizado por Charles Grant Robertson en Inglaterra bajo los Hanoverianos, un libro de texto que, desde 1911, había conocido dieciséis ediciones. Namier (cuya trayectoria cuenta con un excelente artículo a cargo de Juan Pablo Fusi en el nº 152 de Revista de Occidente), en un trabajo minucioso de prosopografía de los miembros del Parlamento mediado el siglo XVIII, con una investigación y contraste exhaustivo de fuentes, dibujó un panorama mucho más complejo, cambiante y fluctuante, de quienes todavía eran independent members, maniobrando entre los resquicios de partidos, aún embrionarios, para favorecer intereses personales, ambiciones y conexiones clientelares. En suma, el detalle, el dato concreto y la prueba frente a generalizaciones ideológicas y sociológicas. Esa parte de intereses locales, patronazgo e intercambios de favores personales es lo que, a la sazón, a mi me interesaba para mis Amigos Políticos de la Restauración española, siglo y pico más tarde.
Sin embargo, lo que viene al caso que nos ocupa es que Namier, conocido y amigo de Freud, fue un pionero de la psicohistoria y supo identificar la ambición abrasiva, incontrolada e ilimitada que anidaba en la naturaleza psicopática del megalómano: por eso, fue uno de los pocos que se opuso, ruidosamente, y en esa inteligencia, a la política del apaciguamiento y al acuerdo de Munich en 1938.De hecho, fue Freud, en su estudio analítico sobre el Presidente Wilson, quien- quizá en clave polémica no confesada con Marx -aseguraba encontrar más elementos interpretativos prestando atención al perfil psicológico de los políticos que en el estudio de su programa sociológico. Y casi en nuestros días, David Owen, un médico británico, metido en política, en su ensayo En el Poder y en la enfermedad, observó las peculiares reacciones de sus colegas de gabinete, advirtiendo que desarrollaban una suerte de “síndrome de hübris”, o embriaguez de poder. El poder –reflexionaba François Mitterrand de la misma guisa- es una droga que enloquece a quien la prueba. En definitiva, una enfermedad profesional de los políticos, como la tuberculosis del minero en los tiempos de Zola, generaliza también Pascal de Sutter, en la misma línea de Owen.
Sin embargo, no era esa exactamente la idea de los clásicos. Nuestros primeros demócratas reservaban el síndrome de hübris para determinados políticos: sólo para aquellos que, hipnotizados por el poder, perseguían la omnipotencia. Esa, la ambición desmedida de poder, que se apoderaba de algunos políticos, era lo que los atenienses llamaron hübris y Agustín de Hipona la libido dominandi: mandar por la fruición pura de mandar, que nos decía Marañón de Olivares; o como Vargas Llosa nos describe a Trujillo en La Fiesta del Chivo, indiferente a dinero y riquezas, sólo enfocado siempre al poder absoluto. Pues bien, precisamente contra este tipo inmanejable de megalómanos se pusieron los atenienses la venda antes de la herida, inventando la figura del ostracismo, un juicio de intenciones, (indigesto para un mundo garantista como el nuestro), que forzaba el exilio de los posibles candidatos a tiranos. Sin embargo, la folie de pouvoir (Pascal De Sutter) no es siempre una inevitable enfermedad profesional de todos los políticos. Aunque, lo que en este razonamiento viene a cuento sea precisamente la manifestación extrema de esa voracidad de poder que obsesionaba a los clásicos; a saber, la transgresión o amenaza, el desprecio, la erosión, de la norma, era -y es- la manifestación fundamental, más repetida y más grave de esa patología que arrasa con normas e instituciones: la marca de la tiranía, en suma. La sintomatología aguda es ese ataque de soberbia y desmedida prepotencia, que se adueña de algunos políticos, y que es lo que Owen ha traducido -generalizándolo, quizá en exceso- como síndrome de hübris, y que los psiquiatras de nuestro tiempo centran y conocen como características de la personalidad psicopática del megalómano. De hecho, se tiene a Harold D. Lasswell, un psiquiatra de Chicago, por el primero que clasificó a los políticos por categorías psicológicas, que no políticas: Psycopathology and Politics, convertido en un clásico, desde su publicación en los años treinta, apareció en el contexto de las dictaduras totalitarias de aquel tiempo turbulento y terrible; y, quizá por ello, Lasswell tiene una idea de la patología del megalómano mucho más cercana a la que tenían los clásicos de aquellos políticos presas de hübris.
La idea que nos ha dejado Esquilo en Prometeo y en la Orestiada es que el problema de la tiranía no estaba tanto en el poder político en general como en la ilegitimidad y la arbitrariedad en el ejercicio del gobierno (Peter J. Ahrensdorf, 2009): una forma política desviada –se nos aclara en Prometeo- en que el autócrata gobierna por su voluntad, sin leyes y sin tener que rendir cuentas a su pueblo, en tanto que no ocupaba el poder por derecho, sino por la fuerza y lo ejercía con la trampa (nos precisa y aclara Jaqueline de Romilly, 1988 y 2005). Quizá por eso, Aristóteles lo consideraba el peor régimen, en la medida que era el más alejado de una constitución. Regímenes, pues, sin ley, o que burlaban la ley, y que tenían poco recorrido y terminaban mal. La dictadura –lo explicaría Ortega en 1919- es sinónimo de anarquía. No importa de qué signo: en todas ellas germinan los desastres nacionales. La Orestiada está armada con esta misma idea: de que la soberbia (hübris), que está en la base de la prepotencia incontrolada de los poderosos y es el alimento de los gobiernos hegemónicos, tiene un final trágico.
Muchos siglos después, aunque en el mismo sentido, e iguales preocupaciones, el ejemplo traumático de la Revolución había proyectado un fantasma aterrador: que la soberanía popular podía dar luz a un despotismo más formidable que el derivado de la soberanía divina, reflexionaba Tocqueville. Por eso, el aristócrata liberal francés terminó convencido de la necesidad del derecho positivo como protección. Un gobierno de leyes, que no de hombres –había pedido bastante antes Madison en El Federalista. Y, en esta misma línea, piensa en nuestro tiempo Giovanni Sartori (1987) que la libertad política debe ser una libertad defensiva, una libertad de, previa a las libertades para, las cuales no pueden pasar por encima de las libertades de. De esta suerte, la democracia liberal es en primer lugar demoprotección, la protección del pueblo contra la tiranía. Así pues –y desde esta perspectiva- el pecado político capital, la acción maldita, se encontraba para los antiguos, lo mismo que hoy para nosotros, en la transgresión sistemática de la norma desde el poder.
En este sentido, lo que a nosotros nos debe interesar y preocupar hoy es la manifestación de la misma patología que obsesionaba a los clásicos; a saber, el desprecio, la erosión, de la norma, era y es la manifestación fundamental, más repetida y más grave de esa enfermedad. La sintomatología es ese ataque de soberbia y desmedida prepotencia, esa ambición incontenible y enfurecida que se adueña de algunos políticos: lo que Owen ha traducido, generalizándolo en demasía, como síndrome de hübris y los psiquiatras de nuestro tiempo conocen como características de la personalidad psicopática. Los Doctores Hervey Cleckley y Robert Hare han descrito los síntomas en sendos listados, no muy distintos entre sí, donde se reproducen patologías significativamente similares. Véamos: gran capacidad verbal y un encanto superficial; autoestima exagerada; escasa fiabilidad; tendencia a mentir de forma compulsiva y patológica; comportamiento malicioso y manipulador; carencia de culpa; falta de remordimiento y vergüenza; crueldad e insensibilidad; narcisismo, egocentrismo patológico y carencia de empatía. No hace falta insistir, colocando nombres y apellidos en estos listados, en muchos países y a derecha e izquierda: todos tenemos in mente a quién nos referimos.
Los demagogos, los timadores, los trepas, los mesiánicos y los aspirantes a tiranuelos o a déspotas[han estado] siempre al acecho, pero, es el caso –nos advierte Adolfo Tobeña- que, en esta época, parece que nos enfrentamos a la llegada […] de una desmesurada proporción de delincuentes y paradelincuentes, de comediantes y farsantes […], hasta la cúspide del poder mundial. Quizá, tenga razón Andrés Trapiello: estamos en manos de componedores de cabezas… Manipuladores –para tomar prestado otro título del Dr. Tobeña sobre la psicología de la influencia tóxica. Parece, que a nosotros nos ha tocado uno de estos especímenes, enfermos de ambición. ¿Errores de diseño? -nos asegura Guillermo Gortázar en un ensayo bien documentado y mejor razonado- con el que todos, desde Adolfo Suárez, han troquelado y peraltado la figura del presidente del gobierno hasta un cesarismo “arrollador”. Sin embargo, del hecho que todos hayan contribuido al torcido diseño, no se sigue que sean todos iguales. El Calígula que nos ha tocado en suerte es otra cosa. Es de un peladaje de otra condición, que dicen los regiomontanos. Le corroe una ambición de poder que arrasa con cualquier límite. Por eso, es capaz de todo: porque sirve a su insaciable Ambición, que es la deidad de la tiranía, escribía Eurípides en Las Fenicias.
En fin, sufrido lector, para los que nacimos y crecimos con el general Franco…¡ya es mala suerte toparnos con personajes de esta calaña otra vez!