El mito de la crisis global
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
domingo 07 de diciembre de 2008, 18:39h
Dos errores amenazan con confundirnos al pensar en la actual situación financiera mundial. En tanto que “crisis”, tendemos a captar su dimensión más impersonal, estructural, sistémica. En tanto que “global”, y en relación con lo anterior, se ve como un hecho que afecta a todo el mundo sin excepción. No hay duda de que el mercado financiero obedece (o debería obedecer) a esa “mano invisible” que de vez en cuando nos coge del cuello para asfixiarnos un poquito. Tampoco es posible poner en duda el alcance mundial de esta situación. Sin embargo, no por ello tenemos que pasar por alto dos cuestiones nada nuevas: la irritante elusión de responsabilidades y la existencia de grupos que, como viene siendo habitual, no sólo no se han visto perjudicados, sino que han aprovechado para beneficiarse. La mayor paradoja surge cuando ambas cuestiones se entrelazan: varios ejecutivos de Wall Street se han llevado indemnizaciones insultantemente millonarias antes de abandonar sus puestos en empresas financieras arruinadas de las que otros tendrán que encargarse ahora.
Probemos, por ejemplo, a llamarlo “proceso”, o “situación” (o... ¿por qué no?... “estafa”) en vez de simplemente “crisis”. Eliminemos esa connotación de inevitabilidad que impregna al término. No hablamos de causas de fuerza mayor. Esta vez la carestía no ha llegado por culpa de la sequía, el temporal o la plaga. No se trata tampoco del cierre de fábricas porque en otros lugares la mayor competitividad atrae al capital (“esos asiáticos nos están machacando...”). Tenemos ante nosotros una situación con relaciones de responsabilidad, con nombres, con rostros y con una multiplicidad de relaciones contractuales complejas y perversas.
En cualquier situación de perjuicio público se tiende, al menos, a señalar un culpable, y en el mejor de los casos, a juzgarlo y castigarlo. Pues resulta que alguien se ha dedicado a repartir caramelos envenenados y andamos tan perplejos pensando en qué nos pasará, que no tenemos tiempo de hacer ver que las malas acciones nunca deben ser recompensadas.
Pero en la sociedad de la información y el conocimiento tenemos que tener en cuenta que las diferencias de poder vienen definidas precisamente por la posesión y carencia de esos elementos. Por un lado, el lenguaje jeroglífico con el que la aristocracia financiera se adueña del 90% de la economía (hace un siglo las proporciones eran inversas, y ese porcentaje se correspondía a la parte productiva) aparta de cualquier gestión a una basta mayoría de profanos, que nos vemos obligados a dejarnos guiar. Pero también cuestiones como la falta de información sobre activos “contaminados” ha supuesto grandes problemas para numerosos damnificados.
A modo de recomendación: para entender ese entramado de bonos empaquetados, globalizados y globalizantes, lo mejor es perder el miedo, tratar de enfrentarse al tema e intentar comprenderlo. Algunos textos que van desde las irónicamente divertidas explicaciones de Leopoldo Abadía (La crisis ninja) para los principiantes, hasta análisis como el de Henrik Lumholdt (La crisis crediticia: causas, respuesta pública y más allá), algo más complejo, pueden ayudarnos, al menos, a comprender “qué ha pasado”.
El proceso que azota al mundo actualmente, ni ha salido de la nada, ni es una pesadilla para todos. Y aunque es necesario —y contradictorio— reconocer que la “culpa” está más repartida de lo que pretendo señalar, el descaro y la avaricia de ciertas personas que han jugado un papel imprescindible en el desencadenamiento de los hechos convierte sus pecados en imperdonables.