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TRIBUNA

Inte (riori/rini) dades

Javier Mateo Hidalgo
miércoles 27 de agosto de 2025, 20:20h

En la escena octava del memorable esperpento Luces de bohemia de Ramón del Valle-Inclán, Max Estrella acude al despacho de su antiguo amigo Paco, el Ministro. Será cuando el primero le diga al segundo: “las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre! También: “me llaman poeta, vivo de hacer versos y vivo miserable”. Así las cosas, todo sigue igual en España más de cien años después de su escritura —y sólo cincuenta y cinco de su estreno, lo que da idea de lo poco que valoramos nuestro propio arte—. Aunque el Ministro le dora la píldora en un principio a su viejo compadre (“las letras, ciertamente, no tienen la consideración que debieran”), afirma a renglón seguido: “pero son ya un valor que se cotiza”. Nada más alejado de la realidad, como quería decir en realidad don Ramón de boca de un personaje ajeno a lo que él representaba.

Comienza un nuevo curso y, con él, vuelve un trabajo del que estoy agradecido: profesor interino en institutos. Siempre me ha gustado la idea de transmitir los pocos conocimientos que se atesoran a otras personas, y más si esa formación conlleva una educación sensible hacia aquello que nos humaniza. No obstante, las humanidades —y las artes en concreto— siguen sin cotizar. Al menos para quienes nos gobiernan y van dejando cada vez más menguadas estas asignaturas —específicas u optativas, no troncales ni obligatorias— de cara a las horas lectivas del alumnado. Esta cuestión pesa y mucho en quien no deja de representar la parte “apestada” de los claustros, junto con otros compañeros con materias consideradas injustamente “marías”. Por ello, uno no deja de esforzarse en defender la importancia de su departamento —en este caso de Dibujo—, tanto entre los colegas y responsables superiores como con el alumnado que va de los doce a los dieciocho años. Cada disciplina es fundamental en la educación del individuo, y más en esas edades tan clave donde se desarrolla la identidad futura. De lo que se diga o se omita en las aulas —y de lo que se trate en cada casa, claro— dependerá el criterio de las nuevas generaciones, su percepción, valoración —y sobre todo interés— del y por el mundo.

En mi caso, siempre he buscado transmitir como profesor una forma de ser que me hubiese gustado encontrar en quienes fueron mis “maestros” —en el mejor sentido del término—. Un buen profesor puede hacer que el alumno se apasione con lo que explica, mientras que un profesor nefasto consigue que se aborrezca lo que ha de transmitir. Tuve docentes que me descubrieron la Filosofía, la Lengua y la Literatura o la Historia del Arte. También tuve quienes me hicieron detestar el Inglés, las Matemáticas o la Física y Química. No obstante, quien tiene afán por aprender siempre, además de mantener encendida la llama vital busca reconciliarse constantemente con lo que aún no entiende.

Soy profesor interino y, desde mi interinidad observo mi interior. Me pregunto siempre sobre cada cosa que hago. El profesor se examina a sí mismo. Lo hago concretamente ahora, mientras paseo un sábado por el Paseo de la Habana —que debería rebautizarse como “Paseo que huele bien”, por los formidables aromas que desprenden sus tiendas y quienes viven en él—. Este curso me vuelven a mandar fuera de la capital, parece como si no me quisieran dentro de su perímetro. Me encuentro bien situado en la lista, pero no parece suficiente para ahorrarme los largos viajes de desplazamiento. Así, he sido profesor en lugares tan dispares como Arganda del Rey o Colmenar Viejo. Del sur al norte de la capital. Ahora vuelvo al sur —como diría Astor Piazzolla—, en concreto a Alcalá de Henares. Ello siempre me trastoca cuando llega septiembre: nuevo lugar, nuevos compañeros, nuevas normas y nuevo alumnado. Algo no funciona bien en nuestro sistema cuando se nos hace cambiar tanto —a nosotros y a quienes sufren este cambio, los que se encuentran en el centro al que acudes y posteriormente del que te despides—.

Ese cambio mental constante también afecta a la parte “creativa”, más allá de lo imaginativo que se intente ser en cada clase. Me estoy refiriendo a mi faceta como escritor, por ejemplo, que desempeño fuera del horario de mi “trabajo oficial”. Es como una doble vida, la bipolaridad del profesor Jekyll y el creador Míster Hyde. Un compañero, al conocer la faceta como “creador” que normalmente oculto en mi trabajo, me preguntaba qué hacía ahí dando clase. La respuesta era sencilla: “Esto sí me da de comer”. Tristemente, la cultura en este país no cotiza.

Cierro este texto —que podría formar parte de una sección titulada “Tribulaciones de un escritor”— afirmando que esto de juntar letras tampoco alimenta crematísticamente pero sí espiritualmente. Publicar un libro donde pierdes más dinero que ganas, dedicar horas de tu tiempo libre a escribir ensayos para un periódico o una revista, realizar las ilustraciones para un libro o concebir el libreto de una ópera son cosas que uno hace porque quiere hacerlas, si bien luego tienes la fortuna de poder darlas a conocer y hasta gustan a los demás. Pero nada más. Tal vez un día uno pueda ganarse la vida con sus creaciones, no lo sé. Pero de momento me hacen feliz y hacen felices a otras personas. Con eso basta.

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