El 8 de Agosto pasado, justo el día en que se estaba acabando el plazo del ultimátum que había dado el presidente norteamericano a su homólogo ruso, para que éste se sentara a negociar con el presidente ucraniano el fin de la guerra ruso-ucraniana, el dueño de la Casa Blanca estaba recibiendo en su despacho presidencial al Presidente de Azerbaiyán, Ilhan Aliev, y al primer ministro del gobierno de Armenia, Nikol Pashinian.
El objetivo de la reunión de los tres mandatarios de sus respectivos países fue la firma de varios acuerdos mutuos, que van a poner fin a uno de los conflictos políticos, militares y religiosos más complejos que estaba durando los últimos 37 años.
Pero antes de comentar el contenido y el alcance de estos históricos acuerdos, me gustaría retroceder a unos 37 años y comentar, brevemente, las raíces de este conflicto y sus aspectos más crueles e inhumanos, para que el lector pudiera valorar mejor la habilidad política “negociadora” del presidente Trump, que ha logrado poner fin a este conflicto que parecía imparable y abrir el camino a las relaciones de amistad, del respeto mutuo y de la prosperidad de estos dos países claves en la región del Cáucaso del Sur. Y lo voy a hacer en calidad de un testigo presencial del aquellos sucesos producidos hace casi cuarenta años, ya que por razones de mi trabajo me encontraba entonces en la URSS unas largas temporadas.
Todo empezó el 26 de febrero de 1988, en plena “perestroika” de Gorbachov, cuando en la ciudad de Sumgait, a 60 kilómetros de Bakú, la capital de la República de Azerbaiyán, los azeríes han organizado un auténtico pogromo contra la población armenia que vivía en la zona.
Es que en el territorio de Azerbaiyán, como consecuencia de la política nacionalista de los bolcheviques, existían núcleos densamente poblados por armenios. En Bakú, con 1,7 millones de habitantes, vivían más de 200.000 armenios. Sumgait fue una de esas ciudades multiétnicas, aunque la mayor densidad demográfica de armenios en el territorio de Azerbaiyán se encontraba en la Región Autónoma de Nagorno-Karabaj.
Las relaciones de esa región con las autoridades azerbaiyanas estaban llenas de discrepancias y tensiones religioso-culturales (los armenios son cristianos y azeríes musulmanes) desde que ella había empezado a formar parte de la República de Azerbaiyán por una decisión del gobierno bolchevique de Moscú, en 1921.
Para acabar con la situación de un conflicto permanente, el 20 de febrero de 1988, el parlamento de la Región Autónoma de Nagorno-Karabaj, pidió a los Parlamentos de la República de Armenia, de Azerbaiyán y de la URSS, que aprobaran el traspaso de esa región de Azerbaiyán, con la mayoría de la población armenia, a la jurisdicción de la República de Armenia. El Politburó de Gorbachov rechazó tal petición, considerándola una provocación de los elementos extremistas y nacionalistas entre las autoridades locales armenios.
Y a esta “provocación” de los armenios, los azerbaiyanos contestaron organizando unas multitudinarias manifestaciones en la capital Bakú y en otras ciudades bajo el eslogan de que si los armenios no se encontraban cómodos en el territorio de Azerbaiyán tenían que irse a vivir a Armenia. Tras los mítines surgieron las amenazas y las aversiones directas contra la población armenia, y el pogromo de Sumgait fue uno de los más brutales y salvajes.
En enero de 1990, en Bakú, como la culminación de los sucesos en Sumgait y Nagorno-Karabaj, se organizaron unos bestiales pogromos contra la población Armenia que vivía en esta gran ciudad. Los disturbios duraron una semana (13-20 de enero) y Gorbachov se vio obligado a enviar las tropas del ejército para controlar la situación y restablecer el orden público.
El conflicto permanecía, pero había pasado en una fase latente, hasta que después del descalabro de la URSS, en diciembre de 1991, cuando las ambas ex repúblicas soviéticas obtuvieran la independencia, la confrontación paso a ser entre los ya dos países soberanos: Azerbaiyán y Armenia. Más aún, cuatro meses antes de la desintegración de la URSS, el 2 de septiembre de 1991, Nagorno-Karabaj proclamó su independencia de Azerbaiyán, quien no sólo no reconoció la nueva República de Nagorno-Karabaj sino que anuló el estatus de la “autonomía” que la región tenía hasta aquel momento dentro de la República de Azerbaiyán.
El conflicto por el control de Nagorno-Karabaj entró en una fase armada, entre el ejército de Nagorno-Karabaj, apoyado por Armenia, y las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán, y duró hasta la primavera de 1994, con una clara victoria de los armenios que conquistaron varios territorios alrededor de Nagorno-Karabaj.
El gobierno de Boris Yeltsin, que mantenía buenas y equilibradas relaciones con todas las ex repúblicas de la URSS, consiguió que las partes involucradas en el conflicto declararan el alto el fuego y empezaran a negociar un Acuerdo de Paz. En las negociaciones de este acuerdo, en el formato del Grupo de Minsk de la OSCE, también participaron, como copresidentes, a parte de Rusia, los EEUU y Francia. El conflicto quedó congelado y los acuerdos provisionales alcanzados no fueron respetados ni por Azerbaiyán ni por Armenia ni por Nagorno-Karabaj.
Azerbaiyán seguía insistiendo en la devolución de los territorios ocupados por Armenia durante las batallas desde 1991 hasta 1994 y, por supuesto, la inclusión de Nagorno-Karabaj bajo la jurisdicción de Azerbaiyán. Los armenios estaban en contra de la devolución de los territorios ocupados alrededor de Nagorno- Karabaj, las que llamaban “el cinturón de seguridad”, teniendo miedo de que si dejaran estos territorios a los azeríes, esto facilitaría al ejército de Azerbaiyán bloquear y finalmente intentar de tomar Nagorno-Karabaj por la fuerza militar.
El “status quo” permaneció hasta el otoño de 2020, cuando, el día 23 de septiembre, Azerbaiyán empezó una operación militar para la desocupación de las regiones del “cinturón de seguridad”. Durante los 44 días de sangrientos combates, las tropas azeríes consiguieron poner bajo su control prácticamente todo el “cinturón de seguridad”, salvo el “corredor de Lachinsk”, que era la única vía que conectaba Nagorno-Karabaj con Armenia, que, como resultado de las negociaciones a tres bandos – Rusia, Armenia y Azerbaiyán – pasaba al control de un contingente militar ruso, cuya misión era garantizar la conexión entre Armenia y Nagorno-Karabaj, evitando su bloqueo total por parte de las tropas azerbaiyanas.
Hay que decir que la victoria de Azerbaiyán sobre Armenia en aquella guerra fue posible gracias a la hábil política del presidente azerí, Ilhan Aliev, del acercamiento a Turquía, que suministró al ejército de Azerbaiyán el más moderno armamento y las tácticas militares propias de la OTAN. Fue, cuando por primera vez los drones de la fabricación turca habían sido utilizados con un enorme éxito en la guerra de verdad.
Los armenios perdieron rotundamente aquella batalla por varias razones.
Primera: estaban provistos de un obsoleto armamento ruso (de los tiempos soviéticos) y entrenados por los anticuados esquemas del ejército ruso-soviético, que tenía bajo su influencia total a las Fuerzas Armadas armenias. Es que Rusia, un aliado político-económico-militar de Armenia, se postulaba como el garante de los intereses armenios en la zona, según los mencionados Acuerdos del alto el fuego de 1994 y de los posteriores acuerdos del Grupo de Minsk.
Segunda: para el año 2020, muchas cosas habían cambiado en la palestra internacional y en la región del Cáucaso del Sur. Putin pensaba que tenía asegurada su inquebrantable influencia en la región y que Azerbaiyán no se atrevería a entrar en la guerra con Armenia “protegida” por Rusia. Por ello dejó de prestar suficiente atención a la zona, ocupándose de realizar su plan favorito de restablecer la influencia rusa en las zonas que ya abiertamente estaban demostrando que no querían seguir eternamente bajo la influencia rusa y empezaban aproximarse hacia Europa, como Ucrania y Georgia.
Rusia atacó a Georgia, en 2008, y después de desbancar al gobierno pro europeo del presidente georgiano, Mijail Saakashvili, poniendo a la cabeza de Georgia al multimillonario Ivanishvili, estrechamente relacionado con la oligarquía de Putin, parecía que el control sobre esta república “revedle” estaba restablecido. Ahora se podía ocuparse de Ucrania, empezando con un golpe militar en Crimea, en 2014, anexionándola a Rusia y, a renglón seguido, meterse en Donbáss, dando cobertura militar (con efectivos y el armamento) a los separatistas de Donetsk y Lugansk, preparando al mismo tiempo al ejército ruso para invasión directa en Ucrania, ocurrida el 14 de febrero de 2022.
Así pues, en el año 2020, Putin estaba preocupado plenamente de esta crucial “misión ucraniana” para sus planes de devolver el dominio del Kremlin a todo el espacio de la extinta URSS. Por tanto, el ataque de Azerbaiyán a Nagorno-Karabaj y sus alrededores cogió a Putin algo desprevenido y despistado.
Viendo que Turquía estaba apoyando esta agresión, el “gran estratega” kremliniano no se atrevió a oponerse militarmente a este ataque de Azerbaiyán para defender a Armenia, como estaba estipulado en los acuerdos bilaterales entre Rusia y Armenia (para ello Armenia permitía mantener en su territorio una base militar rusa, que, por otro lado, estaba garantizando al propio Kremlin su dominio en esta región del Cáucaso; otras bases se encontraban en Georgia, en la región de autoproclamada República de Abjasia).
Así que, Putin había traicionado a su aliado Armenia, dejándola prácticamente sola ante el ataque de Azerbaiyán apoyado por Turquía. Putin no quería estropear sus buenas relaciones con Turquía, que tenía las llevas del Bósforo, o sea la entrada y salida de los buques de guerra rusos en el Mar Negro, preparados para apoyar la invasión rusa en Ucrania por tierra, desde la costa del Mar Negro, con un previsto desembarco en Odessa y otros puntos claves de la costa ucraniana.
La victoria de Azerbaiyán en la guerra del 2020 fue el primer fuerte revés al dominio ruso en la zona y al prestigio del Kremlin entre sus todavía “vasallos” en la región. A partir de esta traición, Armenia había empezado su alejamiento de Rusia, buscando mejores “aliados” en Europa y en los EEUU. (Más detalles sobre lo ocurrido en aquel año 2020 vean en mi artículo, publicado en las páginas de este periódico, el 2.12.2020, bajo el título “El gambito caucásico”).
Fue evidente que después de aquella abrumadora victoria, Azerbaiyán no dormiría en los laureles y no dejaría de intentar a conquistar a todo Nagorno-Karabaj e integrarlo por completo a su soberanía nacional. Era cuestión de tiempo. Y ocurrió.
El 19 de septiembre de 2023, Azerbaiyán lanzó una operación “blitzkrieg” con este mismo objetivo. El intenso bombardeo de la capital del Nagorno-Karabaj, la ciudad de Stepanakert, duró 24 horas, obligando a la capitulación de las Fuerzas Armadas de Nagorno-Karabaj y de sus autoridades. Los azeríes denominaron su intervención militar como “una operación antiterrorista”, cuyo objetivo fue el desarmar a las milicias karabajíes, lo que consiguieron en menos de 48 horas. Las Fuerzas Armadas armenias no tuvieron tiempo ni entrar en acción, ya que los combatientes de Nagorno-Karabaj se rindieron en seguida sorprendidas por la inmensa superioridad de las tropas atacantes.
Los militares karabajíes dispusieron las armas y se retiraron del territorio del “enclavo” y, seguidamente, la mayoría de la población armenia de Nagorno-Karabaj también había abandonado el territorio, donde sus antepasados vivían desde los tiempos históricos, trasladándose a Armenia.
Tampoco esta vez las tropas rusas de “disuasión” estacionadas en la región, hicieron nada para impedir la caída de Nagorno-Karabaj ante el ejército de Azerbaiyán. Kremlin estaba ocupado plenamente de la guerra en Ucrania y no tenía ni tiempo ni recursos, especialmente militares (todos estaban empleados en el frente ucraniano) para impedir tal desenlace. (Más detalles acerca de aquella operación vean en otro artículo mío, publicado en las páginas de este periódico, el 16.10.2023, bajo el título “La caída de Nagorno-Karabaj).
Con la conquista por parte de Azerbaiyán y de su tutor turco del último enclavo armenio en la zona, se ha fortalecido la presencia de Turquía en esta región caucásica en detrimento de RUSIA, que era una potencia dominante en la región durante dos siglos.
Armenia, viendo a la Rusia debilitada e incapaz de proteger los intereses armenios en la zona, ha reforzado su política del distanciamiento del Kremlin para ir acercándose más y más hacia Europa y los Estados Unidos, pidiéndoles el apoyo y la protección ante la creciente influencia de Azerbaiyán y Turquía en la zona.
Y los esfuerzos del primer ministros armenio, Nikol Pashinian, han encontrado a un interlocutor tan válido como el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien no sólo supo ofrecer la protección a Armenia, sino también involucró al propio Azerbaiyán en la negociación de un Acuerdo de Paz con Armenia, para acabar con una confrontación entre ambos países que ha durado casi cuatro decenios y causó decenas de miles de muertos, cientos de miles de desplazamientos, tanto de armenios como de los azeríes, que fueron obligados a abandonar los territorios en litigio bajo la persecución constante y despiadada por parte de unos y de otros.
Donald Trump, un excelente negociador – lo ha demostrado una vez más – con su política de acabar los conflictos por la vía de los negocios, de comercio, de cooperación económica y del respeto mutuo entre los contrincantes, ha encontrado esta vez una fórmula que fue aceptada con un inusitado entusiasmo por parte de ambas partes enfrentadas: un Acuerdo de Cooperación Económica de gran envergadura entre Azerbaiyan y Armenia, con una participación directa de los propios Estados Unidos, para el desarrollo económico y estratégico de la zona.
No voy a detenerme mucho en los detalles del Acuerdo, ya que se los puede encontrar en los abundantes comentarios de los medios. Sólo destacaré algunos elementos claves, que son: la construcción, por parte de las empresas y las inversiones estadounidenses, de un corredor terrestre, llamado el “corredor de Zangezur” (ahora tendrá el nombre de la “Ruta para la Paz y la Prosperidad Internacional” (TRIPP, siglas en inglés), de unos 43 kilómetros de longitud, que se extenderá a lo largo de la frontera entre Armenia y el norte de Irán, y conectará la República Autónoma de Najichevan – un enclavo azerí – con el resto de Azerbaiyán a través del territorio armenio. El territorio del corredor será arrendado y administrado por los Estados Unidos durante un periodo de 99 años, con una posible prolongación a otros tantos.
Este corredor terrestre, una antigua demanda de Azerbaiyán, permitirá el tránsito de personas y mercancías desde Europa hacia Azerbaiyán y el resto de la Asía Central sin necesidad de pasar por Rusia o Irán, dos principales perjudicados por la construcción de este pasillo, que incluirá carreteras, ferrocarril, tuberías de petróleo y gas (procedentes de los yacimientos azeríes en el Caspio bajo la colaboración de la empresa de hidrocarburos estadounidense “Exxon Mobil”), así como las líneas de fibra óptica. Tanto Azerbaiyán como Armenia abandonarán el Grupo de Minsk de la OSCE, que fue creado en su momento para la solución del conflicto entre Azerbaiyán y Armenia, pero, como he comentado anteriormente, sin éxito alguno. Tuvo que intervenir Donald Trump para conseguirlo.
La expulsión, con este Grana Acuerdo, de Rusia de la tan estratégica zona en el Cáucaso del Sur, que históricamente estaba dominada por los zares y por los bolcheviques a lo largo de 200 años, demuestra que la agresiva política de la actual Rusia no sólo no devuelve al país su influencia y dominio “imperial”, como lo pretende el presidente ruso, sino está llevando a la perdida de los lazos de la amistad y cooperación, que el anterior presidente ruso, Boris Yeltsin, mantenía con las ex repúblicas soviéticas, después del descalabro del Imperio Soviético.