Termina el mes de agosto, y con él la profusión de festejos populares que amenizan la temporada estival, o literalmente conducen a los locales a una vertiginosa huida, no sea que algún malpensado confunda a quienes se vean envueltos en ellas con las abigarradas peñas que, con sus diversos atuendos -pañuelo rojo o azul, pantalón blanco o no…-, resultan organizadores depositarios de los fondos dispuestos por los ayuntamientos con ese objeto lúdico.
Lúdico, sí, pero no sólo eso, porque ya se ve que la fiesta no se queda en la diversión. Para que la parranda sea parranda de verdad debe revestirse de política… o de otra cosa, como lo es la reclamación de beneficios penitenciarios a quienes han resultado condenados por delitos conexos con el terrorismo.
Es -como habrá adivinado sin excesivo esfuerzo el lector- el caso de las fiestas populares vascas.
Ya se ha comentado ampliamente cómo en la así llamada txozna Txori Barrote -una de las peñas organizadoras de la semana grande de Bilbao- se exhibían fotografías de presos etarras, y que el día más importante de las fiestas se producía una manifestación en favor de la excarcelación de estos delincuentes, que fue autorizada por la Audiencia Nacional. En el texto final leído al concluir la marcha, se expresaba que las víctimas “tienen derecho a la verdad, a ser reconocidas… y a la reparación”, al tiempo que se subrayaba que “para dar el salto a los escenarios de convivencia será imprescindible acabar con todos los sufrimientos y consecuencias, y esto supone también dar una resolución definitiva a la cuestión de los presos”.
La equiparación de los sufrimientos de unos y de otros remite a la reflexión que hacía Jorge Semprún en su novela galardonada con el Premio Formentor, “El largo viaje” (1963). Un comentario respecto de la igualación que hacía una vecina del campo de concentración de Buchenwald, cuando el entonces militante comunista le inquiría acerca de sus emociones cuando veía alzarse el humo de los hornos crematorios de sus chimeneas. “Dos hijos míos han perdido la vida en la guerra…”, sería su respuesta.
“Me echa en cara como pasto los cadáveres de sus dos hijos -continúa Semprún-, se protege tras los cuerpos inanimados de sus dos hijos muertos en la guerra. Intenta hacerme creer que todos los sufrimientos son iguales, que todas las muertes pesan lo mismo”. Y concluye el escritor y ex ministro de un gobierno socialista: “Ningún cadáver del ejército alemán pesará jamás el peso en humo de uno de mis compañeros muertos”.
“No hay que despertar a los que duermen esta noche”, diría con tono sarcástico Semprún en otro pasaje de esta novela. En efecto, se diría que sueñan con que no fueron ellos quienes provocaron el sufrimiento, que hubo antes una represión franquista. Y no quieren recordar que la mayor parte de los atentados cometidos por la banda terrorista se produjeron en democracia. Porque sería precisamente ese régimen de libertades, del que se aprovecharon en su día, como lo siguen haciendo ahora, el sistema contra el que atentaron antes y pretenden transformar ahora. El terrorismo y la política, la política y el terror, siempre la misma ecuación, al cabo.
Viven en un sueño de realidades inversas. Prefieren no advertir la pesadilla de nuestra realidad y se instalan a cambio en el descanso apacible del igualitarismo del sufrimiento. Y no, no quieren despertar. Resulta mucho más cómodo no pensar en la inutilidad del dolor que produjeron, no darse cuenta de que todo eso podía haberse evitado, que el humo del horno crematorio en el que consumieron a casi mil víctimas no serviría para nada más que para añadir paladas de sufrimiento que hoy pretenden justificar con su equiparación mentirosa, falaz.
Y tampoco son demócratas, salvo en el instrumento en el que han convertido las libertades democráticas para favorecer su finalidad, que es hacerse con el poder. A la ilegitimidad de su procedencia, cimentada en la xenofobia y el retorno a las épocas medievales de un Sabino Arana, añaden ahora la sangre provocada por sus gudaris (soldados vascos). Son, eso sí, herederos del carlismo, del irredentismo, de la endogamia, de la nostalgia de otros tiempos que, además, nunca fueron como se los representan ahora.
Les da igual. Han construido un relato de lo que no existió. “Para el nacionalismo -decía el democristiano bilbaino Julen Guimón- el futuro es exacto, pero el pasado es impredecible”. Conseguir el poder, sustituir un nacionalismo burgués por otro radical, en vías de aburguesamiento, por supuesto. Reconstruir el caserío tradicional (el “aitaren etxea” o casa del padre) por otro más moderno, en el que quepan un microondas, la placa de vitrocerámica o el arcón para los productos congelados; donde antes había horno de leña, cocina de gas butano y fresquera. Todo muy moderno, todo muy nacionalismo siglo XXI.
Y los presos -por cierto, condenados por sentencias que seguían a unos procedimientos garantistas- a casa, porque ellos y sólo ellos sustentaron su relato. Ellos, los arietes que mataron a mil inocentes, no para acabar con España, no se equivoquen ustedes, porque precisan, ahora y en el futuro, el alimento nutricio de España para sobrevivir con sus privilegios. Asesinaron para acabar con el PNV, para hacerse con su poder.
Son soñadores despiertos, como advertía Lawrence en las primeras páginas de sus “Siete pilares de la sabiduría “. Por eso son peligrosos. Pueden convertir sus sueños en realidad. Y lo están consiguiendo.