El perfil geopolítico de Donald Trump existe, pero a veces hay muchas dificultades para explicarlo porque su agenda internacional es más de coyuntura y parcial que de estrategia de seguridad nacional. Ahora mismo, el presidente de Estados Unidos está muy clavado en tratar de solucionarle el problema de Ucrania a Putin, pero más en función de los intereses de Washington ya que se trata de una zona inestable que no es decisiva para la Casa Blanca.
En la última semana se tuvieron datos más o menos adecuados para entender la reconfiguración más interpretativa que realmente reorganizativa del mapamundi: Trump ya tomó el control de todo el continente americano de Groenlandia hasta el sur De Chile, tiene además el dominio de Europa occidental y se ha tenido que hacer cargo de África porque es un continente que nadie interesa.
Del lado contrario en la zona este del mapamundi, el reciente acuerdo político de Rusia, China, India y Corea del Norte ha colocado un muro infranqueable que recuerda los años de la línea de Berlín de la guerra fría, aunque hoy con una circunstancia agravante de que China y Rusia andan del brazo y por la calle y el surgimiento de India le suma más habitantes que territorio.
Y en este contexto, la frontera rusa e India está embarcando de nueva cuenta la división de lo que sería la nueva zona antiestadounidense de la pasada guerra fría, en el entendido de que no se trata de una zona comunista, sino de regímenes de gobierno estatistas, autoritarios y unipartidistas, en tanto que podríamos considerarlo con licencia literaria como capitalismo monopolista de Estado.
Trump sorprendió la semana pasada también con una afirmación que parece no haberse escuchado en las sociedades europeas del oeste o a lo mejor sí pero prefirieron hacerse los distraídos: “dicen que soy el presidente de Europa”, dijo Trump en referencia a los que en América se está interpretando como la toma del control geopolítico de la Unión Europea por el estilo atrabancado de Trump.
El problema de este nuevo mapamundi radica en el hecho de que los países de Europa y del nuevo bloque soviético --en tanto que la URSS posee armas nucleares está dispuesta a usarlas y por esa razón lidera a los otros países de la Nueva Alianza-- sí tienen una configuración geopolítica y de seguridad nacional propias, en tanto que Trump solamente ha reaccionado en temas muy concretos: aumentar el gasto militar, disminuir la carga militar de Estados Unidos en Europa y someter a los países europeos occidentales a los acuerdos se le ocurran a la Casa Blanca.
La intervención de Trump en Ucrania no tiene que ver con la paz, sino con circunstancias muy pragmáticas: la guerra está comenzando a costarle a Occidente en armas y apoyos y Estados Unidos no ven ninguna utilidad --cuando menos en la lógica de Trump-- de que Ucrania tenga línea roja fronteriza con Rusia y se meta a la OTAN para que misiles tanques y tropas de Europa occidental se estacionen justo al otro lado de la frontera rusa.
En ese escenario se percibe por qué el más apresurado en buscar una solución para Ucrania sea el presidente Trump y sus propuestas habían llegado a escandalizar a Occidente de que Zelenski deberías de aceptar la pérdida de territorios y firmar la paz con Putin, porque esa guerra está generando nerviosismo y presiones a Estados Unidos por parte de Europa para tener ya no solamente armas de mayor intensidad sino despliegue de tropas americanas.
El mapamundi de la era Trump es el tema geopolítico del momento; y en ese contexto, por ejemplo, el presidente de EE UU ya provocó un relevo de gobierno en Canadá, sigue insistiendo más por discurso que por realidad en convertir a ese país en el estado 51 de la Unión Americana y continúa con la obsesión de su geopolítica de apoderarse de Groenlandia para tener todo el bloque del continente americano a su servicio.
En este contexto, Trump ha estado presionando a México para someterlo a la aceptación de la idea de Estados Unidos de enviar tropas operativas y de fuerzas especiales a territorio mexicano para destruir de manera directa los nidos del narcotráfico en modo del narcoterrorismo y “desaparecer de la faz de la tierra” a los cárteles del narcotráfico. Por lo pronto, por la buena o por la mala, Trump ya tiene encerrados en prisiones americanas a toda la familia del Chapo Guzmán y al último jefe del cártel de Sinaloa, y en ese el tema es como quieren mandar sus tropas para atacar con drones y misiles a los refugios del narcotráfico en territorio mexicano.
Los problemas nacionales de otros países latinoamericanos son menores para Trump, aunque estratégicamente los han tratado de inflar para justificar sus intervencionismos en Colombia, Cuba, Nicaragua, Venezuela y Brasil con la amenaza de usar aranceles de castigo contra el Gobierno de Lula da Silva si insiste en juzgar al expresidente Bolsonaro por intento de golpe de Estado.
El nuevo mapamundi de la era Trump está planteando en los hechos el reacomodo las piezas con la reciente alianza China-Rusia-India-Corea del Norte y eventualmente Irak en el Medio Oriente porque dicen que para Trump será más fácil negociar con el jefe Putin del otro bloque y no desgastar agendas aisladas de país por país, y de sentido contrario Trump quiere que negocien con él todos los problemas del continente americano, Europa occidental, África y algunos países del sudeste asiático que están en la lógica capitalista.
El modelo de imperio donde no se ponía el sol viene de España, pero ha sido el sueño de Estados Unidos desde los 14 puntos del presidente Wilson en 1918 para tomar el control de la geopolítica mundial y luego con el papel determinante de Washington al lanzar bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki para que el mundo se diera cuenta que había un nuevo sheriff en el pueblo.
El nuevo sheriff es hoy Trump.
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