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Ensayo

Juan Miguel Zunzunegui: Al día siguiente de la conquista

domingo 07 de septiembre de 2025, 23:51h
Juan Miguel Zunzunegui: Al día siguiente de la conquista

La Esfera de los Libros. Madrid, 2025, 247 páginas. 19.90 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por Alfredo Crespo

En Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, el historiador mexicano Juan Miguel Zunzunegui nos ofrece una obra sólidamente argumentada para combatir una serie de mantras que, si bien hunden sus raíces en el tiempo, en los últimos años han adquirido mayor espacio. En efecto, se ha permitido que sean “otros” los que cuenten la historia de la llegada de España a América, reduciendo aquella a una conquista de la que se derivó un genocidio.

Al respecto, el autor insiste justo en el argumento contrario, empleando fuentes solventes y no eslóganes pegadizos. En efecto, se construyó una auténtica civilización, algo que no logró ni Francia, ni Inglaterra, ni Estados Unidos: “Al día siguiente de la conquista comenzó a nacer un imperio y lo hicimos juntos, los de ambas orillas del océano. Españoles integrando a América para hacerla su hogar y no regresar más, y txalcaltecas defendiendo las Filipinas contra los piratas japoneses en nombre de un monarca de la Casa de Austria” (p. 22).

Como resultado, durante 300 años, España fue la mayor potencia del planeta, llevando a los pueblos de América la tradición judeocristiana, el humanismo y el mundo grecorromano, sin olvidar que trasladó a las nuevas tierras su organización estatal. En este sentido, España fue la gran potencia en la primera globalización, la cual tuvo varias dimensiones complementarias: geopolítica, comercial y cultural con la lengua como gran herramienta. Esto se tradujo en una expresión de largo recorrido que describía la realidad de manera certera: un imperio en el que nunca se ponía el sol.

Dicho con otras palabras, se trató de una globalización mucho más humanista que la liderada en siglos posteriores por Francia e Inglaterra, naciones que “hicieron colonias, sometieron territorios, esclavizaron poblaciones, esquilmaron recursos y sentaron las bases de una Revolución Industrial que los hará las grandes potencias de la decimonovena centuria” (p. 231).

Sin embargo, cuando menos mediáticamente, predomina asociar la llegada de España a América con el inicio de un genocidio. En ello ha tenido máxima influencia el marxismo que hace una peculiar y errónea interpretación de la historia centrada, básicamente, en contraponer al proletario frente al explotador y al indio contra el español. Esto implica dejar de lado aspectos fundamentales relativos a la convivencia, confianza y al mestizaje.

En íntima relación con este argumento, Zunzunegui añade que antes de la llegada de los españoles no había una cosmovisión que unificara a América, ni una identidad común. Igualmente, el cristianismo y el rol desempeñado por los misioneros se tradujo en la adopción de una religión común no inspirada en el terror, que además de creencias, ofrecía conventos e iglesias, generando un patrimonio cultural de incalculable valor. Frente a esta realidad tangible, la corriente revisionista prefiere aferrarse a otro relato donde el victimismo y la ausencia de autocrítica ocupan un lugar de privilegio: “En México nos contamos una historia de miseria donde nada es culpa nuestra y todo es culpa de España; una que nos permite esconder doscientos años de fracasos y miserias” (p. 27).

Con todo ello, urge combatir esta lectura intencionadamente falsa del pasado, subraya Zunzunegui, porque ha sido contado por el enemigo el cual sostiene que la llegada de españoles a América finiquitó un mundo que era perfecto. Consecuentemente, también debe rechazarse el mito o la falacia del “buen salvaje” que considera que “el individuo humano es contaminado en su alma y corazón por fuerzas exógenas” (p. 149).

En las últimas décadas está visión ha encontrado su marco teórico en el posmodernismo enarbolado por una izquierda que repite machaconamente conceptos como odio y fragmentación, y para la que todo lo anterior debe ser destruido. A partir de ahí, surgen otras invenciones, como la de “resistencia indígena” que, paradójicamente, viene enarbolada por apellidos extranjeros.

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