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EDITORIAL

La izquierda se manifiesta contra “el genocidio” de Israel, pero calla ante los crímenes de guerra de Putin

EL IMPARCIAL
jueves 11 de septiembre de 2025, 07:53h

El entero Gobierno y sus socios comunistas jalean y apoyan con entusiasmo las violentas manifestaciones de los radicales propalestinos contra el “genocidio” de Israel; incluso, cuando las algaradas irrumpen abruptamente la Vuelta Ciclista a España y ponen en peligro la seguridad de los corredores y de los espectadores. Algunos ministros han celebrado estas protestas, a pesar de que boicotean una histórica competición deportiva y perjudican la imagen de España. En nuestro país, gracias a la libertad de expresión y de manifestación que avala la Constitución, los ciudadanos pueden salir a la calle para expresar sus reivindicaciones. Pero siempre que sea pacíficamente.

Esa izquierda que se proclama pacifista, sin embargo, calla ante los crímenes de guerra perpetrados por Rusia en Ucrania. Un silencio que obedece en buena parte al comunismo que lleva en la sangre Putin, el antiguo carnicero del KGB que ahora asesina al pueblo ucraniano, obsesionado por reconstruir su añorada Unión Soviética, empeñado en expandir su poder sobre los países del vetusto Pacto de Varsovia. Este mismo miércoles, el Ejército del Kremlin ha violado el espacio aéreo de Polonia lanzando misiles y drones que afortunadamente han sido derribados por su Ejército antes de destrozar edificios y matar a civiles. Pero tampoco nadie de esa izquierda “pacifista” ha abierto la boca. Tan sólo Albares ha manifestado su “solidaridad” con la nación agredida. Ahí ha quedado la tibia protesta del Gobierno español. Yolanda Díaz, tan desaforada en su apoyo a los radicales propalestinos, no ha condenado una acción militar que pone en riesgo la seguridad de toda Europa. Una agresión que, como ha dicho Trump, puede provocar “más que nunca un conflicto como la Segunda Guerra Mundial”.

Pero Putin no es judío. Es un totalitario a la antigua usanza que no molesta a esa extrema izquierda que todavía añora los tiempos en que Rusia era el templo del comunismo. Que, en el fondo, se lamenta de la caída del muro de Berlín, quizás porque la democracia se impuso en los países que habían vivido bajo la bota del Imperio Soviético, que habían sufrido la criminal represión del Ejército rojo. Y, por eso, mira para otro lado. Pero no para de gritar su desaforado antisemitismo. Como Hitler o Stalin.

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