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TRIBUNA

Fingir la normalidad donde no la hay, es irresponsable

martes 16 de septiembre de 2025, 19:51h

Algunos periodistas puede que tengan razón cuando atribuyen la situación actual a que el sanchismo explota la tendencia de los ciudadanos a la sumisión. Como los españoles son gente obediente, dócil, fácilmente moldeable, el gobierno puede sobrevivir modulando ficciones, bulos y alentando a unos españoles contra otros. Aquí no pasa nada y Sánchez puede abandonar tranquilo la placidez de La Mareta. Da igual que se incendie un monte en León o que se clausure la Vuelta a España porque Israel es genocida y que la televisión pública está a su servicio.

No sería así de sencillo si esa apariencia de normalidad no fuera diariamente dulcificada por un gremio dedicado a adornar de ficción, la realidad. Se encarga de presentar como normal el quebrantamiento de la norma, eso que llaman el relato. Una tribu que escribe en periódicos y comenta en tertulias que presenta la arbitrariedad democrática como ejemplo de capacidad negociadora y reparte justicia internacional.

Las anomalías se van acumulando. Se superan unas a otras. Algunas tan evidentes, dañinas y groseras, que permiten dudar sobre la ecuanimidad profesional de quienes las pasan por alto. La más patente es la aceptación de la inconstitucionalidad del Gobierno por incumplir la norma constitucional que le obliga a presentar los Presupuestos a las Cortes como condición previa de prorrogarlos. Pero hay que evitar la humillación y para eso está el calculado silencio de quien lo pasa pone entre paréntesis cuando se permite criticar o censurar a la ultraderecha.

En una reciente crónica publicada por El Mundo sobre la tarea encargada a Rodríguez Zapatero de atraer a Junts al bloque gubernamental para asegurar los presupuestos hay algunas frases atribuidas al expresidente que pueden hacer temblar al más ecuánime. En su opinión el problema de la amnistía “es exclusivamente político”, por lo que “les anima a esperar a que el Constitucional resuelva el recurso del prófugo”. El expresidente da por sobreentendido que está en el ajo de una resolución que todavía no se ha debatido. Pero más temor produce en la crónica la respuesta de Junts que “recrimina al PSOE que la decisión del TS responde a que en España hay ciertos elementos que actúan por su cuenta y que el Ejecutivo no es capaz de controlar”. Supongo que a alguien se le ocurrirá remitir a la Comisión de Venecia y a la TJUE estos comentarios.

La reciente operación para acentuar a los españoles divididos por un muro que los incomunica, rasgo generalizado de la política gubernamental, ha sido la politización del Gobierno de la Vuelta a España. Es un escalón que anuncia que no se ha llegado a la cima. El encapsulamiento de los jueces que el bloque de izquierdas busca como única salida a los escándalos de corrupción. Todo es posible en esta continuada subida de tono que podría llegar a justificar la comprensión del magnicidio si su finalidad fuera detener el genocidio israelí como sea, porque, quien no posee armas atómicas, carece de capacidad para impedir un genocidio.

En el debate televisivo la palabra “genocida” separa ahora a la derecha de la izquierda. Quien critica su uso para frenar la política del gobierno israelí no se detiene a comprender que el camino emprendido por Netanyahu está copiado del sanchismo vigente: mantenerse en el poder a cualquier precio. El precio de Israel es el exterior, con nombre de Palestina. El precio de Sánchez es interior, la ultraderecha. Evidentemente el izquierdismo que sostiene al gobierno español no necesita exterminar con armas, lo único que necesita es excitar tanto el ambiente que la confrontación social llegue a ser la respuesta inevitable en el caso de que la ultraderecha fuera imprescindible para que la oposición formase parte de un nuevo gobierno democrático. Esto ocurrirá, como vaticinan todas las encuestas, si se exceptúan las que encarga Tezanos, independientemente de que Sánchez consuma o no la legislatura.

Silenciar o pasar por alto que un gobierno del socialismo reforzado por la extrema izquierda es una anomalía en un país europeo desde que acabó la Segunda Guerra Mundlal es una parcialidad periodística. Todo comentarista de la fortaleza mediática que apoya al Gobierno acepta esta aberración insólita en Europa. Si la extrema derecha pasa a ser un problema europeo es porque la extrema izquierda ha dejado de serlo. Las dificultades de Macron en Francia tienen este origen y es muy discutible que pueda llegar a controlar un escenario lepenista.

El problema que planea sobre Europa es que el centro se ha disipado con la pérdida de la moderación. Sin duda, el centrismo no es un partido, sino una orientación del desplazamiento de votos, pues el centro no ocupa lugar. Si los votos se reparten desde un muro que enfrenta, la moderación aparece como tibieza y debilidad, cuando podría ser diálogo y freno del fanatismo populista. Pero si lo que polariza es la división desde el muro añadido al fanatismo generado por la retórica populista, las posibilidades de una política moderada que no escinda a la población en bloques incomunicables, resulta día a día más impracticable. Deja de ser izquierda que se alterna con la derecha, es ultraizquierda conta ultraderecha.

El problema que aborda el Partido Popular en esta larga transición es que el sanchismo le está emparedando entre dos frentes que se necesitan mutuamente. Feijóo se resiste a caer en la tentación, pero la retórica, la demagogia y la política del muro le dejan cada vez menos espacio, como también anuncian las más recientes encuestas. Solo un liderazgo muy creativo, fortalecido, seguro de sí mismo y capacitado para transmitir sus indiscutibles razones puede ser capaz de abordar esta situación de deterioro al que aboca la política de Sánchez con el beneplácito y la complacencia, cuando no el aplauso, de una prensa que, por presumir de ser orteguiana, estaría, por el origen de estas sus señas de identidad, colaborando para frenar una radicalización irresponsable.

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