Hace 10 años tuve el honor de dirigirme a usted en esta misma columna, su columna, con motivo de los 30 años transcurridos hasta entonces desde el terremoto de 1985 que destruyó grandes espacios de la Ciudad de México, acaecidos un 19 y 20 de septiembre.
Releo el texto que se acompaña y no quito una sola coma. Reproduje mis recuerdos y ahí siguen. Conviene precisar que a mí en lo personal no me afectó aquel episodio, no perdí bienes, amigos o parientes. Fui afortunado y lo tengo muy presente.
En esta última década, y sumando a las anteriores ¿ha cambiado nuestra manera de conducirnos ante los sismos? No del todo. Y mire que median entre 2015 y 2025 dos terremotos más, registrados otra vez en 19 de septiembre. Macabro, sí que me resulta tanta fatal coincidencia. El del 17, también documentado en este espacio, fue desastroso para el patrimonio, pero no en víctimas humanas como en 85 y el del año 19 en un 19 de septiembre ya fue una chorrada de mal gusto y en el mismo día cuando estábamos terminando el simulacro correspondiente a tan señalada jornada. Macabro, ya le cuento.
Decía entonces, hace ya una década y me preguntaba no hace tanto, si algo ha cambiado: bueno, se supone que tenemos mejores reglamentos de construcción, campañas permanentes de simulacros en caso de sismo y alerta sísmica en las calles, la cual funciona medianamente bien. Hay quien no la oye, pero no significa que no funciona. Todo dígase.
Sin embargo, sabemos bien que uno reacciona al movimiento telúrico un tanto a razón de cómo la ve venir. Podrá tener en mente protocolos ensayados, buscará accesos, se resguardará en los puntos de reunión, pero hoy por hoy sigue habiendo y acaso nunca se acabe, un alto porcentaje de personas cuya primera reacción consista en proceder como su instinto sugiera según la realidad enfrentada y puede no ser atinado, o sí, que eso tampoco ofrece certezas, aunque paramédicos y socorristas aseguren que sí. No hay manera. Cuando te toca ya sabrás qué hacer dentro del margen de lo prudente, lo pertinente y lo aconsejable.
40 años después de los terremotos de 1985, uno se pregunta cuánto pudimos habernos ahorrado en derrumbes de edificios no pensados para soportar semejante embate. Cuánto con una mejor respuesta del gobierno, que jamás llegó con más herramientas y organización ciudadana en mayor cuantía de la que hubo, rebasando al inepto e inoperante gobierno priista de entonces; y nos preguntamos si realmente ha servido estos 40 años. A mí me sigue dando picapica que ante verdaderos terremotos de alta gama en grados sigan llamándolos “sismos” o “temblores” y no lo que son: terremotos. Yo diría terremoto. Eso concienciaría mejor a la gente. Otra cosa es si por fortuna los daños no fueran graves, pero insistir en minimizarlos o edulcorarlos con los otros vocablos no lo veo ni maduro ni objetivo por encubrir la fuerza del fenómeno natural. Rechazo que emplear el otro término resulte alarmista. Es realista.
Ahora han lanzado una ruta de Turibús en la capital mexicana en el nombre de ser preventivo y memorabilístico para recorrer sitios afectados por aquella tragedia. No me agrada. Dicen que es gratuita y reconocerá lo que ya no existe. Lo dicho: no me agrada. Ni siquiera en el nombre de la prevención. Lo siento morboso, no me agrada. Que de algo ayuden 40 años transcurridos.