O se está con la libertad de expresión o se está contra la libertad de expresión. Si se está...
O se está con la libertad de expresión o se está contra la libertad de expresión. Si se está con la libertad de expresión hay que hacerlo con todas sus consecuencias. No se trata de que el periodista se convierta en un ciudadano impune. Está condicionado por las leyes derivadas de la voluntad general libremente expresada. Pero si el periodista infringe la ley no corresponde al Gobierno sancionarle. Le corresponde al juez.
Las informaciones que llegan en torno a algunas afirmaciones y decisiones del presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, no pueden ser más alarmante. Significan el retorno al sistema mussoliniano para condicionar la libertad de expresión. Si el periodista ha cometido un delito hay que acudir al juez. Si no es así, el político ofendido podrá combatir al periodista crítico desde otro medio de comunicación. La respuesta no consiste en destituir, de forma directa o indirecta, al profesional hostil. La respuesta consiste en combatirle en los medios de comunicación.
La tentación totalitaria ha existido en casi todas las democracias pluralistas plenas. Estados Unidos, nación reconocida históricamente como adalid de la libertad, ha sabido combatir a los que querían socavar la libertad de expresión. Estoy seguro de que Donald Trump se tropezará con una reacción, tal vez insalvable, a cualquier tropelía que pretenda cometer socavando la libertad de expresión. Y los periódicos impresos, hablados, audiovisuales y digitales le pondrán en su sitio.
El cimiento más sólido de la democracia pluralista es la libertad de expresión. Sobre ella se asienta el entero edificio democrático. Fue precisamente un presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson (1801-1809), el que pronunció la frase célebre. “A un país más le vale tener periódicos libres, aun sin Gobierno, que un Gobierno sin periódicos libres”. Recuerdo que en el acto inaugural de la agencia Efe en Santiago de Chile, dije, del brazo de Matilde Urrutia, viuda de Pablo Neruda, esta frase. El general que representaba al Gobierno de Pinochet se levantó de su asiento y se fue con viento fresco.