Ha comenzado la vendimia, y los tractores arrastran sus remolques rebosantes de uvas por todos los caminos, trochas, veredas y carreteras de Castilla-La Mancha, en dirección a las bodegas, en donde se producirá el milagro del vino-dios, alegría de los mortales, “chárma brotoîson”. En sus Trabajos y días el gran Hesíodo se refería a la tarea que corresponde al momento en que Orión y Sirio se hallan a la mitad del cielo y la Aurora puede ver a Arturo, esto es, entre el 5 y el 15 de septiembre, entre las Nonas y dos días después de los Idus de septiembre, en los últimos días del mes ático de Metagitniôn,
“Entonces, Perses, corta y llévate a casa todos los racimos,
Déjalos al sol diez días y diez noches,
Y cinco ponlos a la sombra, pero al sexto trasiega a las tinajas
Los dones de Dioniso el muy gozoso (polygêthês)”.
Y por lo que se ve, en los últimos tres mil años el clima, al que hoy se le ve frenético como a una ménade devota o nodriza-ninfa que acompaña a Dioniso, no ha cambiado las fechas de la recogida de la uva. La palabra “ménade” tiene que ver con el término “manía”, y la palabra griega “manía” denota frenesí, no en el sentido de “delirios”, sino, como sugiere su relación etimológica con “ménos”, ímpetu, una experiencia de intensificación del poder mental, una especie de vitalidad, de euforia desaforada, de superación de los límites de la normalidad. La planta divina que vino de los feraces campos de Kajetia es el néctar sagrado de Occidente; hasta tal punto que Occidente no hubiera existido sin el vino.
El primer enemigo del vino/Dioniso fue ya en la mitología el Estado, personificado por Licurgo, “el que rechaza a los lobos”, que ataca con saña al niño dios y a sus nodrizas, pinchándolas con una aguijada, de tal suerte que el niño dios Dioniso, rico en viñedos, polystáphilos, tuvo que saltar al mar (“katapontismós”). ¿Por qué? Porque Licurgo es rey de los edonos, en Tracia, y como todo rey, representante del Estado, es hostil a un dios cuyo culto favorece el desenfreno, rompe el orden social y ejerce un poder enorme en el pueblo y, sobre todo, en las mujeres. Licurgo se alinea así con otros gobernantes míticos, representantes del Estado, como Penteo en Tebas, Télefo en Misia, las hijas de Minias en Orcómeno, o las de Preto en Argos, que quieren acabar con el dios del aparente desorden, y todos ellos son castigados por Zeus con la ceguera o la muerte. “Los que luchan contra los dioses no viven largo tiempo”. Y cuando nuestro Jesús convierte el agua en vino parece ponerse también al lado del pueblo y las mujeres, que necesitan descansar de tanto orden, mientras se prepara un orden nuevo.
Pues bien, en estos días cruciales de la venta de la uva, en donde el buen tiempo anima a beber el aloque fresco cervantino, a los grandes señores feudales del vino, preñados de acciones variegadas tanto de países como de sectores, el gran dios del pueblo, que es el hijo de Sémele, sobrino de Ino e hijo del todo de Zeus tonante ( étikte patêr ), debería apoyar las justas reivindicaciones de sus queridos hermanos los labradores que venden su néctar divino al mismo precio que hace 24 años, pues que en el año 2001 la uva tinta se pagaba a 4,38 ptas. grado, y ahora a 4,50 ptas. grado. ¡12 céntimos de subida en 24 años! Con razón Castilla-La Mancha hoy tiene la mitad de viñedo que hace cuarenta años, y esta reducción es extensible al resto de España. Así que, compatriota conductor, cuando veas estos días delante de ti o de frente un tractor a su marcha normal, no te enfades por perder unos segundos en el viaje, sino solidarízate con el titánico labrador, superviviente tenaz del capitalismo salvaje, que nos trae con su trabajo no debidamente pagado el zumo de los dioses.
Dionisos, de cabeza ceñida de hiedra, representa el caos que ordena, el desorden que conserva el orden, y con su hermanastro obrero, el buen Hefesto, tiene feeling y amistad. Los dos no queridos en el Olimpo al principio, escondidos de la reina del Olimpo, son dioses populares y amigos de los artesanos y los labradores. El vino en manos de Dioniso, con la cabeza adornada por racimos oscuros, es un arma más poderosa que la lanza de Ares. Así, cuando Hera mandó a los dioses que subieran a la fuerza a Hefesto al Olimpo para que la liberara del mecanismo secreto que hacía que no pudiera levantarse de su trono, ni el propio Ares con su lanza pudo vencer a Hefesto, y sólo Dioniso, armado de vino, emborrachando a su amigo herrero, pudo conducirlo al Olimpo alegremente montado en un asno. Y Hera, agradecida por su liberación, acogió a Dioniso, enloquecedor de mujeres, entre los Olímpicos.
Las poblaciones vinateras de España, que estos días huelen al mosto báquico, deberían encomendarse a Dioniso con los finales de los himnos primero y tercero que dedicó al “devorador de carne”, ômêstas, el gran Homero: “Sé propicio, Irafiota, enloquecedor de mujeres (“gynaimanês”). Los aedos te cantamos al empezar y al acabar. Y no es posible acordarse de canto sagrado olvidándose de ti. Concédenos llegar alegres de nuevo en el tiempo justo, estación tras estación por muchos años”. Dioniso, nacido tres veces, trígonos, orsigýnaika, que excita a las mujeres, en apariencia débil e indefenso, amable siempre, destroza a sus enemigos no por la fuerza ni la violencia, sino apoderándose de sus mentes y de sus corazones, primero mediante milagros o prodigios, y después por el terror. Dioniso es ante todo un dios epifánico que se da a conocer al hombre, un dios que nos llega y que nos dice: “Eimì d´egô Diónysos”.
Las grandes parras y las vides, de verdes hojas tremolantes, ya no tienen las uvas que fermentarán en las bodegas para que olvidemos nuestros pesares.
“No hay que encomendar el ánimo a las desgracias,
Pues no ganaremos nada estando apenados,
Oh Biquis, y el mejor remedio es,
Para quienes sea servido el vino, emborracharse”.