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TRIBUNA

Solo un ser paradójico puede ser un ser libre

jueves 25 de septiembre de 2025, 18:27h

En toda paradoja humana late una pregunta que desborda el mundo. Cuando la razón se ve superada, cuando la voluntad se quiebra entre opuestos, cuando la libertad se enfrenta a su propio abismo… surge el eco de una dimensión mayor. Y ese eco tiene nombre: trascendencia.

El ser humano es finito, pero sueña con el infinito. Está sujeto a la necesidad, pero anhela la libertad. Vive en el tiempo, pero busca lo eterno. Esta tensión entre lo que somos y lo que deseamos no se resuelve con explicaciones, sino que se vive como paradoja.

La existencia misma se convierte entonces en un signo de que no basta con existir. Que hay algo —o alguien— a quien damos crédito incluso sin ver, sin demostrar, pero sin el cual nada tendría sentido.

Y esa es una de las claves olvidadas del pensamiento contemporáneo: la paradoja como vestigio de una paternidad perdida. La paradoja grita por su origen. Clama por un sentido que no pueda ser deducido, sino donado. No es prueba de una ausencia, sino de una presencia discreta, que no se impone, pero no se borra.

No hay evidencia más profunda de que el ser humano ha sido creado libre que la paradoja que habita en lo más hondo de su existencia. No hablamos solo de la paradoja lógica ni de la contradicción formal entre ideas que se oponen, sino también de esa fisura radical entre lo que una persona dice y lo que hace, entre lo que proclama y lo que encarna.

Esa fisura o disfunción, no es un defecto de la razón ni del alma humana: es su signo más distintivo. Porque solo quien es libre puede no coincidir consigo mismo. Solo quien es libre puede prometer… y traicionar, aspirar… y renunciar, fundar… y destruir. La paradoja no es la negación de la libertad, sino su sello de identidad más genuino.

Es por ello, que el ser humano no es libre a pesar de sus contradicciones, sino gracias a ellas. Porque solo en esa grieta disfuncional entre el pensamiento y la acción, se juega la verdadera esencia de su libertad: esa que no se impone ni se demuestra, sino por la que se opta voluntariamente y donde el saber cede ante el querer, y la razón ante la voluntad. Órgano éste de expresión de la libertad. Y ese elegir paradójico es siempre exponerse al error, al dolor, al fracaso. Pero también a la grandeza, al misterio.

La paradoja nos revela que la libertad no puede ser domesticada ni garantizada por ninguna ley. No nace del deber, ni del saber, sino del don. No se deduce, se reconoce. No se fuerza, se acoge. Y por eso es vulnerable… y sagrada.

Hoy vivimos más que nunca, un tiempo paradójico en el que, temerosos del uso de la libertad, queremos regularlo todo. Como si las leyes pudieran garantizar la bondad y el orden armónico en nuestro mundo. Como si el mal se pudiera acotar sin apreciar que a su vez limitamos el bien y coartamos la libertad. Como si bastara con prohibir el mal para hacerlo desaparecer.

La ley de la proporcionalidad a la que actualmente y ante cualquier conflicto invocamos, es en sí la mayor de las paradojas. El mal lo objetivamos, lo cuantificamos, siendo el bien relativizado al mal, con lo que éste adquiere un carácter endémico e institucionalizado. La ley del Talión, en su día desechada por su crueldad, toma nuevamente vigencia, pero disfrazada de equidad en el mal y no en el bien. El bien y el mal no son realidades homogéneas.

Si la persona en su esencia es un ser relacional, la libertad es la esencia de esa relación. Y la libertad es in-acotable, tanto en su tensión hacia el mal como hacia el bien. Aquí reside la esencia de toda paradoja: que toda ley que no nace del respeto radical a la libertad en todo ser humano, se convierte en coacción. Que toda pedagogía que no educa en el riesgo, forma esclavos cumplidores, no personas libres. Que toda espiritualidad que no respeta el misterio de la decisión libre, degenera en dogma vacío o en moralismo sin alma.

Por eso la paradoja no es solo una categoría filosófica y existencial en lo contingente, es una vía espiritual que trasciende al mero acontecimiento. Una forma de sabiduría. Una puerta de entrada al misterio de la realidad relacional de toda persona: con su creador, consigo mismo, con sus semejantes y con el mundo que le rodea. Porque allí donde la razón calla, la libertad habla. Y lo que dice no se puede demostrar, pero sí testimoniar.

La paradoja nos revela que no somos ni ángeles ni autómatas. Somos criaturas heridas por el don de la libertad. Llamadas a ser libres sin estar forzados a ello. Y esa es nuestra mayor dignidad, nuestro mayor drama y nuestro mayor misterio: nos recuerda que somos más que biología y más que historia, más que pulsión y más que razón. A vivir como quienes, en medio de todas sus contradicciones, somos capaces de elegir el amor, la justicia, el bien. Y todo ello, no por ley.

Solo un ser paradójico puede ser un ser libre, y a su vez: solo un ser libre, como la persona humana, es un ser paradójico. Un ser que puede amar y odiar sin límites. He ahí el vértice de toda antropología. He ahí el principio de toda esperanza contra toda desesperanza. He ahí la paradoja.

En definitiva, la paradoja no es el fracaso de la libertad, sino su más alta expresión. Allí donde el ser humano tropieza consigo mismo, allí mismo late la posibilidad de trascenderse. La paradoja es, al fin, el umbral donde comienza la verdadera esperanza. Esperanza de libertad.

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