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TRIBUNA

La huida de un robot

lunes 29 de septiembre de 2025, 18:27h

La ópera presenta una suntuosidad y un aparato que, no siendo italiano, ineludiblemente me abruma; incluso, cuando escucho una transmisión, sea en casa o sea en un automóvil, sus exquisitos agudos o sus tonantes graves me empequeñecen. En fin; que es un arte que siempre me exige la etiqueta. Quizá por eso me alegre tanto que mi amigo Pedro Halffter haya representado de nuevo —esta vez sobre la tarima de la sala de cámara del auditorio de Tenerife— su Klara (2022), hace apenas tres semanas. Y no crean que es una adaptación para escenario reducido, al contrario; las peculiaridades de esta composición lírica para dos pianos y soprano lo permiten sin modificaciones, y hasta su escueta escenografía, constituida por una sucesión de etéreos hologramas, ideados por Antón Armendáriz, tampoco sufre menoscabo. En cuanto a su música, prefiero ceder la palabra al gran Arturo Reverter, quien escribió, tras su segundo reestreno, en San Lorenzo del Escorial, el 18 de julio de 2023 —cuando Halffter había perfeccionado y ampliado la partitura original presentada, en Villafranca del Bierzo, un año antes— que es «detallista y siempre al servicio de la historia, a la que colorea, subraya y explica. Parte de una base tonal constantemente modulante con un desarrollo en principio repetitivo, de raíz minimalista, pero de aire muy informal […] Aunque hay partes en los que el espectro se ensancha, se espesa y nos lleva a mundos armónicos en los que creemos escuchar lejanas resonancias wagnerianas»; mientras que sobre su argumento y su recitado —obra del mismo Halffter— ya me permito opinar con toda desenvoltura.

Trata de un androide, Klara, de los calificados de «última generación» que, por un incidente casual —el tropiezo con un desgalichado espantapájaros—, se descubre doloridamente —por su apariencia femenina— tan cercano a los humanos como tarado para sentir conceptos que maneja y que hasta es capaz de simular su rostro: el amor y la tristeza. Tal incapacidad y sobre emociones tan vitales, lo empuja hacia una búsqueda agónica; o sea, hacia la huida. No hace falta que les indique que tan breve y trágica peripecia si, por un lado, nos evoca de inmediato al esclavo de la caverna platónica que contempla por primera vez el sol, por otro y más cercano en los siglos, a la conclusión de Frankenstein (1818), de Mary Shelley, cuando el monstruo, hastiado de su forzosa soledad, confiesa al capitán Walton su propósito de inmolarse para hallar al fin el sosiego en la nada. Aunque si tratásemos de androides o de robots conscientes, quizá no los haya más populares en el presente que los cinematográficos «replicantes» de Blade Runner (1982), de Ridley Scott, desesperados por vencer su caducidad, o el HAL, de la serie 9000, de 2001 (1968), de Stanley Kubrick, aquel hipócrita suspicaz, cuya lente escarlata y cuya agonía final entonando Daysie Bell (1892) —por otra parte, la primera melodía cantada por un ordenador IBM, en 1961— todavía me estremece.

Y no obstante, Pedro Halffter cuando se propuso escribir Klara no quería abundar sobre la tan debatida, desde hace varias décadas, posibilidad de construir robots sintientes, sino de darlo por hecho para invertir la situación. Es decir; convertir a la máquina con conciencia en la dramática alegoría de nuestro sometimiento cada vez mayor a la tecnología, donde la realidad, como ya pronosticó Martin Heidegger en La época de la imagen del mundo (1938), será —si no lo es ya— una mera representación o, en términos de Jean Baudrillard, un simulacro; y como tal espejismo tecnológico no solo nuestras palabras, sino hasta nuestros sentimientos, hayan devenido en vacuas menciones —una especie de flatus vocis— tras las que no hallemos ya sino un leve rastro de las emociones que las suscitaron en su origen.

Sin embargo; Pedro Halffter, al permitirle a su androide la fuga final hacia un «no se sabe dónde», esboza una vaga esperanza, cuando los últimos avances tecnológicos, tan útiles y conformadores de nuestra cotidianidad, sumergen al individuo en una Galaxia Digital que, contra la preterida Galaxia Gutenberg de la página impresa, lo instalan en un presente fugaz y, por lo excesivo de su información y por su índole primordialmente icónica, borrador de toda memoria. Sin hablar de la tan en boga «inteligencia artificial», que prestamente sirve un conocimiento filtrado y compuesto «por no se sabe quién» o de las adictivas redes sociales; un par de instrumentos que, por su fácil manejo y por su «ilusión» globalizadora, paradójicamente, encapsulan al individuo en un extenuante solipsismo narcisista, como ha expuesto recientemente Byung-Chul Han. Por cuanto esa huida esbozada por Halffter en su ópera se nos dibuja como un tornarnos en Prósperos shakesperianos o en unos Peter Klein de Auto de fe (1936), de Elias Canetti; por tanto, en personajes trágicamente pervertidos.

Lo peor es que, optemos por permanecer en esta Galaxia Digital, subyugados por sus estimulantes e incesantes simulacros, u optemos por fugarnos —sea hacia el místico y aislado silencio, sea hacia una hermética y selecta biblioteca como los quebrantados personajes que acabo de citar—, se nos disuelve siempre el sentimiento de comunidad; en definitiva, de la más elemental e inmediata política; ¿y no dictó Aristóteles que el hombre es un animal político? Y a fuer de pecar de apocalíptico; ¿no sería ese el gran reto del porvenir: recuperar lo netamente humano? Empero, no soy capaz de atisbar cómo, salvo anotándoles, por manidas e incluso ya fracasadas, un puñado de torpes soluciones.

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