Ambos, el cantar y el escribir, son una liberación, por eso toda canción necesita su partitura, y partitura viene de parto, y parto de parte, y ya se sabe que el que parte y reparte se queda con la mejor parte. Por ello tanto el que canta como el que escribe se queda con lo mejor liberándose de lo peor, dejando para el oyente y el lector el eco de sus penas y la huella de las mismas.
García Márquez decía que la escritura es una forma de terapia y se preguntaba: ¿Cómo es posible que todos aquellos que no escriben, que no componen o no pintan puedan escapar de la locura, de la melancolía, del pánico y del miedo inherentes a la condición humana?
En esta misma línea, Borges reflexionaba sobre cómo la escritura le permitía explorar mundos imaginarios y realidades alternativas, ofreciendo una forma de escapar y, al mismo tiempo, de comprender mejor su propia realidad.
La escritura, al igual que el canto, pueden ser una forma poderosa de catarsis, porque al poner en palabras, escritas o cantadas nuestras experiencias y emociones, no solo las describimos, sino que también las comprendemos porque las sentimos primero y hasta en cierto modo al exhalarlas, las exorcizamos.
Escribir y cantar nos permite dar forma a lo intangible, encontrar sentido en el caos y cómo no, también el descubrir y experimentar aspectos de nosotros mismos que de otro modo permanecerían ocultos. Al cantar y al escribir le precede la presión que el subconsciente experimenta y precisa para expandirse conscientemente, porque ya no cabe más dentro de sí. En ambos, en el canto y en la escritura, se dan la mano el inframundo y el mundo del ser humano. Este es el punto crítico en el que el inconsciente se hace consciente, pasando del misterio a las múltiples posibilidades de la llamada realidad. La realidad nunca está terminada ahí fuera esperándonos.
El poeta a la vez que escribe, canta, y lo hace sin saber qué es primero si el canto o el verso. Cantar y escribir es una auto-exorcización, pues a la vez que sale, libera. El poeta siente la presión de su inframundo inconsciente, por eso su palabra cala más profundamente en nosotros que la ecuación de ondas de Schrödinger que describe la realidad física del mundo. El primero nos emociona, nos embarga y nos embauca, el segundo nos abruma, nos confunde y nos espanta.
Pero como todo en el mundo, cuando queremos racionalizarlo - al canto y a la escritura - lo impregnamos de una objetividad desnaturalizadora, propia del dinamismo de la razón científica y en cierto modo también de la razón filosófica, que miran al mundo, a esa realidad exterior, pero muy lejos del inframundo interior, germen genuino de la palabra, fundamento de toda realidad.
Esta desnaturalización la apreciamos en su doble vertiente del arte y de la técnica. La primera es expresión, sale de dentro, de ese misterioso inframundo del inconsciente, y la segunda es impresión entra de fuera con la presuntuosidad de su objetividad.
Dentro de este contexto podemos afirmar categóricamente y en relación a la escritura que: No es lo mismo escribir lo que se sabe que saber lo que se escribe.
El primer saber es un saber racionalmente objetivado que ha perdido su fuerza original, es un saber gregario, clasificado taxonómicamente y/o epistemológicamente. Es un saber viejo ya fermentado, caducado, enlatado, fosilizado y que nos viene de fuera.
No olvidemos que el ser humano es realidad singular y como tal no puede ser clasificado, no pertenece a un orden taxonómico, no es realidad gregaria, perdería su singularidad, y la singularidad es novedad radical.
Tanto el auténtico cantante como el auténtico escritor, cuando interpretan lo cantado o escrito por otros, han tenido que revivir desde sí lo que aquellos otros vivieron, han tenido que metabolizar en su inframundo singular lo que aquellos originarios hicieron en sus inframundos singulares, aportándoles la novedad de sus propias singularidades. La singularidad humana no tolera copias: No hay dos seres con las mismas huellas digitales, ni con idénticas resonancias interiores, ni con un mismo modo de sentir, de sufrir o de decirse. Cada existencia es una voz única en el concierto de lo humano, irrepetible en su timbre, e inconfundible en la profundidad de su palabra.
Tanto desde la perspectiva psicológica como filosófica y antropológica, el canto y la escritura ofrecen una forma de explorar y comprender la experiencia de la vida desde la propia profundidad singular humana. Nos permiten procesar emociones, reflexionar sobre nuestras vidas y comunicar nuestras ideas y sentimientos. En este sentido, escribir no solo describe nuestras experiencias, sino que también nos ayuda a enfrentarlas y a encontrarles sentido.
En última instancia, tanto el canto como la escritura, no se reducen a expresar lo que se sabe, sino a descubrir lo que se es. Cada palabra escrita y cada nota entonada abren un camino hacia el propio interior, donde lo inconsciente busca hacerse consciente y lo sentido, comprensible. Por eso, en la raíz de toda auténtica creación hay un acto de revelación personal, una presencia única e irrepetible, que se dice y se canta.