Una vez más, chapuzas a domicilio, como es costumbre en la factoría de Moncloa. Ahora son las pulseras antimaltrato, lo que antes fue el fracaso de la ley del ‘Solo sí es sí’ o el aumento de las violaciones, que hoy son un 90 % más altas que en tiempos de Rajoy, a pesar de que él no tuvo un ministerio de Igualdad.
Al ministerio mencionado lo han convertido en el Gran Bazar de las baratijas, con ofertas de saldo para que el contribuyente no esté a salvo. Y eso es lo que se cocina bajo un paraguas de algo más de 525 millones de euros de presupuesto. ¿Que cómo se distribuyen estos fondos? Pues, según cuentan y en sentido figurado, una parte significativa se destina al Pacto de Estado contra la Violencia de Género, y también se aplican recursos a programas de igualdad de trato y diversidad, que abarcan políticas de inclusión y atención a colectivos diversos. Es decir, que la transparencia del uso de nuestro caudal queda al albur del buen gobierno que lo administra. Y en esas estamos cuando falla lo que no debería fallar, y una vez más, lo barato sale caro y, si te he visto, no me acuerdo. Otra chapuza de este gobierno ha dejado a las mujeres maltratadas bajo la sombra del miedo más aterrador.
Y a partir de aquí se hace evidente, como suele ser habitual para este gobierno, el disimular sus propias vergüenzas, bien sea negando la mayor o dándole capotazo al asunto. En esta ocasión con las dichosas pulseras de marras que han resultado defectuosas. Este no es un tema menor ni puede ser tratado de forma insustancial como lo viene haciendo la mismísima Ana Redondo, actual ministra de Igualdad, lo mismo que el resto de las féminas y demás miembros de la bancada azul del Congreso; pero ya es sabido que aquí la responsabilidad del cargo va unida al ego, que nadie dimite, ‘no por lo que valgo, sino por lo mal que lo hago’. De ahí se desprende el famoso eslogan: «Soy feminista, porque soy socialista».
Y de estos barros, estos lodos, debido a que el gobierno Sánchez ha creado el dogma de la justificación para todos los males que nos rodean, por eso nadie cesa por negligencia o incompetencia habida, tal vez porque don Pedro no establece conexión con el verbo dimitir, no por causa de ignorar su conjugación, sino que, debido a la corrupción existente, ha convertido la Moncloa en un tremedal en donde todos los que se mueven en sus alrededores necesitan asirse al propio gobierno, pues siendo verdad que el poder corrompe, no es menos cierto que el miedo a perderlo en sus circunstancias degrada mucho más.
No es un tema menor lo de tapar las vergüenzas propias y por ello la ministra Redondo ha defendido el sistema Cometa, que así se le conoce a esto de las pulseras de control telemático de maltratadores, diciendo que dicho método ha funcionado bien en todo momento y que las mujeres han estado protegidas. Es más, se jacta de haber pasado de proteger a 1.800 mujeres en 2018 a más de 4.500 en 2025 y que, por fortuna y por el trabajo riguroso de todo el sistema, ninguna de las mujeres con dispositivo ha sido asesinada. ¿Y el miedo a la inseguridad de serlo?
Ha habido mujeres que, creyéndose protegidas por este gobierno, han estado abandonadas. Y la ministra Redondo lo sabía porque, al parecer, estaba advertida por el Consejo del Poder Judicial, por la Fiscalía, por las Audiencias Provinciales; incluso trabajadores avisaron desde el inicio que los fallos no se trataban de errores puntuales. Y lo tapó. Así como suena. Es más, negó la mayor para después declarar que no había habido mujeres afectadas; más tarde que habían sido muy pocas, quizás solo un 1 %. Y aquí, aplicando la ecuación matemática, cosa que aún se mantiene virgen de falsedad, resulta que el 1 % de las más de 4.500 mujeres protegidas que doña Ana abandera como de exitoso logro, nos da una cantidad de 50 afectadas. Es lo que tienen las matemáticas como ciencia que estudia patrones. No habrán sido asesinadas, como ya manifestó, pero ¿y el miedo a la inseguridad de serlo?
Qué mujer puede encontrar consuelo en todo esto, pues una de dos: Encomendarse a la delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, Carmen Martínez Perza, quien ha trasladado a las víctimas que “sus miedos y sufrimientos son también los suyos propios”. O la segunda opción, la de cruzar los dedos. El miedo ajeno, señorías, no es algo tangible y, por lo tanto, tampoco maleable. Es para quien lo sufre.
Pasen y vean, el Gran Bazar de Moncloa donde lo que te dicen seduce, pero no todo es oro lo que reluce. Ni bueno, ni bonito, ni barato, que estamos hablando del maltrato, antesala de un posible asesinato.