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TRIBUNA

Chesterton en Jerusalén

Mercedes Martínez Arranz
domingo 05 de octubre de 2025, 20:33h
Actualizado el: 10/06/2025 08:25h

La historia del pueblo judío y de su tierra Israel, es tan antigua como la historia misma. El pueblo judío ha existido desde tiempo inmemorial, desde antes de la existencia del Imperio romano, y, ha sido un pueblo perseguido, un pueblo en el exilio; nos dice Chesterton, que el exilio es la peor forma de Cautiverio, estar excluido es estar prisionero. Para el judío la prisión más estrecha es el mundo entero. Así en este exilio el pueblo judío ha sido perseguido por todos: por el imperio neobabilónico, por lo egipcios de los que han sido esclavos, por los romanos (los que han realizado innumerables pogromos contra ellos), por los árabes de diferentes regiones y tribus, por gran parte de la civilización occidental, tanto en la Edad Media, como en la Edad Moderna o con el gran holocausto de la Edad Contemporánea; sin olvidarnos de la era actual, donde teniendo ya el territorio para construir su patria (la más pequeña de todo Oriente), rodeado de los grandes Estados árabes, aún hoy, siguen siendo perseguidos, por todos esos países que lo circundan, y por el antisemitismo aún vigente.

A Chesterton se le ha acusado algunas veces de antisemita, pero como él mismo dice, es más bien semitismo lo que corría por sus venas y por su pluma. Todo hombre ha sido alguna vez víctima y verdugo. Casi todos los pueblos han estado alguna vez en las dos caras de la moneda. Y eso es lo que nos recuerda Chesterton rescatando a Shakespeare, en su Mercader de Venecia, que Shylock, el prestamista, era sobre todo un hombre y no solo un judío. Y sabiendo que todo judío es sionista, porque ser sionista no es sino ser judío, no recuerda el filósofo inglés, que todo judío, desea tener una patria en la cual nacer, la cual añorar, a la cual volver o en la cual morir. Ser judío es tener una tierra donde usar la azada.

Nos propone Chesterton en su libro La nueva Jerusalén, que a veces cuando se ha perdido el rumbo hay que retroceder para encontrar el punto de partida. Claramente la civilización ha perdido el rumbo, a nadie se le escapa que algo anda muy mal, y por eso, he vuelto a releer las notas que tomó Chesterton en su viaje a Jerusalén, a donde llegó el 28 de enero de 1920: porque a veces es necesario viajar hacia atrás como un hombre, que habiendo tomado el camino equivocado retrocede hasta el poste para encontrar la ruta correcta. Unos meses después el 4 de abril de 1920 durante la festividad de Nabi Musa, miles de árabes concentrados en Jerusalén con el líder Amín al- Hussayni, pronunciaron discursos antisemitas provocando un pogromo, quemando y robando en casas de judíos, violando y matando niños y adultos. Parecido a lo que ocurrió el 7 de Octubre de 2023.

Chesterton no vivió, porque murió en 1936, para presenciar el genocidio que sufrieron los judíos por parte de la Alemania Nazi en la II Guerra Mundial, momento en el cual, estuvieron a punto de desaparecer; no sabemos que hubiera escrito entonces Chesterton.

Al llegar a Jerusalén Chesterton, se dio cuenta de que el problema judío en Palestina tenía un cariz, no meramente local, sino que era un problema universal, que abarcaba a toda la humanidad, pues el problema a resolver era si podían vivir, no ya dos pueblos o tres en un mismo y pequeño territorio, sino se podía subsistir dos cosmovisiones en un mismo lugar dentro del espacio y el tiempo, en una misma época.

En la primera parte de este libro hace una descripción tal como Tierra Santa apareció a sus ojos, pero en la segunda parte hace un estudio del problema judío en Palestina, y, propone una tentativa de solución. Para Chesterton Tierra Santa alberga varios pueblos, varias religiones, pueblos verdaderos que creen en su verdad y están determinados a luchar por ella: no es una ciudad universitaria llena de filosofías, es una Sión sitiada cien veces, arrasada de religiones. No es un lugar donde las resoluciones puedan ser votadas y enmendadas, sino un lugar donde los hombres pueden ser coronados y crucificados.

Estos pueblos verdaderos, tiene diferencias que son irreconciliables y esto es lo primero que parece que el mundo alrededor no se da cuenta desde Occidente, que cree que puede reconciliar a los tres religiones o pueblos que habitan tierra Santa: judaísmo, cristianismo e islam.

Decía que desde entonces ha habido y habrá dos civilizaciones distintas y enfrentadas, la oriental y la occidental, la musulmana y la cristiana, la judía y la árabe, porque ambas civilizaciones son diferentes cosmovisiones, diferentes modos de entender a Dios, al mundo, al hombre y a la mujer. Sobre todo, a la mujer; por supuesto que esto no se le escapó a Chesterton que dice lo siguiente: Pienso que, si hay una sola cosa que pueda ser dicha con certeza de toda Asia y de todas las tribus orientales, es ésta: que si una mujer casada lleva una marca distintiva siempre es para impedir que reciba la admiración, o si quiera la atención de otros hombres ajenos. A menudo solo se la disfraza, a menudo se la desfigura. Pero nunca se hace nada para que aparezca en público con magnificencia; mientras que la esposa en Belén ha sido engalanada para aparecer con magnificencia en público.

Este es sin duda un punto de inflexión entre Oriente y Occidente, la mujer: unos quieren esconder su belleza, otros la ensalzan. Esta es la gran diferencia que vio Chesterton en Jerusalén entre los dos pueblos y: el negro vestido de la mujer musulmana, y el blanco hábito de la mujer cristiana son, dicho con veracidad, tan diferentes como el blanco y el negro. Representan principios verdaderos en verdadera oposición; y el blanco y el negro no desaparecerán fácilmente en el aburrido gris de nuestros compromisos.

Nos dice el filósofo inglés, ¿pueden dos universos convivir en la misma calle? Y esta pregunta es la que debemos hacernos ahora en toda Europa, pues la mezcla de colores que se veía antes en Tierra Santa se ha extendido ahora por todo el mundo occidental.

El conflicto que asola Tierra Santa en la actualidad que es el foco de todas las miradas a nivel mundial , nos puede hacer tomar conciencia de nuestros orígenes y de que en este lugar de la tierra, se está librando un conflicto universal, allí donde se generó Occidente, con un hecho que cambió el curso de la historia y del hombre, a saber, el nacimiento de Cristo.

El islam, nació siete siglos después del nacimiento de Cristo como un movimiento político religioso; y, como nos dice Chesterton, sigue siendo un movimiento que no ha dejado de moverse y se mueve contra algo, contra la civilización occidental, contra la democracia, y contra todas las democracias occidentales tal y como las entendemos hoy: con igualdad de derechos deberes para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, ricos o pobres. El problema es que una de las civilizaciones se ha salido de sus goznes y lejos de extenderse por el mundo occidental para convivir con otros pueblos y cosmovisiones, se extiende pretendiendo que el islam se expanda no solo por toda Tierra Santa sino por el mundo entero. No es que el islam, no deba existir, es que no puede pretender que todo el mundo se haga musulmán y que toda la tierra sea un nuevo gran Imperio Otomano.

La igualdad entre los hombres y el comienzo del fin de la esclavitud empezó a gestarse con el Dios monoteísta de los judíos que proclamaba que todos los seres humanos eran iguales, pues todos eran hijos de Dios. Y más tarde Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre, vino a igualar al súbdito con el emperador, al rico con el pobre, al amo y al esclavo y al hombre con la mujer, es decir, vino a consolidar la democracia. Cristianismo e Islam son dos civilizaciones, dos cosmovisiones distintas que tiene visiones diferentes de Dios, del universo, del mundo, de la política, del hombre y de la mujer. Y tendrán que aprender a convivir no intentando imponerse mutuamente su visión del mundo.

Tierra Santa alberga el tesoro más grande de la civilización, es el lugar donde nació, vivió, predicó, murió y resucitó Cristo: Extrañas escenas han sucedido alrededor de este Templo donde el fuego sagrado arde declarando que Cristo ha resucitado; y pesemos o no que la cosa sea sagrada, no hay duda de que es ardiente.

Palestina nos dice Chesterton es un país estratificado en todos los sentidos tanto en el geológico, como en el teológico, cultural y político, y su dolor proviene de esa estratificación: el judío no apareció junto al cananita, sino sobre el cananita; el griego no lo hizo junto al judío, sino sobre el judío, el musulmán no se ubicó junto al cristiano sino sobre el cristiano. No es meramente una casa dividida contra sí misma, sino una casa dividida a través de sí misma. Es una casa en la que el primer piso lucha contra el segundo piso, en la que el sótano está oprimido desde arriba y el desván sitiado desde abajo.

Hay una gran cantidad de pólvora en las bodegas, y la gente no vive confortable ni siquiera en los tejados.

La antigua solución británica sobre Palestina que apoyó la ONU , la solución de los dos Estados sigue siendo una solución en conflicto, una solución en guerra porque no satisface a unos ni a otros, porque para todos es una Tierra Santa: unos porque piensa que allí ha de ser levantado el Tercer Templo, otros porque piensan que Mahoma visitó la ciudad y desde allí ascendió al cielo, y otros porque es el lugar donde nació, vivió, predicó, murió y resucitó Cristo.

En esta tierra ha habido siempre no una guerra, sino una paz armada; una paz armada que puede declararse en armas ante cualquier movimiento inesperado de unos o de otros, porque lo que se custodia en Jerusalén es lo más sagrado de todos los pueblos: la tradición de cada uno de ellos. Así, los diferentes vecinos de Tierra Santa están condenados a tener diferencias sin tener divisiones, nos dice Chesterton, que están forzados a levantar pilar contra pilar en el mismo templo, mientras nosotros podemos levantar ciudad contra ciudad a lo largo de las llanuras del mundo… tienen entre sí
diferencias sobre las que se siente compelidos a luchar hasta la muerte.

Pero lo que resulta interesante de estos pueblos no es lo que los diferencia sino lo que en esa diferencia les mantiene unidos. Chesterton apunta que la verdadera paz en Tierra santa debería venir porque la soberanía no perteneciese ni a judíos, ni a musulmanes sino a los cristianos, pues sostiene que la Cristiandad es verdaderamente el ángulo recto del triángulo, y los otros dos son ángulos muy agudos. Es una solución que aún no ha sido planteada. Está claro que barre para casa, pero lo hace de una manera racional, porque piensa que la Cristiandad, siendo oriental, es la única de las tres religiones, o de las tres cosmovisiones, que es como un bronce gigantesco salido del horno cercano de Oriente; que en Asia está solamente el fuego y el Europa la forma (…). La Cristiandad ha viajado a Occidente por una especie de fuerza centrífuga, como una piedra arrojada por una honda, y así, ha logrado que la giratoria mente oriental, hiciera por fin algo.

Cuando Chesterton llegó a Jerusalén, le sorprendió una gran nevada tipo Filomena, que nunca antes había ocurrido, que dejó a la ciudad sitiada, y, por un momento, se suspendieron todas las luchas, todas las formas, todos los colores diferentes, ante el triunfo de la Navidad.

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