En la misma mitad de la novela Oceánida, de Francisco Nieva, publicada en 1996, se nos levanta una historia asombrosa, tanto por el argumento como, sobre todo, por la forma de desarrollarlo, tan natural y “clásica” como las Fábulas mitológicas de Higino. Se trata del espectacular mito nievano de Drosula Lytropos, niña griega e hija de pescadores griegos, emigrados a las costas de California, en donde viven muy humildemente trabajando como obreros en una factoría de pescados. No teniendo para nada la linajuda prosapia de otras heroínas clásicas, como la Psychê de El Asno de Oro, de Apuleyo, hija de reyes, está destinada, sin embargo, a ser también la amante de un monstruo, una divinidad marina con la que tendrá un hijo. Un hijo que llegará a ser el refinado grumete de un elegante barco británico gracias a su acento oxoniense. El acento es una herencia que no se debe dejar degradar para que no te tomen por otro. No se debe disimular. A partir de su relación con este monstruo marino, relación que se producía en una gran burbuja en el fondo del mar, Drosula vivía bajo una iluminación tranquila, que volvía más azules sus ojos azules. Y comenzó a volverse irreconocible, extraña e indescifrable de pura alegría distinguida. Ante este intolerable gozo interior el bestia de su padre, que barruntaba algo, empezó a golpearla todas las noches con saña, llenando todo su cuerpo de cardenales; pero una vez que por la mañana entraba su cuerpo en el mar, Drosula vivía la suprema restauración del amor, desapareciendo los moratones y recibiendo en sus entrañas una efusión de vida marítima, que es casi una vida eterna, pues que toda vida surge de las aguas. Y se cree que la fuente de Juvencia yace en los abismos oceánicos. Drosula tiene mucho también del personaje mudo del delicioso drama nievano El Dragón Líquido: “una mujer seducida por un oceánida no conoce placer igual en su vida, se convierte en receptáculo del éxtasis(…)Estas son las mujeres florales, llenas de una experiencia inalcanzable, hermosas y explayadas, que han conocido a Dios o, por lo menos, a un arcángel en el fondo genésico del mar, el cual ha entrado líquida y pujantemente en su cuerpo, como una onda de placer sin medida”.
La gente, que no soporta la alegría producida por una divinidad amiga, aplaudía las brutalidades que aquel padre borracho hacía contra su propia hija Drosula, y hasta el sacerdote de aquel villorrio californiano, cercano a San Francisco, bendecía aquellas palizas diarias. Tal hecho coincide también con la historia de Psychê, de Apuleyo, en que por la presión popular que envidiaba su belleza, fue llevada a una roca para que la devorase un monstruo. “La mayoría, que siempre es insensata, le daba la razón” al brutal padre y al malvado sacerdote, nos dice Nieva.
Cuando nació su hijo, Pip, éste estuvo a punto de ser sacrificado por aquel sacerdote americano loco y católico, que creía que el niño venía del demonio, y levantando al niño sobre las cabezas de un pueblo asustado estuvo a punto de aplastarlo contra el suelo si no es por la rápida intervención del sheriff.
- Este niño es un americano y dos constituciones lo defienden, su buena constitución física y la constitución americana.
El conato de crimen de Tifflistown, que así se llamaba el sacerdote fanático, nos recuerda a todo un “praefectus sacrorum” o rab cartaginés, a la hora de ofrecer a Baal Hammón sobre el toffet a los niños primogénitos. Y respecto a padres que se comportan mal con sus hijas son relativamente frecuentes en la mitología clásica: Acrisio respecto a Dánae, Agamenón respecto a Ifigenia, Acasto respecto a Laodamía, etc. La originalidad de Nieva estriba en meter un cuento clásico, un mito perfecto desde el punto de vista de su estructura, con la naturalidad crédula que tenían los autores del Mundo Clásico en estos temas, en la pura modernidad americana de finales del siglo XIX, contemporánea de la época victoriana, época de los grandes eruditos de aquel Mundo Clásico. La mitología griega supone una continua transgresión en los roles y en los comportamientos; quizás por ello principalmente nuestro gran Paco Nieva fue todo un mitólogo, con los mismos derechos y los mismos ojos infantiles que los Antiguos. En general, los monstruos para Nieva representan la única alternativa a esta realidad asfixiante, son como una puerta que nos abre a otros mundos con otras leyes, no necesariamente mejores ni menos caprichosas que las de acá, pero que en todo caso encarnan otras alternativas. Tanto en su novelería como en su teatro, quizás el mejor teatro español desde el XVII, Nieva es todo un consumado creador de sagas mitológicas, como ésta de lord Bashaville, que lo mismo que un ciclo épico, del tipo Ilíada o Tebaida, se extiende en narraciones y dramas, en una historia casi interminable de hijos y generaciones. Aquí los dioses/monstruos de Nieva viven ocultos en personajes de novela. Gracias a ello estos dioses disfrazados deslumbran más con lo que parecen ocultar que con lo que como personajes novelescos incómodos en su papel muestran. Esa doble vida de dioses mitológicos y dandis victorianos, contemporáneos de Óscar Wilde, quizás otro dios del mar disfrazado, genera una serie de reviramientos fraseológicos, de frases inesperadas y de lógica chocante, que nos hacen conscientes de que las dos realidades “literarias” no encajan del todo: “Cuando se tiene una vida secreta y se es personaje de novela, esto no es cosa que se le confíe a cualquiera”. “Sólo estábamos satisfechos de nuestra realidad insatisfecha”. “No se escriben novelas sobre personas que gozan de una felicidad siempre igual”. “Mi hermano y yo sólo queríamos volver adonde no habíamos estado nunca”. “Tenían tanto miedo que se entregaron al terror”. “Drosula era una muchacha de gran belleza y muy mal mirada por serlo tanto.” “Ya que ha hecho desgraciadas a tantas mujeres, bien podría redimirse haciéndome dichosa a mí”. “Cuando un amanecer tiene luz de anochecer, es un signo malísimo. Eso quiere decir que todo va a continuar igual, como en efecto sucedió”.
En fin, la naturaleza de los personajes del genial Nieva están más cerca de la divinidad y de los monstruos que la de sus lectores. Eso los hace indescifrables e inmortales en su literatura, puro clasicismo español.