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TRIBUNA

Un embajador para la leyenda

lunes 13 de octubre de 2025, 19:41h

Nada me resulta más estimulante que recorrer las ciudades y detenerme contra los escaparates de cualquier comercio; tanto me da ante los que venden sugerentes chismes electrónicos, cada vez más escuálidos, para integrarnos con diligencia en la nueva realidad digital, como ante los reviejos tabucos, donde en un batiburrillo entre dickensiano y vallinclanesco me admiran ajadas bolsas de golf, gorras de marinos ya fallecidos cuando se botó el Titanic, ingenuos juguetes de hojalata y otros mil artilugios como esa lánguida bailarina de porcelana con el brazo tronchado en mitad de un pas de deux, que me suscitan vaga, pero hondamente, a quienes un día los poseyeron. En fin; desvaríos de paseante.

Durante esos recorridos hacia algún recado también me entretengo, si ando holgado de tiempo, en leer las placas callejeras, sean campanudas lápidas de mármol en labrada caligrafía inglesa o esas otras romboidales y de latón que ha colocado el ayuntamiento para que sepamos del paso o del aposento en este o en aquel edificio de alguna celebridad, cuando hace un par de domingos, atravesando la Plaza de la Paja, me sorprendió una que decía: «En este lugar estuvieron las casas del madrileño Ruy González de Clavijo embajador de Enrique III ante el gran Tamorlán de 1403 a 1406».

¿Quién era este intrépido González de Clavijo?; ¿cómo fue que viajó tan lejos, ni más ni menos que a la Bactria, y en tiempos del temible Tamerlán? Esas dos preguntas me dejaron tan fascinado como para dedicarles este par de páginas, sospechando que quizá muchos de ustedes permanezcan aún ayunos de aquella memorable empresa, pues no consistió sino en surcar, apenas nacía el s. XV, mares y tierras hasta los confines del mundo conocido entonces. Y no debería de serlo, pues tras casi dos siglos de andar la crónica del viaje traspuesta por nobilísimos legajos, en 1582, Gonzalo de Argote, imprimió el infolio, y desde entonces se han publicado unas cuantas ediciones —la última por Castalia, no hace ni ocho años—, y cada vez con mejores y más jocundos comentarios al texto de Clavijo o de uno de sus acompañantes, el dominico Alfonso Páez de Santamaría. Pero fuere escrito por puño de uno o del otro, figura a nombre de Clavijo y redactado apenas pisó Castilla, en marzo de 1406, tras un trienio de trotar por tierras ignotas cuando no, ensoñadas; de lo que el texto —al contrario de muchos pasajes del Libro de las maravillas (posiblemente 1298), de Marco Polo— da cuenta con un pormenor ejemplar y enemigo siempre de la fabulación; cuanto lo emparenta con el patrón marcado por la Historia (sobre el 430 a.C.), de Heródoto, donde, sobre el sucinto memorando historiográfico, prima la afanosa descripción de naciones y lugares; en suma, de cuanto hoy llamamos antropología.

Más allá de la muy estimable relación del viaje, el origen de aquella embajada a Tamerlán es del todo asombroso: tras la terrible derrota de los cruzados de Segismundo de Hungría en Nicópolis, al borde del Adriático, Bayaceto I y sus turcos se afirmaban soberbiamente sobre los Balcanes para aislar, por un lado, a su ansiada Constantinopla, y aterrorizar, por otro, a la desavenida cristiandad. Y ahí, Enrique III, a pesar de su juventud y de los enrevesados problemas intestinos de la Castilla de su tiempo, atisbó en la incontenible irrupción de Tamerlán por la retaguardia del atemorizador otomano un formidable salvavidas. Rápidamente envió dos emisarios a tantear algún tipo de pacto con aquel caudillo que, victoria tras victoria, se estaba apoderando de Asia entera; eran Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo. Los castellanos no solo llegaron a encontrarse con el ya legendario descendiente del gran kan, sino a contemplar su triunfo sobre los turcos en Angora y el apresamiento del desvelo de los monarcas cristianos: Bayaceto. Sobre este inmenso alivio, regresaron a España con tres nobles húngaras esclavizadas por el sultán otomano en Nicópolis: doña Angelina, doña Catalina y doña María; casadas recién llegadas a la corte del joven Trastamara; la primera y del linaje real de Hungría, con el corregidor de Segovia; el otro par de damitas, con los heraldos que las trajeron.

Pero sobre este suceso que daría materia para un puñado de novelas de esas llamadas históricas, les acompañó hasta el trono de Enrique el Doliente un legado del Tamerlán, Mohamad Alcagi; salvoconducto imprescindible para la inmediata embajada de nuestro González de Clavijo y su séquito de doce dilectos castellanos entre los que se encontraba el dominico Páez de Santamaría, se supone que como políglota y erudito en los variados pueblos que habrían de encontrar durante el trayecto. En cuanto a las vicisitudes de la peripecia, se relatan en esta crónica, titulada habitualmente Embajada al Tamorlán, incluidas observaciones de lo más sagaces como el señalamiento del lugar donde fue Troya, perdido entonces y aun en los siglos posteriores, o los fastos por la boda del nieto y sucesor del imponente Tamerlán, Ulug Beg. Y sobre esto, el propio Clavijo, quien concita personajes nada despreciables, como su mujer, doña Mayor Arias, una de las primeras, si no es la primera poetisa en castellano, o don Enrique de Villena el Nigromante, acogido en su casa —dónde figura la placa— durante un tiempo, e introductor del Renacimiento en los reinos hispanos.

En fin; un tipo admirable que debiera figurar como el primer embajador del reino. Por si lo dudasen, lean su crónica y lo comprobarán.

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