Envuelto es su capa de poder absoluto, el presidente Donald Trump está emprendiendo un largo y sinuoso camino del regreso al futuro. Su frase, después de firmar la paz en primer lugar y su nombre por encima de todos los protagonistas, quedó grabada en la historia: “la paz a través de la fuerza”. Esta referencia retrotrae al primer apotegma del neolenguaje en la novela 1984 de George Orwell: “la guerra es la paz”.
En este contexto se debe entender el enojo del presidente Trump porque el Comité Nobel no le entregó a él la medalla anual a la Paz, cuando sus acciones guerreristas se deben entender en el nuevo lenguaje de la paz.
Como para que no cupiera duda de su enfoque guerrerista de la paz, Trump le cambió el nombre al Departamento de Defensa por el de Departamento de Guerra, con lo cual todo el aparato burocrático militar y de seguridad nacional está enfocado al usar todas las técnicas guerreras para conseguir sus objetivos por la vía bélica.
Estas definiciones de filosofía militar del pacifista Trump explican por qué se puso “feliz de contento” por el Premio Nobel de la Paz a la activista venezolana María Corina Machado Parisca, sobre todo porque una de las primeras llamadas telefónicas de la galardonada fue a Trump para decirle que él debió haberse hecho merecedor al premio pero que ella recibía el propio en nombre de Trump.
Y allí es en donde se siguen enredando las explicaciones que no explican: el Comité Nobel decidió entregarle el premio de la paz a Machado Parisca porque representa para la estrategia de seguridad nacional de Washington el camino ya precisado de una invasión militar a Venezuela --guerra, en pocas palabras-- para derrocar al presidente Nicolás Maduro y llevárselo preso a Estados Unidos, pero sin que exista formalmente un tribunal judicial que hubiera examinado legalmente el caso y que determinara una orden de aprehensión extraterritorial. Trump quiere repetir el modelo de George Bush Sr. en 1989 cuando autorizó una invasión militar rápida y certera para penetrar en territorio soberano de Panamá y arrestar al jefe de la Guardia, el general Manuel Antonio Noriega, acusado políticamente de narcotraficante, pero sin ningún juicio formal en su contra y sin acudir a los convenios internacionales que le pueden permitir a un país entrar a otro para hacer un arresto.
La estrategia de las últimas semanas del presidente Trump ha perfilado acciones militares de provocación que estarían anunciando la invasión militar: movimiento de barcos de guerra, ejercicios intimidatorios y sobre todo cuando menos cuatro acciones bélicas con uso de instrumental militar en forma de misiles y drones para destruir cuatro lanchas que presuntamente estarían transportando droga y cuyos tripulantes habrían sido calificados sin pruebas como narcoterroristas.
Y en el hipotético caso de que Trump estuviera diciendo la verdad y las lanchas fueran de narcos transportando droga y se ubicaban en el contexto formal de caracterización de narcoterroristas, de todos modos, la intención fue usar los instrumentos de la guerra para intimidar a Venezuela y dejarle sentir que la invasión es inminente.
Y ahí se cruzan los cables: la activista Machado Parisca estaría representando la opción de la guerra militar contra Venezuela y por lo tanto como seleccionada para recibir el Premio Nobel de la Paz estaría en un cajón equivocado porque estaría mereciendo más bien la medalla Inexistente del Premio Nobel de la Guerra.
El Premio Nobel de la Paz a Machado Parisca representa un golpe moral a la figura de Alfred Nobel que a finales del siglo XIX creó, con fondos propios, las medallas anuales que llevan su apellido. Y es que Alfred Nobel dejó muy claro el sentido del Premio de la Paz con las siguientes palabras:
“...y una parte (del premio va) a la persona que haya realizado el mayor o mejor trabajo en favor de la fraternidad entre las naciones y la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y la formación y difusión de congresos de paz. (Alfred Nobel del 27 de noviembre de 1895)
Más clarito ni el agua cristalina. La activista venezolana Machado Parisca puede tener una impecable biografía de lucha por la democracia en Venezuela contra la figura de Nicolás Maduro, uno de los más deleznables dictadores del América Latina poscastrista. Pero en los hechos, la venezolana está representando la justificación que requiere Trump para invadir militarmente Venezuela y secuestrar a su presidente en un acto que técnicamente se puede calificar como de guerra.
La propia activista se puso feliz por el premio e inmediatamente llamó por teléfono a su protector Donald Trump y con esa llamada y la argumentación de que se debe derrocar a Maduro e invadir Venezuela sin ninguna declaración de guerra avalada por el Capitolio estadounidense estaría contradiciendo el espíritu y la moral de lo que quiso Alfred Nobel en su Premio Nobel de la Paz.
En este escenario, la convicción social de que Maduro tiene que renunciar a la presidencia con base en una presión internacional pierde eficacia moral porque entró en la lógica militarista y agresiva de Donald Trump y solo faltaría que el día que reciba a la activista Machado Parisca en la Casa Blanca sea él quien ostente en su pecho el Premio Nobel de la Paz que seguramente avergonzaría a Alfred Nobel.
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