Cada país que se considera demócrata encargó, en su día, la confección de un texto con las normas de interrelación de ciudadanos y poder. Ese texto era sancionado por el pueblo.
Este sistema tan bonito, que supone que mandan los ciudadanos, iguales ante la ley, lo inventaron los griegos. Pero, ¡ay, amigos!, cuando un líder político predicaba en el Ágora estas bellas ideas, un incrédulo preguntó: “¿Y quién cultivará los campos?”. Y el líder contestó: “Hombre…, los campos los cultivarán los esclavos”.
No, no os riais. La primera Constitución de EEUU tiene fecha de 1789; pero sus ciudadanos negros siguieron cultivando los campos. Y no consiguieron igualar los derechos de los blancos hasta la proclamación de la Ley de Derechos Civiles, en 1964.
La primera Constitución de Europa se firmó en Francia en 1791. Desde entonces, todos los países europeos han probado esta fórmula, con fortuna o sin ella. El pueblo manda y el poder de los gobernantes está limitado por los términos de la Constitución y por la duración regulada de sus mandatos. Y todos los individuos son iguales ante la ley.
¿Asunto concluido, no? PUES NO. El instinto del poder, imborrable en el animal que llevamos dentro, aparece una y otra vez, haciendo que la lucha del pueblo contra él, para defender los derechos conquistados, sea eterna.
Y en España… Pues lo mismo. Acabamos arrojando por la ventana a nuestros Presidentes. A ninguno despedimos con honores. El intrépido Adolfo Suarez, en su afán de forjar un hierro que todavía no estaba caliente, se creó demasiados enemigos y agotó sus fuerzas antes de terminar su mandato.
Calvo Sotelo había cometido el error de nacer demasiado pronto y se nos presentó como un político europeo cuando Europa no existía para los españoles. Felipe González parecía eternizarse en el poder; pero tropezó con la incapacidad de las izquierdas para entender la economía, que consideran un bien silvestre en el que la riqueza no necesita ser sembrada. Además, ¡oh desencanto!, la corrupción también era de izquierdas.
Aznar hizo creíble que el partido formado por Fraga con materiales de derribo franquista era el clavo ardiendo para salir de las arenas movedizas del felipismo. Y lo era, pero la borrachera del éxito, el mal de altura y la innata picardía del socialismo hicieron que este ganara el partido de las elecciones, que el PP creía ganado, en el tiempo añadido.
Zapatero, durante gran parte de su mandato, vivió de las rentas que el PP había acumulado, abrió las heridas que los españoles veníamos cicatrizando, acabó con la etapa del convencimiento y abrió la del sectarismo, puso el gobierno, no en manos del pueblo sino en gente del pueblo, cuya única capacitación era su fidelidad e inició la era de lo “politicamentecorrecto”, para sembrar las “recetillas” con las que el comunismo iberoamericano, en el que ahora le vemos comprometido, pretende lograr el desarme ideológico de la sociedad occidental. Se dio de bruces contra la realidad económica, que le arrojó, también, por la ventana.
Nuevamente España llamó a la derecha para arreglar el desaguisado económico: pero la etapa Rajoy representa ya solo una pequeña horizontal en la rampa iniciada por Zapatero. Su propósito de “mantener una mirada templada y amable con todo el mundo” no encajaba ya en la despiadada y sin escrúpulos lucha por el poder.
Y vimos como salían, de riscos y cavernas, enemigos que se odiaban a muerte entre ellos, llamados por un odio aún mayor a lo que representa un hombre como él: la moderación, la elegancia, el convencimiento del servicio al país y la obligación de atenerse al orden jurídico que nos dimos en el 78, para arrojarle, también a él, por la ventana.
Y ahora, amigos, jugamos a otro juego. La sed de poder de Sánchez y su ausencia de ideario (el PSOE ya lo ha cumplido), le ha hecho recurrir, no sé si por necesidad o por afición, a los enemigos del orden constitucional.
Sánchez, como sus antecesores, saldrá por la ventana; pero esta vez dejará una situación mucho más inquietante, todo el entramado de 1978, muy averiado. Ya tenemos, otra vez, a las izquierdas todas haciendo gala de esa eterna arrogancia del soldado que cree que es el único que lleva el paso correcto en el desfile.
Y ahora, no queremos a un presidente como Rajoy que “comunique mal”. Que, continuamente, nos regatee nuestros “derechos” y nos ponga en evidencia, obligándonos a dejar claro si somos de los que tiran del carro o de los que van montados en él.
Que niegue el paso a jóvenes con “ilusiones” que postulan el cambio como necesario, aunque todos sepamos que se trata del “quítate tú que me pongo yo”. Que predique, aburridamente, con el ejemplo de la moderación cuando lo que nos gusta es jugar a la ruleta rusa.