Cuando el PSOE llegó al poder en 1982 llevó a cabo unos profundos cambios en el Estado en consonancia más que con su ideología, con la intención oculta de construir un Estado confederal y acabar con la Nación. Más tarde, en 2004, desarrollará la estrategia de hacer del Estado un instrumento del Partido, para que, con el tiempo, se pusiera fin a la unidad política. Para lograrlo, se empeñará en descentralizar transfiriendo competencias a las entidades autonómicas y regionales y dando cada vez más poder a las partidocracias locales –oligoseparatismo-. Años después, en 2019, al comenzar el dominio del Gobierno ultraizquierdista de Sánchez-Iglesias, con los apoyos del partido proetarra Bildu –liderado por el antiguo terrorista, A. Otegui, “un hombre de paz”-, del nacionalismo catalán y del PNV –instrumenta regna-, trazará su plan consistente en perjudicar todo lo posible al pueblo español. Desde entonces, el País está sufriendo un profundo retroceso democrático, al acelerarse la conquista del sistema por el hegemónico-dependiente Partido socialista, que gestionará una parte importante de las prestaciones de servicios del Estado y la distribución del producto nacional siempre mediatizado por el separatismo – el subsistema que junto a las organizaciones extraestatales amenaza con disolver el Estado-.
El Ejecutivo colectivista se ha convertido en una especie de psicopoder sin apenas sentido común y menos aún sentido del ridículo. Sus integrantes, además de demostrar una inutilidad para el desempeño de sus cargos, se han caracterizado por la toma ininterrumpida de decisiones irracionales –irracionalidad subjetiva para provocar el caos-. Fue con el Gobierno Zapatero –el mundialista tolerante que apoya las tiranías más crueles y probablemente se enriquece con ellas- cuando empezó a extenderse la época del absurdo, encargándose el periodismo subvencionado de extenderlo y esparcirlo con tanto éxito, que ha crecido el número de los que aceptan el despropósito y el sinsentido de las acciones sin querer asumir el perjuicio que les puede ocasionar a sus vidas.
Lejos de ser un régimen político, el sistema político del 78 está instalado en la idiocracia habilitando el acceso al poder a cualquier mamífero de un partido político, bastándole con tener poca voluntad, mucha desvergüenza y negando el intelecto, para sobresalir sin tener que respetar los principios de mérito y capacidad. Siendo el Gobierno un órgano colegiado, ha existido entre sus miembros una fuerte disputa para conseguir el premio al imbécil más perverso y menos eficaz para servir al Estado. Suelen formar parte en los Ejecutivos colectivistas unos cuantos cerebros vulgares deformados, o deformados por vulgares y moral depravada, con voluntad de corromper y destruir lo máximo posible al Pueblo. Una de sus metas consiste en acabar tanto con el orden social natural, como con el orden autorregulado de la sociedad. Estos individuos han tomado unas decisiones aparentemente tan absurdas e ilógicas que, durante mucho tiempo, será muy complicado para las instituciones del poder político, recomponer racionalmente la vida política y una normal interacción de los factores que contribuyen al desarrollo social. El Gobierno, al ser un agente de los partidos separatistas antiespañoles, que lo apoyan, han puesto el máximo interés en hacer desaparecer al pueblo (español) por lo que todas las medidas, con alguna excepción, son contrarias a la mejora de las condiciones materiales de la sociedad. En cambio, han sido muy eficaces para llevar a la degeneración a un buen número de individuos.
Aparte de ser un ejemplo de toma de decisiones impolíticas, el Gobierno colectivista de Sánchez, simpatizante de las más abyectas tiranías, no sólo rompe con el poco democrático consenso político, sino que ha pretendido acabar con cualquier oposición en su aventura hacia la plena autocracia cleptocrática. Con el tiempo, la desaparición del Estado conducirá a que solo habrá unas instituciones regionales y locales sometidas a múltiples compañías y sociedades transnacionales. Lo conseguirá fácilmente, porque en la sociedad hay demasiados individuos que apoyan las medidas más disparatadas. Asimismo, ha contado con la obediencia o servidumbre de los aparatos represivos, que suelen ser muy duros con quienes ejercen la oposición pacífica y ”mínimamente insurgente” (Hughes). El Ejecutivo cuenta con la obediencia de unos aparatos represivos preparados para ser benevolentes con quienes fomentan y provocan la extrema violencia y muy agresivos contra quienes defienden la libertad y a su Nación.