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El relativismo rampante

miércoles 10 de diciembre de 2008, 22:07h
De golpe y porrazo, nos hemos quedado de piedra ante las cifras de los abortos españoles del pasado 2007. De la misma forma que nos paraliza el espíritu conocer que somos el país europeo de mayor consumo de cocaína y heroína. Sin que podamos olvidarnos del fracaso escolar de nuestros jóvenes. Pero es que al llegarnos la crisis dominante, de pronto parece que nos acordemos de conceptos como el ahorro, la sobriedad y, por supuesto, la renuncia al hedonismo consumista hasta hoy proclamado como signo de una sociedad instalada en el bienestar intocable e indiscutible. Hay que ver el giro que estamos dando cuando El Corte Inglés se vacía de clientes, de la misma forma que nuestras tarjetas de crédito se tornan escuálidas y llegamos a mirarlas con pánico. Hay que ver.

Pero la cosa tiene una explicación perfectamente luminosa e iluminadora: nos hemos pasado ocho años proclamando la urgencia del gasto como medida de poder social (el aznarismo desde 1996 a 2004), para consumar la jugada con otra proclamación todavía más funesta, como es la relativización de todo lo existente, en beneficio de una permisividad legal y existencial de altos vuelos, por obra y gracia del zapaterismo de los años más recientes, desde 2004 hasta el momento. De esta manera, una vez que el consumismo se nos han hundido, solamente nos queda este relativismo enfermizo y mortal con el que somos incapaces de enfrentar las dificultades: cuando todo vale, nada vale. Una delicia.

¿No será el momento, en palabras de Ignacio de Loyola, de retornar a “las virtudes sólidas y perfectas”? Tanta frivolidad intelectual y tanta superficialidad vital solamente nos llevarán al desastre. En ocasiones, la trascendencia es el único método para salvar las precariedades de la inmanencia. Dicho con temor y temblor.
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