A Sara, una chica llena de ideales, tres presuntas compañeras del colegio le habían roto su integridad física y psicológica. Esto a pesar de que, meses atrás, la madre había informado a la dirección del colegio sobre el acoso escolar constante que sufría su hija.
Una vez más, lo perverso se adueña de lo irracional. El bullying es el culpable de actuar sin misericordia. Una vez más, el agravante del suicidio de una niña adolescente de 14 años nos conmociona a la vez que nos desnuda como sociedad. Una vez más, por desgracia, vuelvo a citarme con las conciencias ajenas por idénticos motivos de crueldad. Al parecer, el colegio no activó el protocolo.
Entre las diferentes acepciones que puede referir la palabra “protocolo”, elijo la única aplicable a lo acontecido: Según la RAE: «Protocolo: es un conjunto de reglas que se establecen en el proceso de comunicación entre dos sistemas». A mi entender, y hasta yo mismo creo poder deducirlo, no es otra que el saber actuar en una situación específica. En el caso de Sara, la niña sevillana, nueva víctima de este aterrador suceso, nos devuelve a la casilla de salida cuando otros niños y niñas (Diego, Kira, Lucía, Alejandro…) ponen fin a sus vidas de adolescentes lanzándose al vacío de una sociedad tan gris como inclemente.
Para la oficialidad de turno, la versión es que han fallado los protocolos del colegio sevillano de las Irlandesas de Loreto, donde estudiaba Sara. Uno se pregunta para qué diablos sirven tales sistemas pensados para alertar de casos de acoso o conductas autolíticas. Pero no. Una vez más se ha fallado, quizás porque estamos en un país fallido. Ahora mismo España es el primer país de la Unión Europea en relación al bullying, en donde un 86 % de los casos se consideran de gravedad alta y los suicidios en menores de quince años se han triplicado. Una vez más fallan los protocolos, y de nuevo la estúpida muerte transita por el vergel de la vida como algo natural.
Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando a la idiocia de los ingrávidos seres que juegan con nuestra seguridad. Deberíamos estar muy preocupados por lo que nos empuja a naturalizar todo a precio de coste, aceptando que lo malo, aquello que no deseamos para nosotros, les ocurra a los demás. Por la falta de responsabilidad sabemos que sufrimos un apagón de luz, que se inundan pueblos enteros, las pulseras antimaltrato quedan inservibles, los violadores salen de las cárceles antes de cumplir su condena, nuestro dinero calma excitaciones corruptas, nuestra existencia es una simple moneda de cambio para satisfacer las maldades de canallas y necios. Y en todo ello, el mismo patrón: mitigar la verdad para no dañar al votante.
Si se trata de mirar hacia otro lado cuando está en juego el futuro de nuestros niños, si lo que interviene es el maltrato infantil, les aseguro a ustedes, padres y madres, educadores, gobernantes de turno y legisladores, e incluso la desigual vara de justicia con que contamos en este país, que si continuamos con la complacencia silenciosa, estaremos condenados como especie humana. Si la salvaguarda de nuestra sociedad sigue en manos de irresponsables y paniaguados, el caso de Sara nunca será el último. Por ello, desgraciadamente, hoy vuelvo a citarme con las conciencias ajenas por motivos de crueldad infantil.
Sara se ha suicidado buscando su libre espacio. Una vida que, tal vez, llegó a mirarla de lejos como algo inaccesible para ella por ser buena persona, con su único defecto de estar cada día al alcance de quienes te roban el oxígeno de la convivencia, el respeto, la educación, el compañerismo, en definitiva, de quienes te destruyen como persona y te despojan del activo más valioso como lo es la propia vida.
Una vez más me repugna el cinismo de los políticos. Una cosa es el error por factor humano, y otra la negligencia que traiciona siempre a los mismos; en gran parte debido a la incapacidad de los líderes y la dejación de sus funciones, pero también por un pueblo que calla, que no otorga, pero que se nutre de inmóviles silencios.