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TRIBUNA

OTAN, cigarras y Gobierno desleal

sábado 25 de octubre de 2025, 18:43h

Recién derribado el muro de Berlín, se discute si tenía sentido mantener la OTAN o ahorrarse el dispendio. Corrían tiempos ingenuos. Un japonés norteamericano, llamado Fukuyama, escribió un folleto sobre el fin de la historia. Glosaba a Kojève, un ruso francés que, en París, tras acabar la contienda Mundial, enseñaba la relación entre Hegel y Marx. Kojève aseguraba que la confluencia de intereses hegeliano-marxistas representaba el fin de la historia. Nadie sospechaba entonces que este final servía más a los intereses sovié<cos que a los europeos pues, como cualificado funcionario de Asuntos Exteriores del gobierno francés, obedecía a Moscú cuando trabajaba para Bruselas. Medio siglo después, demolido el muro, Fukuyama leyó a Kojève e imaginó un final dis<nto: el capitalismo era el final que se afianzaba sobre un comunismo en ruinas.

Caído el Pacto de Varsovia, la cuestión a discutir en Occidente era si la OTAN servía o no como institución disuasiva, ya que no había a quien disuadir. Si se trata de disputas geoestratégicas, la experiencia enseña que hay que confiar más en los profesionales militares que en el olfato de los filósofos, a pesar de que Nietzsche decía que la inteligencia del filósofo, al menos la suya, anida en el olfato, en este caso, el suyo. Algunos recelábamos de que la OTAN pudiera convertirse en una organización burocrática cuando el enfrentamiento de soviéticos y atlantistas desaparecía. Temíamos que un gasto defensivo pudiera servir de excusa para justificar órganos sin función. Durante un viaje a la sede de la OTAN, tuvimos ocasión de exponer nuestros reparos a profesionales uniformados. Cuando contestaban nuestras preguntas lo hacían con oficio, seguridad, sin elusiones. Aquellos militares no eran burócratas, eran profesionales de la estrategia. Nos sacaron de dudas de que era más prudente confiar en el servicio de los que saben por cuenta propia lo que es la geoestrategia preven<va, que en el final de la historia del burócrata Fukuyama o el rusófilo Kojève.

Al igual que los médicos aconsejan la prevención para mantener la salud, los militares de la OTAN nos advirtieron que, si media un control eficiente del gasto, es menos costoso prevenir que curar. Europa se desentendió pronto de su compromiso preventivo. Sucedió lo que a las cigarras que cuenta Platón en el Fedro. Habituadas a un confort sufragado por el hormiguero norteamericano, se abonaron a vivir en la holganza. Dedicadas a cantar en vez de a trabajar, incapaces de afrontar la adversidad, las cigarras morían dulcemente arrulladas por su propia voz socialdemócrata. Esperar que venga

ahora Trump a aprovisionar a los europeos para salvarlos de su arrullo es exigir que profundice en lo que no sabe a un comerciante poco dado a entender qué debe Estados Unidos a Europa. Trump no debería permitirse ignorar que, antes de convivir en el cigarral otánico, la inventiva europea aportó al mundo la ciencia teórica, la tecnología aplicada y la economía productiva que hicieron al americano. Estos instrumentos son los que actualmente vigorizan a los rivales que se disputan la hegemonía en la sociedad global.

La democracia occidental añade a esas tres cosas, la causa de la libertad individual administrada por un Estado de Derecho cuya división de poderes asegura la igualdad de

los ciudadanos ante la ley. Esos valores distinguen a Occidente del resto de un mundo donde el tirano puede ejercer un poder desenfrenado sobre los ciudadanos. Los occidentales fueron los primeros en traicionarse a sí mismos al cooperar sus comunistas con los soviéticos. También Trump reacciona contra un progresismo que ha venido deslegitimando desde la costa Oeste los valores democráticos al elevar un muro que incomunica progresistas y conservadores, al devaluar la igualdad ante la ley, forzar la discriminación positiva, la inclusión por sexo o raza, pontificar la equiparación de lo animal a lo humano, distinguir lo políticamente correcto de lo incorrecto para inducir la cancelación de documentación histórica, asumir el igualamiento multicultural, exigir un ecologismo arbitrario y desigual o admitir que hay que reconocer sentimientos insondables que no corresponden a lo que los ojos ven o el tacto palpa. La reacción de Trump es errática porque no tiene en cuenta que la raíz de la democracia y de los valores americanos son los que Europa transportó por el Atlántico. No cabe regenerar el tejido dañado sin proteger su heredad.

Europa se halla ante un Trump vociferante que se desenvuelve contra sus predecesores desentendiéndose de los principios institucionales que legitimaron su tradición. La cigarra Europea ha dado motivo como también la Costa Oeste. Europa y Estados Unidos forman parte de una misma cultura para compartir los mismos principios. Cabe alentar a los estrategas de la OTAN que hagan comprender al aspirante del Nóbel de la Paz que el premio es un invento europeo que vale más que su broche en la solapa.

Durante la guerra fría, Europa fomentó un intelectualismo marxista que hacía de agente del comunismo soviético. Kojève fue ambiguo, el comunismo europeo no lo era: inventó el pacifismo para desarmar a Europa ante el armamento soviético. Esa mentalidad traicionera ha renacido sobre el suelo occidental. El gobierno español es el ejemplo más claro de esa traición.

Trump no puede prescindir del legado europeo, porque Europa ha despertado del sueño y forma parte del problema que aborda. Defender la democracia íntegramente es unir a Estados Unidos y Europa en la misma defensa. Ahí aparece el punto más vulnerable de Sánchez. ¿Alguien puede dudar a estas alturas que, si Sánchez creyera que enfrentándose o saliéndose de la OTAN aseguraría su reelección, no se saldría? Si se pliega a Trump es porque no puede hacer otra cosa. Un gobierno dividido, donde media parte está contra la OTAN, y calla, porque Sánchez se lo manda, y la otra parte también lo está, y lo disimula, para no perjudicarle, no es un gobierno fiable. Lo ha demostrado la flotilla comandada por un buque de la misma armada y bandera que los flotilleros aborrecen. Tiene razón Trump: Europa es fiable y el actual gobierno español no lo es.

Si con las cosas de comer no se juega, la política de Sánchez sobre la OTAN, no es compatible con lucir en el Consejo de Ministros un extremismo progresista que pugna desde dentro cómo favorecer al hostil. Según la reciente biografía de Filoni es a lo que, en la oscuridad, se dedicaba Kojêve mientras auguraba el final de la historia.

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