Primero fue Japón, y ahora Corea. Lo coreano está de moda, no solo por el atractivo de su cultura, sino también por su capacidad de adaptarse a la globalización. Coches, tecnología, cine, series de televisión, gastronomía, música, videojuegos, entre otros, conforman un conjunto de elementos que hoy identificamos con Corea del Sur. La letra K, tan poco usada en nuestro idioma, ha resurgido gracias a Korea y, sobre todo, al K-Pop, con infinidad de grupos musicales de ritmos pegadizos, instrumentos bien afinados, voces sintetizadas y coreografías milimétricas y multitudinarias. Los artistas culminan sus actuaciones mirando a la cámara, con maquillajes impecables, peinados imposibles y un vestuario elegante que revela un extremo cuidado de la imagen corporal. Todo resulta aegyo, es decir, adorable, tierno y agradable, aunque detrás de todo ello se esconda un infierno.
En medio de este alud de exportable K-Beauty, Frances Cha publica Si tuviera tu rostro (2020), una novela que parece ligera como un frasco de sérum, pero que, al abrirse, deja escapar un aroma más ácido de lo que promete la etiqueta. Cha, periodista que debuta como novelista con esta obra, ha aprendido bien el oficio de narrar. Nacida en Minnesota, pero con una biografía cosmopolita y formada en la Universidad de Columbia, Frances Cha es una mujer de sofisticada belleza, que bien podría protagonizar la portada de su propio libro. De hecho, al ver su fotografía en la solapa, confieso que dudé durante unos instantes si se trataba de la misma beldad que aparece en la portada.
Si tuviera tu rostro retrata la cultura de la belleza coreana: las aspiraciones y las frustraciones de una generación atrapada por las promesas del éxito. La prosa de Cha, clara y sencilla, fluye como una conversación en una cafetería de diseño. Su mayor mérito radica precisamente en la transparencia de su narración: es un libro fácil de leer, aunque no superficial. El argumento presenta las vidas de cuatro jóvenes coreanas: Ara, una peluquera; Wonna, una oficinista; Kyuri, señorita de compañía en un salón de lujo; y Miho, artista y prometida de un rico heredero.
Todas ellas, de una u otra forma, se enfrentan a las exigencias de un mundo inflexible con las mujeres que no poseen una belleza normativa, casi divina. En esa sociedad, un rostro bonito es el billete para subirse al tren del ascenso social. Y si no se tiene, se compra a plazos. Las densas capas de maquillaje y sonrisas ocultan las miserias de nuestro tiempo. Cirugías, rutinas de belleza y complementos costosos llenan las conversaciones de estas jóvenes, que viven en pequeños apartamentos con más estantes para cremas caras que para libros.
Lo más interesante de Si tuviera tu rostro es su aparente ligereza, que contrasta con la incómoda sensación que deja al lector. La novela, tan recomendable como inquietante, es una muestra de la presión sombría de las jóvenes coreanas bajo las luces de neón de Seúl. Bajo una superficie luminosa y frívola, se esconden heridas profundas: la obsesión por la estética, la desigualdad y la necesidad de sobrevivir en una sociedad que valora más la apariencia que la autenticidad.
Frances Cha, con esta ópera prima, ha cosechado excelentes críticas y su obra ya se traduce a varias lenguas. No sería sorprendente que pronto se adaptara al medio audiovisual. Paradójicamente, las actrices que interpreten a sus protagonistas probablemente habrán pasado por el quirófano para hacerse el doble párpado, afinar sus barbillas o elevar sus pómulos, reproduciendo así la misma obsesión estética que la novela denuncia.