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ESCRITO AL RASO

Premios Princesa de Asturias: un bálsamo de inteligencia en la España ruidosa

David Felipe Arranz
lunes 27 de octubre de 2025, 19:17h

En estos tiempos, el debate público se ha reducido a un guirigay de eslóganes prefabricados y posverdades que se evaporan como el humo de un cigarro barato; de manera que los Premios Princesa de Asturias irrumpen como un recordatorio de que la excelencia no es un lujo prescindible para culturetas, sino una necesidad. En el corazón de Oviedo, bajo la sábana de un otoño que huele a castañas, se han congregado un puñado de galardonados que han pensado más allá del postureo digital. En una nación estrangulada por la mediocridad política –esa cleptocracia de besos y abrazos que nos ha legado una pospandemia de deudas y desencanto–, estos galardones son un contrapoder sutil, un acto de rebeldía cultural que nos invita a mirar hacia arriba, no hacia el barro de las redes sociales.

Tomemos, por ejemplo, el Premio de las Letras, que ha recaído en Eduardo Mendoza, ese barcelonés de pluma afilada que ha convertido la ciudad condal en un escenario de turbulencias y redenciones. En La ciudad de los prodigios o La verdad sobre el caso Savolta, Mendoza disecciona la hipocresía urbana y el alma catalana en su más cruda complejidad. En su discurso de aceptación, no pudo ser más preciso: agradeció a las bibliotecas de Barcelona, templos laicos donde “buceando en hemerotecas descubrí que la ciudad tenía un pasado turbulento y criminal, del que me apropié para escribir mis novelas”. Lección magistral para una España que hoy prefiere el scroll infinito al buceo en el pasado porque la cultura se ha convertido en un oficio de saldo; así, su premio es un antídoto contra la amnesia colectiva. Tampoco podemos pasar por alto el galardón en Comunicación y Humanidades, otorgado a Byung-Chul Han, filósofo surcoreano que, desde su exilio berlinés, ha diseccionado con maestría la “sociedad del cansancio” y el imperio de la transparencia que nos vigila como un panóptico digital. Han, con obras como La sociedad del espectáculo o Psicopolítica, nos advierte de cómo el neoliberalismo ha convertido la libertad en una jaula de autoexplotación. En esta España de precarios eternos y políticos que venden humo en TikTok, su voz critica la “infocracia” donde la verdad se diluye en likes, y nos urge a recuperar el silencio reflexivo, espejo cruel para nuestra clase dirigente, que confunde gobernar con viralizarse. Han no es un teórico distante; es un cartógrafo del malestar contemporáneo y su premio nos obliga a preguntarnos cuánto de nuestra España feroz es mera fatiga existencial inducida por el algoritmo. En Ciencias Sociales, Douglas Massey ilumina las sombras de la migración y la segregación urbana, recordándonos que las fronteras no son murallas, sino venas abiertas. Su trabajo, que ha desmontado mitos racistas con datos implacables, llega en un momento en que Europa –y España, por ende– patina entre el miedo y la xenofobia. Massey defiende una migración regulada con derechos, un principio que choca frontalmente con los discursos de vallas y expulsiones. En una nación de aluvión histórico, ¿seguiremos construyendo guetos invisibles o aprenderemos a tejer sociedades inclusivas? Y qué decir de las Artes, donde Graciela Iturbide transforma la realidad mexicana en un lenguaje visual cargado de magia y crudeza. Sus fotografías, que capturan el alma indígena con una sensibilidad que roza lo místico, honran al Museo Nacional de Antropología de México en el de la Concordia –un espacio que, como bien ha dicho el jurado, es “referente global en el estudio de la humanidad”–. Iturbide no fotografía; invoca en un manifiesto contra el olvido cultural, una llamada a preservar la herencia que nos une más allá de las ideologías. En los Deportes, Serena Williams, titán del tenis que ha reescrito los límites del cuerpo femenino, encarna la tenacidad que nos falta en la arena política: su legado rompe techos de cristal en un deporte de élites. Y en Investigación Científica y Técnica, Mary-Claire King, pionera en la genética del cáncer de mama, representa el avance silencioso que salva vidas mientras los titulares gritan banalidades.

Estos premios, presididos por la Princesa Leonor –esa joven que, en su discurso, defendió “la libertad frente al miedo, la justicia frente a la arbitrariedad y la democracia frente a la intolerancia”–, no son una mera ceremonia. Alguno podría pensar que es un rayo de luz en la niebla de nuestra degradación ética, en una España que ha dado la espalda a sus jóvenes, que ha sustituido la meritocracia por el enchufismo y la cultura por el circo mediático. Este fin de semana, los Princesa de Asturias nos han transmitido esperanza, y la convicción de que el esfuerzo y la dedicación dan sus frutos, si bien no instantáneamente. Como bien dijo Mario Draghi, galardonado en Cooperación Internacional, “el mundo ha cambiado y Europa se afana por responder”. Que todos estos laureados nos inspiren a responder cada día, ante los retos globales, no con grito ni chismes, sino con profundidad. Al final, en esta hora incierta, la mediocridad y la manipulación no está en realidad en los hombres, en cada uno de nosotros, sino en la crispación ignorante que nos programan desde los think tank y los salones del Poder. Contra ella, apelamos hoy tan solo a la inteligencia y a la empatía: las que han resplandecido en Oviedo. Las de toda la vida, precisamente.

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