La Real Academia Española define la opinión como juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien. En el uso común, la opinión parece reducirse a un juicio provisional, sujeto a error o gusto personal. Sin embargo, detrás de cada opinión auténtica late un acto fundante, no una idea, no una razón, sí el de una persona que sabiendo que puede equivocarse, decide decir “yo pienso así”. Ese acto no es trivial, es una afirmación de carácter existencial, un gesto ontológico, que trasciende todo academicismo y todo vulgarismo.
La opinión no es una tesis, ni un dictamen, ni una sentencia. Es la expresión libre y singular de quien se atreve a pensar por sí mismo y desde sí mismo. Y ese atrevimiento la distingue de los textos doctrinales o académicos, donde la verdad se busca por el camino de la demostración, de la lógica y de la razón. En la opinión, la propia persona, “es”. Da testimonio de sí, arriesgando su propio prestigio personal que es mucho más que sus razones.
En un texto académico, el autor desaparece tras la objetividad del método. En la opinión, por el contrario, el autor es inseparable de lo que dice. No hay anonimato posible: toda opinión lleva firma, alma y respiración. Lo que la hace valiosa no es su exactitud, sino su autenticidad. Una opinión verdadera, no cualquier ocurrencia, surge de una experiencia, de una vivencia, de un modo de mirar y sentir el mundo. Por eso dos personas pueden hablar del mismo tema, pero sus opiniones al respecto podrán diferir sustancialmente una de la otra.
Esa diferencia no es un defecto: es su riqueza. Toda auténtica opinión se encarna en la singularidad de quien la emite. Así como cada persona es un ser irrepetible, también su opinión lo es, incluso aunque se equivoque. Porque una opinión sincera y meditada, expresa una verdad personal, y esa verdad no puede medirse con los criterios de la verdad lógica ni racional. La verdad personal no se demuestra: se testimonia. Es la forma en que la conciencia se hace visible, es la huella que deja el espíritu al pronunciarse. Opinar, por tanto, es un acto de libertad interior que no se deja acotar ni objetivar, es la forma humana, imperfecta, pero luminosa, de quien se sabe libre para poder decir: “yo pienso así”, y a su vez asumir el riesgo de hacerlo.
Y aquí conviene recordar algo esencial: todo saber comienza con una presunción. Ningún conocimiento humano arranca de una certeza, sino de un supuesto, de un salto desde una confianza inicial. El ser humano, antes de saber, es un ser pres-untuoso: presume, se adelanta al saber con un presentimiento que lo impulsa a buscar. Sin esa presunción —sin esa osadía de opinar antes de saber—, ni la ciencia ni la razón habrían nacido.
De hecho, al final de todo saber riguroso, cuando el pensamiento llega al límite de lo demostrable, emerge nuevamente la opinión. Es como si el saber, tras recorrer su camino de pruebas, regresara a la fuente que lo hizo posible: la conjetura libre, el juicio personal, la intuición primera, y así recomenzar. Sin opinión, la ciencia y la razón se evaporarían, porque perderían el suelo vivo del que nacen: la voz humana que se atreve a decir algo nuevo.
Por eso, lejos de ser un resto menor del conocimiento, la opinión es su raíz y su horizonte. Un horizonte abierto como la vida misma. Es el inicio de toda búsqueda y el eco que queda cuando el saber reconoce su límite. Quien opina no pretende poseer la verdad, sino participar en ella desde su plena singularidad.
En una sociedad que idolatra los consensos y desconfía de la diferencia, la opinión es un acto de libertad creadora. Es como el viento fresco del conocimiento. No pretende ser infalible, ni dictar normas, ni fundar escuelas. Se limita a decir: “Esto veo, esto pienso, esto siento y esto hago”. Su valor no está en imponerse, sino en resonar.
Quizá ahí radique su más honda verdad: que opinar es una forma de hacerse presente en el mundo. Mientras que lo doctrinal pretende fijar verdades universales y que el tiempo se encargará de caducar, la opinión recuerda que la verdad también puede hablar en singular y que, tanto en tiempos de uniformidad como de crisis, esa singularidad no es un lujo sino una necesidad.
La opinión nos singulariza, tanto en el bien como en el mal, porque ambos trascienden a toda lógica, a todo método y a toda certeza racional. Espero que, en el recientemente congreso de Axiología, acontecido los pasados días 20, 21 y 22 de octubre se haya matizado bien este aspecto profundo y ontológico que la opinión ejerce en la praxis de los valores humanos, frente a toda lógica y a todo método.
Platón distinguió entre la doxa y la episteme, la opinión y el saber, como las dos hermanas del conocimiento: la una menor, cambiante y ligada a lo sensible; la otra mayor, firme y orientada a lo inteligible. Pero quizá olvidamos que incluso la hermana mayor necesita del aliento de la menor. Sin la doxa, la episteme se vuelve muda; sin la opinión, el saber se congela. La doxa es la voz humana del pensamiento libre, la que mantiene vivo el diálogo con la realidad, ante la que siempre se asombra, y le recuerda que toda verdad —incluso la más alta— nació alguna vez como una humilde opinión.
Llegado a este punto, no espero del lector su aprobación ni su refutación racional. Este texto no busca convencer ni demostrar, sino compartir y testimoniar. No aspiro a ser confirmado ni rebatido, sino a ser continuado. Lo que aquí se dice no reclama argumentos, sino testimonio: el de su propia opinión. Porque solo así este artículo se complementa cuando otra conciencia, distinta y singular, responde de sí misma, y desde sí misma.
Post escriptum: La Opinión es una prerrogativa exclusivamente humana. Solo el ser humano puede sostener la paradoja de afirmar y dudar, de creer y razonar, de ser libre sin ser infalible. La inteligencia artificial carece de esa fractura interior que hace de cada conciencia un misterio. Puede calcular, pero no contradecirse; puede responder, pero no opinar... Espero no haber defraudado a nadie con esta última opinión.
Post del post escriptum: La opinión deja de ser opinión cuando cambia con facilidad de opinión. Entonces ya no es fruto de la libertad, sino reflejo del interés. Ese vaivén, que algunos – en especial los políticos - confunden con flexibilidad, revela más bien una inconsistencia moral que, cuando se ejerce desde el poder degenera en manipulación. Es el triunfo del parecer, del aparentar y del querer sobre el pensar, y un agravio no solo a la razón y a la inteligencia, sino a la dignidad de quien así se pronuncia, a la vez que un menosprecio a sus semejantes.
La opinión emerge de la libertad en el campo de la responsabilidad. Opinión sin responsabilidad es una falacia.