Avanzamos por el mes de noviembre de este año de 2025, los comercios desbordan hace mucho mercancías destinadas a unas fiestas que me resultan extrañas. Las calles se llenan de armatostes y la gente se encandila con motivos luminosos pero incomprensibles. La Navidad desoladora de las grandes ciudades inficiona los corazones y deja en las almas una mancha de luz equivocada. Yo miro ese brillo artificial sin esperanza, pero buscando un efecto narcótico que no me alcanza.
Quisiera recuperar las noches de hace décadas, cuando escapaba al sitio de la cencellada que cubría la superficie de la tierra con su sábana blanca. En la solana se recuperaba a media mañana un verde nativo, pero en la umbría el hielo cuajaba figuras de piel vidriada. La noche fría mostraba un cielo abismal colmado de estrellas francas. No estaban las luces del comercio infinito, sino un silencio real que contrastaba súbitamente con el alboroto de unos o de otros. La alegría era una fiera en calma que podía levantarse en cualquier momento, pero se aletargaba junto al fuego en las tardes frías de aquellos tiempos.
La atmósfera que respirábamos dejaba dentro un aire intenso. Vivíamos más cerca y nos mirábamos más dentro. Se me dirá que son cosas de viejo, pero yo he visto hundirse en mis ojos el firmamento y he visto mi aliento en el aire como una nube de mi substancia tallada en hielo. He caminado con un amigo bajo el cielo incalculable que se abre en noches sin lucecitas de mal agüero, he comido pan recién hecho en la tahona de la madrugada donde cantábamos versos que aprendimos de los abuelos. Ritmos que creímos entonces que eran eternos y que hoy sólo recuerdan los más viejos.
Ahora tenemos mucho papel de plata que esconde nada, nada de luces y fuegos fatuos para una música que no cantamos. La lumbre es un adorno sentimental y el frío es innecesario. No nos parte el corazón el encuentro inesperado; socializamos. Hace tiempo que olvidamos el niño en el pesebre o a la virgen madre reciente y aunque pongamos figuras no les hablamos con la voz con la que entonces las animábamos. Cuando mirábamos en la dirección del Nacimiento, nos persignábamos y una alegría incomprensible nos envolvía a cada paso.
Cuando se oscurece el hombre eterno y un velo artificial e higiénico filtra nuestros gestos antropológicos: en la comida, en el sexo, en la improbable convivencia de las generaciones… cuando se espera insertar un sujeto técnico en el cuerpo anunciado por la revelación científica, toda alusión a un Dios de carne y hueso envuelto en comunidad nos resulta incomprensible. Acaso me entiendan los que amparados por un hogar y abrazados por una memoria compartida bendigan el alimento que los anima y alcen sus manos a un cielo vacío de lamparillas de bajo consumo y de guirnaldas geométricas. Son pocos, pero creo que nunca fueron muchos.
Es lógico que los hijos del hombre nuevo quieran exaltar fenómenos astronómicos, olvidando de una vez por todas la vida humana. Le cantan al solsticio sus canciones profanas. Olvidan la profundidad de la carne y la compleja articulación de la comunicación por la palabra. Vivimos en la era de la victoria del número sobre el nombre, del algoritmo que combina la nube de datos de nuestra existencia arrojando un reflejo muerto de la palabra. Se anuncia la mañana sublime de la nueva Inteligencia separada. La burla de la familia sagrada y el olvido del Dios complejo esconden, pese a todo, el temor de que ese delirio racionalista no logre sus últimos objetivos.
El silencio de un hogar, constituido sobre una sabiduría de milenios, alberga una amenaza absoluta para el mundo de los soberbios. Esa palabra es del todo exacta. No quisieran tener que ver recién nacidos y madres que abrazan junto a sí el rescoldo vivo de la esperanza.