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Imparcial 500: la transición española en México (es un decir) II/III

Carlos Ramírez
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carlosramirezhhotmailcom/14/14/22
miércoles 05 de noviembre de 2025, 19:02h

Los años de 1983 y 1984 fueron de cambio político en México por razones de circunstancias locales: la crisis del populismo 1973-1982 estuvo a punto de colapsar a México como República y la salida lógica del propio sistema político priista fue optar por un nuevo gobierno a la derecha política, ya muy bien fijado ya desde entonces en el pensamiento económico neoliberal.

Pocos ensayos políticos en la historia de México han tenido repercusiones que afecten al régimen. En 1983, el historiador Enrique Krauze publicó en la revista Vuelta de Octavio Paz el ensayo “El timón y la tormenta”, una severísima crítica al agotamiento del viejo régimen priista en la crisis del gobierno de López Portillo; y al comenzar 1984, Krauze entregó en la revista Vuelta el texto “Por una democracia sin adjetivos” en el que por primera vez a nivel de pensamiento intelectual se reconocía que el régimen priista autoritario podría enfilarse al dilema que Octavio Paz planteó en Posdata en 1970: “democracia o dictadura”.

Paz fue muy claro en criticar el autoritarismo priista como modelo cubano-soviético de poder presidencial absolutista, pero nunca aceptó que México pudiese ser una dictadura tradicional. Era un régimen autoritario, de partido único, de presidencialismo absolutista y libertades existentes limitadas, pero ante una inexistente oposición real, en tanto que el PRI y su clase política tenían el control de la ideología histórica de México como representantes del régimen de la Revolución Mexicana.

Hablar, pues, de democracia para México o de una salida democrática a partir de la crisis autoritaria que eludió varias veces antes de 1982 el manotazo o la dictadura autoritaria, representaba a nivel intelectual un desafío que lamentablemente no funcionó porque la comunidad intelectual y epistémica crítica al PRI no aceptaba la sustitución del PRI, sino que seguía exigiendo el cumplimiento de compromisos constitucionales incumplidos, es decir, aplicar una democracia que existía en el mandato constitucional pero no en la realidad.

En su segundo ensayo, Krauze introdujo --aunque no con la intensidad que se requería en el momento-- el camino de España a la democracia a través de una transición pactada entre todas las fuerzas políticas, sociales y productivas. La transición española era conocida en México en ciertos círculos y a veces algún referente, pero el modelo económico autoritario de México no era un franquismo, por lo que el concepto mismo de transición a la democracia aquí se había sustituido desde 1969 --después del colapso político que significó el movimiento estudiantil del 68 y la solución autoritaria en Tlatelolco-- por el de reformas políticas que ampliaran paulatinamente los espacios de participación democrática, comenzando con la necesidad de tener un nuevo sistema de partidos porque entonces solo funcionaban cuatro: el PRI como el partido del Estado de la Revolución Mexicana, el PAN con resabios empresariales y católicos y situado a la derecha, el Partido Popular Socialista como un membrete controlado por el PRI y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana que había sido creado por militares miembros del Estado Mayor Presidencial del presidente Carranza 1917-1920.

La propuesta de Krauze fue muy sencilla: instaurar la democracia tradicional y representativa con nuevos partidos y disminuir los controles autoritarios del régimen sobre la sociedad, la prensa, la cultura y las actividades cotidianas. Pero la sola en mención de que México requería una democracia sin adjetivos sacudió al régimen priista neoliberal del presidente Miguel de la Madrid, quien había comenzado a realizar tibias reformas de democratización pero sin poder destruir el dominio político del PRI.

De las respuestas que recibió Krauze a su texto en el que hizo cuando menos en dos o tres referencias mencionó la transición de España en la democracia como un ejemplo, destacó la de Manuel Camacho Solís, un académico de El Colegio de México, de pensamiento analítico gramsciano y crítico del régimen político y sobre todo de su estructura corporativa sindical. Pero Camacho era, en el momento del ensayo de Krauze, miembro y después ministro del gabinete del presidente De la Madrid, aunque había escrito dos ensayos que fueron seminales de la crítica política: “El poder: Estado o feudos” y “Los nudos históricos del sistema político mexicano”. Pero en su texto de respuesta a Krauze, Camacho fue institucional y llevó el posicionamiento gubernamental a la orilla del abismo: Krauze pedía, escribió Camacho, “la sustitución, mediante la entrega del poder, del régimen político de la Revolución Mexicana por otro de distinta naturaleza”. Es decir, que la transición a la democracia que pedía Krauze significaría el fin del PRI.

El razonamiento de Camacho fue falaz. Krauze nunca pidió la entrega del poder a otra fuerza política, sino solo dijo que se debería aplicar la democracia procedimental representativa sin interferencia del Estado, del Gobierno y de su partido, pero Camacho leyó el escenario final y dejó entrever los temores gubernamentales: una democracia real en México implicaría la alternancia de partido en la presidencia de la República, que en los hechos ocurrió hasta julio del 2000.

Lo significativo del segundo ensayo de Krauze fue el hecho de que invocó de manera indirecta el ejemplo de la transición de España a la democracia: ante la muerte del dictador, el régimen y sus fuerzas determinantes aliados a todas las oposiciones pactaron una transición a la democracia con reformulación --y para mí ahí estuvo la clave del proceso español-- del modelo de desarrollo a través de los Pactos de La Moncloa. Es decir, la síntesis hegeliana entre el cambio político vis a vis el cambio de sistema productivo.

Después de la plática de Santiago Carrillo con el presidente del PRI Reyes Heroles, el texto de Krauze “Por una democracia sin adjetivos" fue lo más cercano que estuvimos en México para entender el proceso de la transición española y encontrarle algún aprovechamiento democratizador aquí. A las reformas de distensión política después del 68 mexicano y la reforma de partidos de López Portillo en 1978, el modelo de instauración del neoliberalismo con acotamiento del Estado llevó a una dinámica productiva que requirió mayores libertades políticas que se acercaron a la democracia.

La democratización tortuga de México –de 1969 a 2000-- no fue estrictamente una transición sino que se agotó solo en la alternancia de partido en la presidencia de la República, pero la estructura del sistema/régimen/Estado/Constitución del PRI siguió vigente durante los dos sexenios gubernamentales del PAN, el regreso sexenal del PRI y los dos sexenios de Morena.

Al cambio político de México le faltó la esencia de toda transición: pactar el fin del viejo régimen y la construcción de un nuevo régimen democráticamente político y productivamente con un nuevo equilibrio entre las clases que configuran la estructura productiva en la relación trabajadores-empresario.

(En la tercera y última parte de esta serie, la próxima semana, contaré la experiencia de la segunda alternancia en la presidencia de México: del PRI al populismo de Morena y López Obrador, que también de manera falsa se quiere asumir como una transición a la democracia.)

Carlos Ramírez

Maestro en Ciencias Políticas

Periodista, Maestro en Ciencias Políticas, columnista político desde 1990, director del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional S.C., director del portal indicadorpolitico.mx

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