No estuve en Berlín cuando cayó el muro, mejor dicho, cuando lo tumbaron. Sin embargo, siempre lo había tenido presente en mi pensamiento porque, siendo todavía una niña, en el NODO, pasaron unas imágenes de su construcción, en blanco y negro, que me dejaron impactada. Se veía en ellas cómo se arrancaba a personas de las ventanas (se habían subido a ellas para lanzarse al vacío) de los edificios que separaban la zona controlada por los rusos de la que había quedado adjudicada al resto de potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial. Seguidamente las tapiaban con ladrillos, sellando la permeabilidad entre ambas franjas. Algunas gentes conseguían saltar in extremis, en el último momento y varias eran abatidas a tiros cayendo ya al otro lado. Se veía también cómo, en otras partes, se levantaban vallas y se construían tapias de separación, rechazando con golpes y empujones a quienes pretendían no quedarse dentro de lo que después se denominó el Berlín oriental.
La voz característica del locutor de este noticiero oficial explicaba que aquel muro se estaba levantando sin previo aviso, separando amigos y familias, que tenían que permanecer en uno u otro lado según dónde se encontraran en el preciso momento de su construcción. Periódicamente, el NODO nos continuaba mostrando los intentos de saltar el muro, a veces finalizados exitosamente y otras fallidos, protagonizados por personas del Berlín oriental, que pretendían pasar a la otra zona. Claro, Berlín, situada en territorio de la denominada República Democrática de Alemania, bajo influencia directa de la Unión Soviética, también había sido dividido en forma semejante al propio país, creando una minúscula isla de modo de vida occidental, reconstruida tras la guerra y mostrando una llamativa arquitectura y un modo de vida, que la hacían apetecible a muchos de los otros berlineses, ya fuera para quedarse en ella o para posteriormente establecerse en otras partes de la República Federal de Alemania o emigrar a otros países no vinculados al bloque soviético.
Esta separación es evidente todavía, no sólo por los restos que se han mantenido como recuerdo del muro, sino incluso desde el metro que ahora ya une las dos partes y muestra lo que había sido una especie de tierra de nadie en la que múltiples personas habían perdido la vida en desesperados intentos de pasar de un Berlín al otro. Pero no sólo la guerra había desgarrado a la ciudad. Berlín ya había sido moralmente destrozada en la preguerra, durante el período nacionalsocialista. Y continuó estándolo en esa posguerra de guerra fría, cuando el control que ejercían unos sobre la vida de los otros se añadía como un muro mental a las vallas, los parapetos o las ventanas tapiadas.
Por ello, cada vez que viajo a Berlín, no puedo sino recordar que, lo que ahora veo, en una ciudad a la que calificamos, a veces sin analizarlo debidamente, como cosmopolita, culturalmente abierta y puntera en múltiples aspectos, durante largos años estuvo, en cada una de sus partes, vedado a la media humanidad que correspondía a la parte contraria. Siempre pienso: pobres berlineses del Este; pasaron del nazismo al comunismo y ahora les hemos dicho que son demócratas.
Mientras tanto, no nos damos cuenta de que el vecino de arriba es un potencial controlador (a veces real controlador) que sólo defiende su parte del muro. Y, es curiosa la cosa: la mayor parte de los muros se construyen para evitar entradas no deseadas, pero éste de Berlín fue concebido precisamente para lo contrario, para que no se pudiera salir de la pretendida “zona de confort”. Un modelo sobre el que se pretende ahora educarnos, en falsas concepciones históricas, literarias o lingüísticas, que van a impedir que las nuevas generaciones puedan desempeñarse fuera de las “capillitas ideológicas y territoriales” creadas para que unos pocos, los hijos de las élites, estén bien servidos y posicionados.
Porque también estamos ante muros mentales, de esos que el ojo humano no puede apreciar, pero que generan ilegítimas divisiones y rompen amistades, familias y relaciones. Estos muros se asientan sobre las arenas movedizas del populismo o del nacionalismo, que tanto daño han hecho en esta nuestra Europa durante los últimos siglos, especialmente en la pasada centuria y que resurgen actualmente de la mano de pretendidos “progresismos”. Se nutren de la irresponsabilidad de quienes pretenden, a veces con éxito, engañar a sus congéneres, prometiéndoles lo imposible y situándoles ante el descalabro social. Consiguen introducir, otra vez, y desde los poderes públicos, la división entre buenos y malos. Censuran (ahora se dice “cancelan”) todo lo que no responda a su propio concepto identitario. Pretenden establecer lo que denominan arteramente “cordones sanitarios”, realizando un uso de tales palabras que avergüenzan a muchos de quienes tienen como profesión precisamente la defensa de la salud. Desafían a la historia y a la razón.
La manipulación más descarada va tejiendo con todo ello una distancia en la forma de pensar de las personas que, progresivamente, se va rellenando, primero de incredulidad, después de indiferencia y, finalmente, de la aquiescencia que acaba edificando el muro. Así, como quienes fraguan acuerdos inconstitucionales y los revisten de falsa constitucionalidad, son “los de mi lado del muro”, pues me lo creo, lo repito y voy de esta forma consolidando los mayores atropellos. Parece que exista una especie de “ley habilitante” que justifique la voladura del orden constitucional por parte de esa falsa progresía que repite hasta la saciedad consignas que sólo su parte del muro asimila, como sedados por algo parecido a aquello que se administraba en “Un mundo feliz” y que amortecía el entendimiento.
Zweig, en “El mundo de ayer: Memorias de un europeo”, narra el soterrado estallido de aquella sociedad que se pretendía humanista y que, por no haber sabido, o podido, reaccionar a tiempo, quedó destrozada por el seguimiento de las doctrinas que llevarían a una de las peores tragedias que tuvo que sufrir la sociedad europea. Y no sólo ella… Una sola frase de su libro muestra con toda claridad la ignominia a la que tuvieron que enfrentarse nuestros ancestros: “Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo; nunca, jamás (y no lo digo con orgullo sino con vergüenza) sufrió una generación tal hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual, como la que ha vivido la nuestra.”
Aunque parezca que la modernidad impide que cosas semejantes se repitan, hay que ser conscientes de que no estamos inmunizados. Y de que no podemos dejar que se vayan construyendo más muros divisorios, porque el desastre puede estar penetrando entre nosotros. Por lo invisibles al ojo humano, estos muros mentales son incluso más peligrosos y rechazables que los muros físicos. ¿Cómo hacerles frente? ¿Cómo “vacunar” a la ciudadanía para que no sucumba ante ese socavamiento moral? ¿Cómo lograr que no tenga que ser calificado de “valiente” el rechazo a ese apartheid que está implícito en la configuración de “los míos” y “los tuyos”? Porque, hoy en día, es mucho más fácil seguir la corriente frentista implícita en el muro mental que se viene instaurando entre nosotros que denunciarla, oponerse a ella y, pese a ser objeto de descalificaciones e insultos, mantener la posición que Bobbio defendía para ser considerados ciudadanos: Ciudadanos libres e informados, ciudadanos conscientes de lo que significa el voto en democracia, activos socialmente y prestos a defender los valores sobre los que sobran muros, vallas y, sobre todo, reservas mentales periclitadas.
NOTA: El 9 de noviembre es, también, aniversario de la noche de los cristales rotos, cuando el nazismo se quitó la careta e inició inmisericordemente la persecución de los judíos a la luz del día. A unos les rompieron los cristales de sus establecimientos y a otros los huesos. No lo olvidemos. Porque somos tan dados a olvidar, y a recrear falsos recuerdos, que al final confundimos víctimas con agresores y culpables con inocentes.