El viejo adagio de «rectificar es de sabios», en la actualidad, cuenta con escaso crédito, porque ese gesto, corregirse, desprende un vago tufo a derrota; o eso, al menos, le enseñaba Roy Cohn —su maestro en argucias— a Donald Trump; es más, le aconsejaba que, ante cualquier metedura de pata, hiciese lo inverso a cuanto la caballerosidad impone: en lugar de pedir disculpas, arremeter con toda vehemencia contra el menor asomo de suspicacia. Y según parece no es un proceder que haya usado solo y con la mayor desenvoltura el actual presidente de los EEUU, sino que también los nuestros han gastado tal actitud pero bajo una colorida variedad de tonalidades, que va desde la meliflua ambigüedad del «salvo alguna cosa» de Rajoy hasta la chulesca desfachatez del actual habitante de La Moncloa, muy a pesar de que sepamos todos —incluido ellos— lo torpe que resulta eso de «sostenella y no enmendalla».
A allá cada cuál con su proceder, pero por mera consideración a ustedes, que me conceden unos minutos de sus vidas leyendo este par de páginas, debo rectificar y, en este caso, lo más rápidamente posible. En mi anterior entrega, titulada «Entre el hombre-masa», afirmaba que don José Ortega y Gasset murió hace setenta y cinco años; no es cierto, fue hace
setenta; en concreto, el 18 de octubre de 1955. Dos buenos amigos —uno de ellos hasta me comentaba en su advertencia que había asistido al entierro– me lo comunicaron de la forma más discreta, apenas leyeron mi estrepitoso resbalón. De inmediato, me invadió el bochorno y me propuse redactar estas líneas; no solo eso, ya puesto a pedirles disculpas, les
confesaré también que otro muy buen amigo, hace unos meses, me indicó que el bosque caminante de Macbeth (1606) no es el de Birman —como también había escrito en el artículo titulado «A la luz de Shakespeare», publicado aquí, el pasado 8 de junio—, sino el de Birnam. Quizá se les antoje un leve error, y como el anterior, debido a mi apresurada lectura...Qué más da; lo importante —o al menos para servidor— es, contra los usos del momento, reconocerlo cuanto antes; desde luego, con el secreto afán de obtener su indulgencia.
Pero si estas enmiendas mías quedan entre nosotros, la de Bill Gates, por el contrario, ha desconcertado al mundo entero. En efecto; el poderosísimo autor de Cómo evitar un desastre climático (2021), se inclina ahora —según un comunicado divulgado el pasado 28 de octubre— por investigar otras formas de producir «energía limpia» menos costosas y por reducir el alarmismo; es más, afirma que «la perspectiva catastrofista hace que gran parte de la comunidad climática se concentre demasiado en los objetivos de emisiones a corto plazo [desviando] recursos de las cosas más eficaces que deberíamos estar haciendo». Y como remate añade: «la temperatura no es la mejor forma de medir nuestro progreso sobre el clima»; en fin, una tajante censura al vaticinio apocalíptico del «cambio climático», que Gates ha corroborado con su ausencia de la COP30 de este año, donde había figurado siempre como imprescindible.
Y, al margen de sus nuevos intereses económicos, ¿no sucederá queel señor Gates acumula sobre su mesa demasiadas pruebas no solo sobre los estropicios producidos por la doctrina del cambio climático, como de que, en tal fenómeno, no intervienen tan decisivamente los llamados gases de efecto invernadero producidos por la industrialización, sino otros colosales factores —las leves variaciones del eje del planeta, las tormentas solares, las erupciones volcánicas…— ajenos a la acción humana? Válganos como ejemplo que en época de Carlos III, Las Alpujarras permanecían, como mínimo, aisladas tres meses por la nieve, o que en la antigüedad, Mileto se alzaba sobre tres puertos y desde hace algunos siglos se halla a varios kilómetros de la costa; asombrosas alteraciones térmicas y geográficas donde no pudo intervenir la reciente contaminación industrial.
Con esto no pretendo que desistamos de nuestro empeño por conseguir procesos productivos exentos de polución, ni que nos abstengamos de incorporar disciplinados hábitos cotidianos contribuyentes a la preservación del medio; al contrario, debe ser una causa común de la humanidad, pero con el exacto ritmo marcado por la ciencia y sus eficaces
aplicaciones técnicas, y en absoluto bajo el cerril trágala impuesto por un dogmatismo. Pues basta sopesar como implantaron desde los poderes un puñado de lemas más que conceptos —sostenibilidad, resiliencia, transición energética…—, por supuesto, tan vacuos como sojuzgadores, para percibir de inmediato como la preocupación por la conservación del planeta había devenido en un avasallador dogmatismo, ante el que no cabía sino doblar la cerviz so pena de ser acusado de negacionista. Y si sofocaron cualquier crítica, no pudieron con sus desastrosos resultados: graves daños a sectores industriales o la reciente y vergonzosa vuelta de Europa al consumo a todo meter de «combustibles fósiles», porque las fuentes renovables, por sus impredecibles alteraciones, no satisfacen la demanda energética. En cuanto a España; las avenidas intempestivas de aguas, o aquella interrupción general del flujo eléctrico, o los últimos y devastadores incendios constatan suficientemente sus mortíferos efectos.
No obstante; supongo que tras la rectificación de Gates, sumada a esos notorios fracasos donde sobresale señero el coche eléctrico, sosegará este furor climático hacia una vía más efectiva y práctica para la conservación del planeta. En cuanto a mi rectificación, al lado de la suya, se reduce a una atenta cortesía; hábito imprescindible ahora que los tiempos arrecian en su contra.