Permitan que este artículo tenga dedicatoria. En ocasiones, la gratitud toma las riendas de la palabra escrita y salta los obstáculos de la intimidad.
Pues sí. Ana es la nueva imagen vocacional. Persona que fusiona la disposición con la llamada del deber. Ella no está en la Milla de Oro, lugar donde se eleva el trato personal a la suprema categoría de los clientes. Por suerte, Ana está dentro de una conjugación entre los verbos ‘hacer’ y ‘amar’. En pocas palabras, Ana Anta Fernández es la trabajadora social de los Servicios Sociales Comunitarios del Ayuntamiento de Boqueixón.
Hay personas que fingen, otras que pasan de puntillas haciendo que hacen. Otras, sin embargo, trabajan para hacer el bien a los que más lo necesitan. En estos tiempos, en donde lo correcto ha cambiado de dueño, encontrar a la persona o personas que nos regalan generosidad como anexo inseparable al trabajo que desempeñan suele resultar chocante. No lo digo porque el caso de Ana sea el único, pero conviene destacar a quienes, como ella, bien merecen que el anonimato pierda su pudor.
Sabemos que nuestra estancia terrenal es algo momentáneo y casi anecdótico; ahora bien, durante la vigencia de nuestro pasar por aquí, se precisa apostar por quienes nos allanan el camino, bien lo sea largo o corto. Hay buena gente a nuestro alrededor, sí. Por supuesto. Y no todo se incluye en el salario de quien realiza bien su trabajo. La honradez, otra de las virtudes venidas a menos, ya es un éxito, pero la amabilidad de trato es algo que, por cercana que pueda ser, no debemos obviarlo como si tal cosa.
Hoy en día, para lo bueno y lo malo, dependemos de la atención impersonal, esa que te hace hablar con una máquina en vez de hacerlo con una persona. Un precio demasiado caro el que se paga cuando la relación entre semejantes queda reducida a tener que despachar tus problemas con una grabación a golpe de teléfono.
Hace unos días leía un artículo sobre el papel del ser humano ante el crecimiento de la tecnología y la digitalización de las relaciones físicas y si estas pueden sustituir por completo lo presencial y lo humano. Un desafío difícil para quienes necesitamos ver de frente, de tú a tú, a quien le podemos pedir ser escuchados y comprendidos. A fin de cuentas, casi nunca tenemos claro el qué y el cómo de las cosas, pues cada uno obra conforme a lo que es. Nada de extraño, por tanto, ser agradecido cuando se recibe de otro el conocimiento de su saber y su buen hacer, e injusto sería silenciarlo a oídos de los demás, pues en tiempos tan desordenados como los actuales, las ‘rarezas’ abundan y, además, si estas van acompañadas de amabilidad, sería imperdonable el no destacarlo, tal como antes expuse.
Ana colabora para que las personas no se queden rezagadas de sus propias necesidades sociales. Protege a cuantos precisan de atención, esa parte educativa de la vida que para muchos queda a merced de las circunstancias, ya sean familiares o no, o al abandono y la soledad. Este es el momento en que lo vocacional se entrega a lo correcto, a lo que la ley establece, pero también a lo que requiere una atención cordial hacia aquel que necesita apoyo ante su situación personal.
No obstante, habrá quienes afirmen que es su propio trabajo o su obligación. La mía es ser agradecido.
Gracias, Ana.