Después del sacudimiento político que registró el régimen priista durante el movimiento estudiantil del 68 que terminó en la tragedia de Tlatelolco, la respuesta gubernamental tuvo tres tiempos en lo que pudiera considerarse una democratización mínima en cámara lenta: la reforma política de 1978, la alternancia en la presidencia de la República en el 2000 y el aterrizaje del neopopulismo de López Obrador en 2018.
En términos científicos, se puede decir y probar que en México no hubo una transición en la democracia sino que el régimen autoritario no jugó sus cartas dictatoriales –“democracia o dictadura”, había advertido Octavio Paz en Posdata, 1970-- y optó por reformas electorales, alternancia pacífica e inevitabilidad de una ola popular que no pudieron parar, pero que despresurización las protestas sociales contra el autoritarismo.
En términos retóricos, y teniendo siempre en mente como segundo pensamiento al ejemplo de la transición española a la democracia, el régimen priista reformó bajo control en 1978 solo el sistema de partidos, en el 2000 la élite neoliberal gobernante prefirió a un PAN neoliberal para evitar el regreso del PRI al estatismo que había sido frenado en 1983 y en 2018 lopezobradorista comenzó la reconstrucción del régimen viejo populista priista --1934-1982-- que el neoliberalismo 1982-2018 había conculcado con una estructura de Estado subrogado pero siempre bajo control de la élite priista-panista.
La conceptualización de los cambios fue muy clara: la alternancia en el 2000 no fue transición sino solo cambio de partido en la presidencia de la República con el PRI en el Congreso y en los gobiernos estatales también priistas como acotamiento reformista. Los intelectuales orgánicos del Estado priista que fueron contratados por los políticos profesionales para operar las instituciones electorales han tratado de vender el concepto de “transición a la democracia” en la alternancia del 2000, cuando en realidad no hubo modificación del régimen autoritario del PRI.
Los más importantes teóricos de la transición a la democracia --Norberto Bobbio, Leonardo Morlino y Juan Linz-- dejaron muy en claro que una transición significa el cambio de un régimen autoritario cerrado a un régimen abierto con equilibrios y controles de poder, o para usar la investigación de Tocqueville una transición sería el cambio de un régimen feudal como modelo central, autoritario y excluyente a una República.
Lo que más se ha analizado de la transición de España a la democracia 1976-1978 fue el acuerdo entre todas --pero absolutamente todas-- las fuerzas políticas vigentes en los Pactos de La Moncloa que representaron la reconstrucción del sistema productivo y a partir de ahí la definición de nuevas fuerzas productivas, sociales, intelectuales y de clase. La clave estuvo en el involucramiento de la clase patronal y la clase obrera y las nuevas relaciones de poder dentro del Estado a partir de ese nuevo equilibrio.
Lo que en México se conoce --o más bien: se ha popularizado-- como transición a la democracia: la alternancia del PRI al PAN en la presidencia de la República, no fue sino la puesta en práctica de una de las principales características que definen una democracia: la libertad de voto. Aún con resabios de fuerzas oscuras que siguen manipulando estructuras y votaciones electorales, la autoridad encargada de organizar y contar los votos pasó en 1990 de la Comisión Federal Electoral dentro de la Secretaría de Gobernación (Ministerio del Interior) a una estructura autónoma operada por los llamados consejeros ciudadanos electorales --once--, pero votados como cuotas de poder por los partidos políticos representados en el Senado.
Y en este contexto, la alternancia partidista del PRI al PAN en el 2000, del PAN al PRI en el 2012 y del PRI a Morena en el 2018 no tuvo a su alrededor ningún pacto pluripartidista que modificará la correlación de fuerzas productivas, sociales y de clase, y el aparato de poder político y de gobierno del PRI se mantuvo --con reformas menores-- en los gobiernos de alternancia. Esa estructura priista no modificada impidió una verdadera transición a la democracia del PRI y al PAN después del 2000 y facilitó la restauración priista con López Obrador y Morena a partir de 2018.
Los dos principales operadores de la reforma electoral priista que ayudó a la alternancia --José Woldenberg y Lorenzo Córdova Vianello-- siguen insistiendo en que México tránsitó a la democracia en el 2000 y el 2012 --victorias del PAN en el 2000 y regreso del PRI en el 2012--, pero el retorno del viejo PRI en la figura pospopulista de López Obrador está indicando que no hubo tal transición de régimen en la democracia sino solo oficinas electorales que evitaron los fraudes al estilo PRI.
Ahora que se cumplen 50 años de la transición española y 25 años de la primera alternancia partidista en México sería una buena oportunidad para revisar con seriedad y criterios de científicos sociales lo que ocurrió en dos experiencias de cambio de gobierno en el mundo de habla hispana.
España está enfrentando en estos momentos una dura crisis institucional y de élites políticas, pero hasta ahora las estructuras democráticas derivadas de los acuerdos de los Pactos de La Moncloa están resistiendo las presiones autocráticas que quieren revertir esos avances; y en México, la restauración priista del lopezobradorismo estás demostrando que la alternancia no es tránsito de un régimen dictatorial/autoritario a un régimen democrático-electoral que lo mismo beneficia a los personeros del viejo régimen que siguen teniendo el control la política que a una oposición sin intenciones transicionales.