Cualquier lector de la oratoria clásica cuando oyera los grititos sazonados de palabras soeces, con sus aspavientitos, del senador Miranda de Larra, así como el cinismo sardónico y prepotente del Jefe del Gobierno, quedaría asustado y pesaroso de la degradación hacia la animalización que ha sufrido la civilización europea. Los discursos de los grandes oradores de Grecia y Roma nos enseñan mucho sobre cómo era aquella sociedad, no sólo desde el punto de vista de sus relaciones públicas, sino sobre todo, desde la perspectiva de la vida privada e íntima. Iseo, el gran maestro de Demóstenes, es el gran orador de los pleitos sobre herencias, y como logógrafo escribió muchos discursos que nos ilustran sobre las relaciones familiares y el derecho familiar de la época, que ha cambiado muchísimo tanto para bien como para mal.
De la mayor parte de sus discursos – enteros nos quedan doce de los más de cien que elaboró – se podrían escribir novelitas y novelones de sucesos con mucho suspense, inmoralidad, sentimentalismo e intriga en el interior de las familias. En aquellas familias, lo mismo que en las nuestras, había desaprensivos que abusaban de caracteres más débiles y pacíficos, en donde la codicia de dinero regía todos los comportamientos, sin que ningún tipo de relación familiar fuera más fuerte que el dinero, eso que Marx llamó “mercancía imperecedera, la riqueza en su forma universal, representante material de la riqueza universal”. No siempre el amor es el vínculo que une a los miembros que configuran una familia; sino que a veces lo es la más despiadada “sacra auri fames”, que con los instrumentos del odio, del rencor, de la mentira y del latrocinio, protagoniza las relaciones familiares. Pues bien, el discurso tercero de Iseo, “Sobre la herencia de Pirro” constituye todo un precioso argumento novelesco, del subgénero de la saga, que podría generar una gran novela de intriga, fraude, criminal codicia, inteligencia sutil para el mal, y en donde la única inocencia descansa en el muerto que deja la herencia, y su desvalida descendiente Clitárete.
La base de este discurso del “genus forense” es la denuncia que el hermano del fallecido Endio, cuya herencia estuvo en cuestión, hace contra Nicodemo por perjurio en un juicio anterior ganado por dicho hermano, y en el que reside la compleja y principal trama de este drama familiar. Es casi seguro que Iseo no fue el logógrafo/abogado de aquel juicio en que triunfaron la madre y el hermano de Endio, pero resume maravillosamente bien en la narratio de su discurso aquella trama, necesaria para volver a vencer en esta acusación por perjurio que pronunciará el hermano de Endio. Es el caso que un tal Pirro, solterón y mujeriego, a la vista de que va a morir sin hijos que honren su memoria y sean de su propia sangre, adopta como hijo a su sobrino Endio, hijo de su hermana. Muerto Pirro, Endio, como correspondía a todos los adoptados por testamento, reclama la herencia, y ésta le fue adjudicada sin problemas, disfrutando de la misma durante más de veinte años, sin oposición de nadie, hasta que murió. Al morir Endio también sin descendencia y ser hijo adoptivo no podía haber dispuesto de testamento de su fortuna, ya que la potestad de testar estaba reservada sólo a los hijos legítimos que no tuvieran hijos legítimos varones, y los bienes debían retornar a la casa de su antiguo dueño y ser reivindicados por el pariente legítimo más próximo de Pirro. Es entonces cuando se produce un pleito inesperado, al reclamar la herencia, además de la familia de Pirro, concretamente la hermana, madre de Endio, un tal Jenocles, esposo de File, quien decía ser hija legítima de Pirro, y por la que pedía como derechos de herencia tres talentos. Nicodemo, hermano de la madre de File, había entregado a su hermana en matrimonio a Pirro conforme a las leyes. Y aquí hay que decir que un matrimonio ( engýê ) en la Atenas clásica era un contrato privado, no registrado por ninguna institución pública, sino realizado sólo ante algunos testigos, en el que el padre o el kýrios de la mujer se compromete a entregarla en matrimonio al que va a ser su marido, y éste a su vez promete tomarla por esposa. Esto es, no existían registros oficiales de los matrimonios, sólo tres o cuatro testigos que con el tiempo acababan muriendo. Es verdad que era muy frecuente que tras la ceremonia privada de la boda el marido ofreciera a los miembros de su fratría un banquete nupcial ( gamêlía ), pero esto no era obligatorio para la validez del matrimonio, aunque su omisión podría levantar sospechas sobre su legitimidad. Pirro no celebró este banquete nupcial, y tampoco Nicodemo dotó a su hermana; cosa extraña cuando ésta se iba a casar con alguien con un patrimonio de tres talentos. Un año después de casados la hermana de Nicodemo tiene una niña que Pirro reconoce y le da como nombre Clitárete, recordando así a la abuela paterna de la niña.
Algo debió ocurrir a la madre, el amor de Pirro, cuyo nombre ni siquiera nos los proporciona Iseo, representante de la parte contraria del pleito, y lo extraño es que la niña, Clitárete, la futura File, mujer de Jenocles, no quedara convertida en “epiclêra”, hija única heredera que debería haberse casado con su “hermano” Endio, el sobrino que Pirro había convertido en su hijo adoptivo. ¿Qué extrañas historias domésticas debieron pasar? Pues que la ley prescribía que las epiclêras deberían ser adjudicadas a los parientes más próximos, a fin de mantener el culto a los Manes familiares, y algo así como el levirato judío, y muchos ya casados debían separarse de sus propias mujeres. Pero Endio no sólo no se casó con la presunta epiclêra Clitárete, sino que cambiando el nombre de ésta como si fuese una hija ilegítima, una bastarda desheredada, la entregó con una dote de mil dracmas a Jenocles, un meteco, quien ahora, tras la muerte de Endio reclamaba la herencia de Pirro, al ser su mujer la única hija de sangre de Pirro y presuntamente legítima. Iseo – los abogados no tienen corazón – aduce que como la mujer de Pirro era excesivamente accesible para cualquiera e incluso se entregaba a cualquiera, su madre en realidad debió ser una concubina, y, por tanto, la niña ilegítima. Es así que la falta de registros públicos daba la oportunidad a los poderosos desaprensivos que podían permitirse pagar un buen abogado/logógrafo de hacerse con la hacienda de parientes que dejaban a sus hijas huérfanas como pequeñas cenicientas del Mundo Antiguo, a las que los juicios civiles podían convertir en bastardas o hijas de concubinas. Bien es verdad que estas injusticias judiciales sólo pueden producirse cuando el juez se cree vehículo portador de su propia voluntad y prejuicios personales, y no vehículo portador leal de la voluntad de la Ley, “magistratus mutus”, tal como en nuestro país señala la Sentencia del T.S. 79/2012, que algunos pocos jueces hodiernos pretenden olvidar.