The turn of the screw, La vuelta de tuerca, es el título de una novela de Henry James, de 1898. Trata de una cuidadora que se autoconvence de que los niños a los que cuida están poseídos por espíritus malignos. Este simple hecho, la posesión maligna, forma parte de la estructura de muchos cuentos de terror en la literatura anglosajona. Y el género pasó con mucho éxito al cine, donde tenemos películas como El resplandor, El exorcista, o tantas otras, en las que inocentes criaturas, muchas veces niños o jóvenes, se ven poseídos por seres misteriosos, complicados y peligrosos.
Escribo esta crítica el día de Halloween, ese día en el que los espectros nos visitan, y los niños deben disfrazarse para evitar ser robados o poseídos por los malos espíritus, deben aprender a plantarles cara y también a cerciorarse de que los malos no son tan malos como parecen y de que el mal se ataja con una buena dosis de azúcar.
El mal como esencia deductiva también forma parte de esa tradición anglosajona. Por un lado, tenemos a Poe y sus argumentaciones alrededor del crimen y del horror; por otro, autores como Truman Capote y su magnífica A sangre fría, en la que el mal se viste de duda e incluso de atracción. ¿Somos malos de forma inherente o las circunstancias nos hacen malos? Y, más aún, ¿el mal existe realmente, es aprehensible mediante la razón, o vive en el ámbito de la irracionalidad y de lo paranormal?
Y, por último, ¿sabemos quién hace el mal o simplemente lo suponemos? La incertidumbre del mal se adapta mejor al cine, género con mil trucos que en la literatura no existen. “Rashomon”, el ingenioso e inquietante cuento de Akutagawa adquiere un brillo extraordinario en la adaptación de Kurosawa que, me atrevo a decir, supera al original. O la magnífica película Anatomía de un asesinato de Otto Preminger, que también supera claramente la novela en la que se basa, de John Voelker.
Quizá esta última consideración lastra El crimen de los Aosawa. La novela gira en torno al asesinato por envenenamiento de 17 personas de una familia. Tan solo una hija sobrevivió, sobre la que en parte se dirigen las sospechas. En ella, y en un extraño con un impermeable amarillo que les llevó el sake ese día, y que se suicidó poco después. La novela está construida con técnicas variadas, desde la primera persona, pero no es el único punto de vista.
Pretende, en cierta manera, ser una “Rashomon” deconstruida, o una A sangre fría en tono íntimo. Pero la realidad es que no se acerca a las dos obras mencionadas. La narración es confusa, por momentos desconcertante, y siempre lenta y carente de suspense. Quiere ser una descripción del mal, pero siendo este una posibilidad y una incógnita leve, lejana.
El asesinato en cuestión en esta novela, el envenenamiento masivo, tiene raigambre en la historia nipona: las muertes por metilmercurio en la bahía de Minamata en 1956, el envenenamiento por gas Sarin de los años 90, entre otros. Un caso que bien podría haber servido de inspiración para esta novela ocurrió en el verano de 1998, cuando una familia al completo murió por ingerir curry contaminado con cianuro en una fiesta estival en Wakayama, sin que nunca se encontraran a los culpables.
Hubo sesenta hospitalizados más. El asesinato de los Aosawa retoma ese horror anónimo, y lo hace novela, creando y recreando las posibles causas y los posibles culpables. Pero lo hace sujetando las ideas, e incluso las palabras, con hilos. La narración nunca despega realmente, quizá porque hay poco lugar para la empatía en ninguno de los caracteres, ni en víctimas ni en posibles verdugos. Y la voz narradora es una referencia confusa, débil y alejada, casi como si nos hablara ya desde un más allá neutro; un más allá que amenaza con poco tormento de conciencia.
No encontramos la sutileza intelectual de “Rashomon”, ni la contradicción empática que produce A sangre fría. Este curioso libro ha tenido un extraño éxito en Japón, en los Estados Unidos y en algún otro país de potente industria editorial, en ventas y honores, pero se nos antoja difícil que lo repita en estos lares sin el apoyo de una serie o de una película que lo mejore. Y que permitiera celebrar este u otros Halloween, si no con mayor propiedad literaria, al menos con algún disfrute televisivo o cinematográfico.