Acabo de escribir sobre el concepto MORAL y como no, el asunto CINISMO, llama a mi puerta, de forma apremiante: ¿Que hay de lo mio? El diccionario dice que el cinismo es “La desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”.
¡Ay, amigos! También, en esta definición, como en el caso de la moral, nos topamos con la dificultad de encontrar una roca firme, en la que afirmar nuestra conducta, pues quedamos obligados a establecer un acuerdo sobre lo que se considera “acciones o doctrinas vituperables”.
Me temo que, aquí también, queda abierta una válvula de escape para los portadores de “doctrinas”, que les llevan a “acciones” que, mira por donde, suelen estar inclinadas al propio interés, económico o de otro tipo.
Como en el caso de la moral, durante la mayor parte del tiempo histórico, una jerarquía, que se autoproclamaba designada por un ser divino, transmitía al pueblo las acciones y doctrinas que debía considerar vituperables o no. Y otra jerarquía, impuesta al pueblo, por la fuerza, se atribuía, para él y sus descendientes, el derecho a castigar el relajo en el cumplimiento de esas doctrinas.
Tras muchos siglos, estos fueron derrocados por otros, que impartieron doctrinas, que solucionaban, “definitivamente”, el problema del desorden, la injusticia y la pobreza. Pensaban que el problema de la convivencia era el hombre mismo que, o bien había degenerado racialmente por la mezcla con razas inferiores, de poca capacidad intelectual o era irrecuperable porque su mente estaba colonizada por ideas equivocadas.
Y buscaban, nada menos, al hombre ideal, el ario puro, que decían los alemanes, al que designaban para pasar al futuro, eliminando físicamente a todos los demás. Y así, el siglo XX, que parecía venir a redimirnos de tanta tiranía, nos trajo tiempos de una dureza y crueldad inimaginables.
Es, ahora, difícil de creer, pero cuando se consiguió derribar a los ideólogos Nazis y Comunistas, que tenían este empeño, estaban cumpliendo “sus deberes”, con tanto provecho, que iban en camino de cumplir su promesa de buscar al hombre “ideal” y habían eliminado a muchos millones de seres humanos que, según ellos, se alejaban él.
Pero un buen día, algunos luchadores, consiguieron derribar a esos sangrientos intermediarios y dijeron entregar por fin, al pueblo, la facultad de decidir, en cada momento, qué “acciones y doctrinas” prefería para ordenar su vida, en comunidad. Y también la de elegir las personas en quien delegar el poder temporal para proponer y ejecutar las acciones convenientes.
Pero, ¡ay, amigos!, esta bonita idea, pronto ha sido corrompida o embarrada por arribistas, de todo tipo, que prometen llevar al pueblo al paraíso, mediante la aplicación de sus doctrinas o fórmulas milagrosas. Doctrinas que empiezan, siempre, por el “Nosotros hacemos esto porque es lo mejor” y siempre terminan por el “Esto es lo mejor porque lo hacemos nosotros”.
Y para satisfacer sus deseos no tienen inconveniente en recuperar la antigua fórmula de “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Y aquí los tenemos apacentando al pueblo, en el mundo entero, con tal aprovechamiento, que están a punto de convertir el cinismo, la doblez y la mentira en idioma universal. La globalización de la mentira.
La eterna comunicación de consignas, de los que nos mandan o pretenden mandarnos, ha colonizado los infinitos medios de comunicación analógicos y digitales, convirtiendo nuestras vidas en un eterno masaje mental… con final infeliz.
Amigos. Hay que conseguir, de una vez, que nos dejen en paz. Para equivocarnos no necesitamos ayuda. ¡Mirad a Suiza!