El pasado 11 de noviembre se recordaron los primeros 50 años de la novela Terra Nostra de Carlos Fuentes, un esfuerzo literario creativo y recreativo del encuentro entre España y América y su proyección hacia finales del siglo XX. Pero sus 730 páginas han inhibido una verdadera lectura literaria --obvio-- y solo se han vertido referencias de oídas, aunque destacan de manera sobresaliente los textos de Juan Goytisolo y de Julio Ortega.
Los siguientes párrafos forman parte de la conclusión de un texto de recordación que escribí para el suplemento El Mollete Literario del periódico mexicano El Independiente: Terra Nostra, 50 años: clásico o canon, que se publicará en los próximos días.
A Carlos Fuentes lo han juzgado --yo entre muchos otros-- en lo que le criticaba en 1976 José Joaquín Blanco: el autor por encima de la obra o la obra determinada por la personalidad terrenal del autor. Y en estos casos extremos quizá sea necesario llegar al punto que las novelas se publiquen sin el nombre del autor y como obra anónima, de tal manera que el texto no esté condicionado por lo que hizo o dejó de hacer la persona que estampa su nombre propio para identificar la propiedad de la obra.
Para obviar explicaciones, se puede aceptar todo lo que se ha dicho del intelectual Fuentes --sea cierto o no--, desde las críticas por su apoyo al presidente Echeverría en la primera mitad de los setenta hasta su declaración de fe del nacionalismo revolucionario que definió su discurso de aceptación de la “Medalla Belisario Domínguez” en 1999 –la víspera de la derrota de ese PRI--, e inclusive con algunos párrafos de La silla en Águila.
Está bien. O está mal hacerlo. O no hacerlo. El asunto es que a 50 años de distancia son pocos los que han tenido la decisión profesional como lectores de leer con cuidado y a fondo Terra Nostra y a partir de ahí repartir calificaciones sobre la obra. Pero son unos cuantos los casos en los que el peso específico del autor logra opacar la dimensión de una obra como Terra Nostra y todavía se siguen haciendo referencia a su apoyo a Echeverría, que al final de cuentas fue muy su decisión y tendrá que cargar con el peso de estas afirmaciones, aunque habría que establecer que siempre referidas al Carlos Fuentes intelectual debatiente en las comunidades epistémicas.
A 50 años de distancia, pues, sería interesante hacer una encuesta anónima --para evitar los sesgos-- que indague por condición de escritor, intelectual, un simple lector a quiénes y cuántos han leído con interés la novela Terra Nostra y cómo ha agregado tener una percepción de las razones que animan las conclusiones. Y ahí quizá nos encontremos con una respuesta de que Terra Nostra es la novela más importante del siglo XX mexicano pero también la novela que menos lectores ha concitado.
Y el punto no es el número de páginas, pues El Quijote (Cervantes), En busca en el tiempo perdido (Proust) y Un hombre sin atributos (Musil) --solo para mencionar tres-- tienen más espacio que Terra Nostra.
Alguna vez leí en alguna parte --y he repetido de memoria, sin encontrar la prueba contundente-- que Borges habría dicho que un libro era “clásico” al cumplir mínimo 50 años. Y en su monumental revisión de la literatura planetaria, Harold Bloom hacía un lado el concepto gelatinoso de clásico y actualizó --y creo que en realidad lo inventa en cuanto a uso-- la noción de canon.
En un breve ensayo al estilo de Montaigne, Borges refiere su definición de un clásico: “clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”. Y agrega: “clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.
Por su parte, Bloom define las tres condiciones para incorporarse al canon de la literatura a partir de una lectura profunda de Shakespeare: “agudeza cognitiva, energía lingüística y poder de invención”.
Quedan estas referencias como un estímulo que pueda lograr que a 50 años de distancia se lea o relea Terra Nostra como una novela vigente, o más sencillo: que se lea como una novela, y que además se le deba criticar después de la lectura y ciertamente sin que la figura obsesiva del autor obnubile la capacidad de raciocinio del lector, el crítico o el reseñista.
Y desde luego queda abierta la necesidad de seguir criticando al Carlos Fuentes intelectual que tendría qué hacerse cargo a posteriori de sus propios dichos. Pero es la hora de salvar a Terra Nostra del desdén.