Este 20 de noviembre se cumplen 50 años de la muerte de Francisco Franco.
Mi contacto con Franco es peculiar. Recordé que teniendo 4 años oí la conversación de mi madre con un tío que había regresado, apenas hacia unos meses, de España y había visto los estertores de la dictadura con sus detenidos en las calles madrileñas donde separaban a los grupitos que iban de a 3 en adelante, o puestos contra la pared, represaliados tras el asesinato de Carrero Blanco. Ecos de una conversación que aludía al, entonces, recién fallecido. Ya luego en mi primer viaje a España (1992) saliendo de la portentosa catedral de Granada vi una pinta que decía “Franco, España (NO) te necesita para abonar su suelo”. El “No” sobrepuesto con otra tinta, en esa peculiar costumbre de responderse los mensajes y que no es práctica frecuente en los plasmados en México, pero sí que la he constatado en España.
De aquel primer viaje y todavía enseñoreando la peseta, en mi primera conversión de divisas recibí un puñado de monedas incluida una de 1973 con la efigie del Generalísimo. “Por la Gracia de Dios…” y tal tenía acuñada la frase. Toparme al dictador –convenimos en así llamarlo o ¿también hay debate al respecto?– con esa rimbombante frase me quedaba clara su megalomanía. No sé hasta qué punto la España de su tiempo se la consintió en el sentido de no haber más remedio o tampoco se perdía mayor cosa. Ya luego, repasa uno la situación a toro pasado y al asomarse tantas cosas llamadas con su nombre, se comprueba su egolatría o la lambisconería de sus subalternos y supeditados. Siempre los hay.
Desde ultramar y no contando servidorito con nexos directos con España –ser hijo o nieto de republicanos o de franquistas– el personaje siempre me resulta llamativo y resulta sencillo revisarlo sin apasionamientos, justipreciando que mantuvo a España en un puño y a todos –todos, el espectro político al completo, a tirios y a troyanos por igual– los mantuvo a raya. Se podrá decir lo que se quiera, pero en vida nadie se atrevió a retarlo abiertamente y de manera exitosa o consiguió nada que el gallego no quisiera. A toro pasado lo que sea se dirá o hará, pero no en vida. Franco tuvo la osadía, la destreza, la sagacidad y la capacidad operativa de ser omnímodo, omnipresente. Y, en efecto, no se trata de exaltarlo –nada más lejos que pretenderlo de mi parte– pero sí de advertir los entresijos de su proceder. Después de todo, ostenta una marca histórica solo superado, acaso, por Fidel Castro en su permanencia detentando el poder en un país iberoamericano. Oiga y sus retadores cercanos, desparecieron, dejándole a sus anchas. Maquiavelo decía que te deshicieras de tus contrincantes. Míralo.
¿Sabe? Fidel Castro será todo lo uno quiera, mas fue más astuto: en vida, no impuso su nombre a cosa alguna. Sabía que es lo primero que se barre ya en ausencia y le interesaba más que preservaran su legado, su nombre era lo de menos. Cuando con los años, hemos visto retirar escudos, placas, estatuas, monedas, callejero, nombramientos honoríficos y de los otros, aludiendo a Franco, llamándolo Generalísimo, Caudillo, Centinela de Occidente o “Su Excelencia, el Jefe del Estado”, o simplemente con un lacónico Franco, calibrase el exceso. Da igual. Nos advierte que tuvo 40 largos años para mimetizarse con España haciendo su obra. Un exceso fue prodigarle tanta holgura, sin duda y, siquiera, lo menos, como el PRI, dejar algo a cambio como mínimo. Faltaba más. Mas es así como puede entenderse mejor a un sujeto que se hizo con un país y no hubo manera de sacudírselo. Hasta estandarte propio y prodigando títulos nobiliarios porque sí. Como han apuntado sus detractores, solo no se le hizo vivir en el Palacio de Oriente, que por lo demás, pretendiéndolo como lo hizo, culminaría su usurpación al trono español desde el 47. Retirar los títulos que extendió fue rectificar otra de sus tantas usurpaciones. Y en el colmo de su despliegue, guardia mora y palio…
Decía en el primer párrafo, que Franco mantuvo a raya a todos, a los cómplices que aguardaron fieles o pacientes, a los opositores internos ni dar un paso en falso; a los monárquicos, sin duda, y a los republicanos un paso al frente efectivo, ni pensarlo. Pocos sujetos logran semejante control de la situación y Franco lo consiguió y tanto, como que se quedó 40 años a despecho de tantos y es de suponer con el beneplácito de otros tantos. Los yanquis, incluidos, que supo dorarles la píldora convenciéndolos de ser imprescindible, como barrera al comunismo, metiéndolo en la misma bolsa que a la masonería, como no podía esperarse menos del de El Ferrol. Y en todo eso también se fue impune.
Franco lleva su cauda de debes y haberes. Coincido con quien admite que gracias a él –yo mejor diría que al trabajo tesonero de los españoles, pero ¡en fin!– dejó una clase media que hacia falta en 1931 y 1936. No puede ningunearse ese margen de acción como basa de una transición que con sus muchos defectos sí sacó al país de un atolladero llamado Franco. Ya después, que la cauda de parientes y beneficiarios directos que hasta entonces (incluido 1975 y después) fueron cobijados por su sombra fuera el precio resultado de contar con 40 años teniendo en un puño a un país y siempre es de celebrarse que se les mantenga a raya, ahora a ellos. Sí, refunfuñan, pero es lo normal.
¿Dejarlo en paz? Mire usted: en mi país el PRI –que detentó el poder de forma fraudulenta y rotativamente entre priistas por 71 años– fue un lastre y siempre balbucea que no se hable del pasado, porque de hacerlo sí lo compromete con sus raterías, represiones, sus despilfarros, sus vendepatrias y su ineficiencia probada. Esos que dieron un pan por el costal de harina que se apropiaron. ¿Le suena a franquismo? Sí. Considero que sí ha de hablarse del pasado, de clamar justicia, de cesar un abuso legado o recuperar lo perdido o arrebatado; Franco nació del golpismo, nadie lo olvide. En su nombre o él mismo, se apoderó de España y merece reivindicársele y retirársele derechos usurpados –como al PRI exigirle que suelte la bandera mexicana secuestrada hasta hoy en su logo– y no, no hay que cejar en que se haga justicia allí donde se deba y se adeude.
Por supuesto que España es otra en 2025 y desde luego que ha de trabajar en un mañana. Eso considero que es indiscutible. Franco es historia, sí, pero no por ello debe haber impunidad ahí donde, ya le digo, haya apropiaciones y silencios cómplices, donde en consecuencia no quepa o clamen justicia retardataria porque otros la impidieron obligando a que no se materializara.
Franco nos deja una lección 50 años después de su deceso: un “nunca más”. Hace muchos años, un director del archivo de Ayamonte nos dijo a una comitiva de estudiantes de mi querida Universidad de Huelva que España perdió casi 100 años de pensamiento de avanzada en todos los órdenes gracias a la persecución y el consiguiente exilio. Y que apenas entonces, era cuando renacía en pro de España. Cuánta verdad. Franco supone, y no puede negarse, pérdida de libertades y de mentes probas apostando al cambio y al avance.
50 años han transcurrido y su eco queda. Así sea azuzado políticamente, pero sin lugar a dudas caló hondo y se ha debido extirpar, justo como tuvo 40 años para interiorizarse en el tuétano español tornándose omnipresente de manera desmedida, abusiva, impositiva, dictatorial. Su cincuentenario de fallecido debiera mover a la reflexión sobre cuál España se tiene y cuál España hace falta. Ya le digo: y remover lo que deba removerse, así sea extraer sus despojos del lúgubre Valle de los Caídos como ya fue, renombrándolo, que igual habrá cosas que no, seguramente. Las que sí, prosígase, que las naciones consiguen mejores estadios cuando lo que hay es por consenso y no por simple imposición. Y sus beneficiarios, lo sabemos bien, ya han tenido suficiente como para que siguieran mamando de la ubre a sus anchas. Aunque refunfuñen, ya le digo.