Apenas se detengan a pensarlo con detenimiento, pronunciarán: colapso. No es una exageración: el gobierno carece de presupuestos, de modo que se halla imposibilitado —ellos dirían, con su profiláctica jerga, discapacitado— para su más elemental ejercicio; en tanto, el parlamento permanece atenazado por el rechazo a toda iniciativa legislativa —sea del gobierno o de la oposición— de los siete escaños obedientes a Puigdemont. Mientras, este reconocido prófugo vive en Flandes y, además, a cuerpo de president, con el consentimiento de la Unión Europea y, de lo que es peor, de nuestra pretendida defensa, la OTAN, cuando encima no tienen forma de inhibirse porque ambos ampulosos organismos ubican sus majestuosas sedes cabe la residencia de este, si no ya pregonado traidor, al menos individuo peligrosamente sedicioso para un Estado asociado. O quizá su disimulo se deba a que nuestro inválido gobierno le enviaba rumbosos embajadores —uno de ellos, para aumentar esta farsa, ahora imputado por suculentas mangancias—; en fin, una circunstancia digna de una fabulación de Witold Gombrowicz o, volviendo la vista a España, de una desternillante novela de Jardiel Poncela o de Jorge Llopis, cuando existe —al menos, en la Constitución— una salida para todo este bufonesco embrollo en donde hemos caído; además, la mar de oportuna y, encima, la supuestamente más democrática de todas: unas elecciones.
Digo supuestamente porque según parece el gobierno, como las viejas dictaduras de aquí y de ultramar, asegura que persevera en su esforzadísimo cometido por nuestro bien y que, claro, si nos dejase votar, constatados nuestros descabellados antojos, podríamos instaurar el caos. ¡Y hasta ahí podía llegarse; hasta interrumpir el progreso de la nación!; aunque al país, durante el trayecto, se le fundan los plomos o se le socarren los bosques, le aumenten los precios de los productos básicos cada semana o los jóvenes, aun teniendo trabajo, recurran a un alquiler compartido —a veces, en tumulto— como la única manera posible de lograr una pizca de independencia; en fin, grotesco.
Y toda esta parálisis —si no es ya la agonía terminal de nuestro sistema—, me recuerda mucho a los llamados «años de plomo» de Italia —aquí, ese epíteto, llegó luego, como el de la «casta»; se conoce que lo copiamos todo de los italianos—, cuando se erigían gobiernos de penta y hasta heptapartidos, que apenas duraban un puñado de meses y entre los que siempre figuraba el incombustible —bueno; esta cualidad la conservó hasta la detención de Toto Riina— Giulio Andreotti, quien le explicó a Alfonso Guerra la virtud de la finezza en política. Después, ya conocen lo sucedido: con finezza y todo, uno tras otro, se suicidaron —judicial o silenciosamente— cuantos partidos habían gobernado desde la II Guerra Mundial, sin dejar más rastro que las ejemplares novelas de Leonardo Sciascia y esas estremecedoras películas sobre la Tangentopoli. Y valga esto como aviso a todos esos navegantes y otros corsarios que transitan por las mullidas alfombras de nuestras instituciones con el pecho inflamado de hondas vanidades y altas aspiraciones.
Y hablando de cine y de Andreotti, Paolo Sorrentino —quien acaba de estrenar por los festivales una nueva película, La grazia— rodó una memorable etopeya sobre aquel sinuoso e impenetrable político, titulada Il divo (2008). Personalmente la considero su mejor obra, aunque presente el gaje de disfrutarse hasta el último detalle por quienes aún recordamos a don Giulio, no digo ya quienes lo padecieron; esos debieron entusiasmarse durante sus proyecciones como escolares en una confitería. En efecto; sostengo que Il divo es un film mucho más acertado y agudo no ya que Partenope (2024), sino incluso que la tan celebrada La gran belleza (2013) y, por descontado, muy superior, hasta en su común intención, a su largo y demasiado dislocado retrato de Berlusconi, Silvio y los otros (2018). Pues a pesar de la sorprendente cromática elegancia de sus planos y hasta de los muy sugestivos episodios independientes que van hilvanando la trama principal, siempre encuentro en estas otras películas de Sorrentino algún defecto recóndito o explícito en el resultado final que, por más interesantes y hasta recomendables que me resulten, me dejan un pálpito de insatisfacción; mientras, durante y tras la visión de Il divo, no sentí el menor atisbo de ese sentimiento; muy al contrario, me embargó una profunda admiración por este relato sobre un tipo tan opaco como refractario a cualquier intento de narrarlo. ¿O acaso no es toda una temeridad pretender rodar un divertimento fílmico sobre un alma tan inaccesible, incluso cuando sonreía, como la de Andreotti? ¿Y no es ya una proeza que, durante casi dos horas, uno no aparte los ojos de la pantalla, sin discernir bien si está reviviendo sus recuerdos de aquel hombre singularmente encorvado y de cauteloso paso cardenalicio, o si más bien está descubriendo subyugado cuánto le intrigaba cada vez que aparecía al fondo de las fotografías oficiales, siempre velado tras sus gruesas gafas de oscuro teólogo?
Y en cuanto al actual colapso nacional, recuerdo una anécdota que casa de molde con estas erráticas líneas: un financiero norteamericano telefoneó alarmado a Berlusconi, cuando todavía era un prominente constructor e incipiente empresario de la televisión:
—Acabo de saber que estáis sin gobierno; ¡menuda catástrofe!
—En absoluto —le respondió Il Cavaliere—; estamos mejor que nunca.
Y si, al itálico modo, nuestra estéril coyuntura es la óptima para los Berlusconis locales, ya supondrán que nos hallamos en el turbio trance de «a río revuelto, merienda de…