Mimar Sinan y las mezquitas de Estambul
viernes 12 de diciembre de 2008, 22:32h
Kilic Ali Pasa era Gobernador de la Argelia otomana cuando conoció a Miguel de Cervantes, prisionero de los piratas de la Berbería tras haber sido capturado en el mar en 1575. A este personaje es a quien se refiere el escritor cuando escribe de Ucciali, el último gran corsario, en los capítulos 39 y 40 del Quijote.
El calabrés Lucca Galani quiso ser sacerdote pero el navío que lo llevaba a Nápoles fue capturado por los piratas y pasó catorce años como esclavo en las galeras turcas. Liberado, entró a formar parte del servicio de Solimán el Magnífico. Galani, que nació como campesino cristiano en 1496, se convirtió en corsario berberisco y murió en 1587 como Almirante Mayor de la armada otomana. Abrazó el Islam y con el nombre de KIlic Ali Pasa fue el único marino que salvó sus barcos en el desastre naval que sufrió la armada imperial en Lepanto.
La historia del Mediterráneo está plagada de almirantes, marinos, piratas, soldados y príncipes, por lo que es poco probable que Kilic Ali Pasa nos interese por sus proezas militares. Lo que hace visible al personaje y permite que trascienda es su tumba, junto a las olas del mar, a orillas del Bósforo. Yacen sus restos en la cripta del complejo religioso de su nombre en Estambul. En el barrio de Tophane se levanta desde 1580 una mezquita, un mausoleo, un hammam y una medersa. La mezquita es una hermosa copia de Aya Sofia. Nuestro héroe supo como pasar a la posterioridad: tuvo la intuición de encargar su morada definitiva a Mimar Sinán.
Son cientos las ciudades hermosas que pueblan el mundo. Unas lo son por su paisaje, otras por su arquitectura, algunas por su atmósfera, por su clase o por su elegancia. Estambul es una de esas ciudades en que la magia de su entorno, su situación geográfica, su historia, su legado cultural, la hacen excepcional e imprescindible. Miles son las razones para viajar a la vieja Constantinopla, a la antigua Bizancio. A mi se me ocurre que una de esas poderosas razones se llama Mimar Sinán.
Sin duda los lectores de esta crónica viajera se preguntarán quién es Mimar Sinan. Lamentablemente, un gran desconocido fuera del mundo musulmán pese a ser uno de los más importantes arquitectos de la humanidad. Su obra es la esencia del arte otomano. Fue, durante un periodo de cincuenta años, responsable de la construcción y supervisión de los edificios más importantes del gran Imperio. Sus logros artísticos revolucionaron la concepción estética del Islam y a menudo se le compara con Miguel Angel, de quien fue coetáneo, como lo fue de Vignola, Andrea Palladio y Juan Herrera, autor de El Escorial. Sinán es fiel reflejo del alto nivel de desarrollo y el refinamiento que alcanzó el Imperio Osmanlí.
Aunque se desconoce con exactitud su origen, se da por cierto que era hijo de familia cristiana, armenia o griega. Nació en la Capadocia en 1488. A los 14 años fue reclutado para el cuerpo de Jenizaros, y gracias a su gran capacidad intelectual y su ambición se formó como ingeniero y arquitecto. Participó en numerosas campañas bélicas en la reparación y construcción de puentes de pontones y en la de catapultas. Acompañó a los sultanes Selim I y Soleiman en las campañas militares de Rodas, Persia, Corfú, el sur de Italia, El Cairo, Austria, Moldavia y los Balcanes. Estas campañas le permitieron conocer numerosos ciudades europeas y apreciar de cerca sus edificios, monumentos y diversos estilos artísticos. Sus biógrafos le atribuyen una inmensa labor constructiva en su larga vida, siendo probablemente el arquitecto más prolífico de la historia: 81 mezquitas, 50 oratorios, 62 escuelas, 19 mausoleos, 32 conjuntos palaciales, 24 hospitales, 32 baños, 7 acueductos, 8 puentes y otros edificios de distinta naturaleza. Ese esfuerzo constructivo tiene que ver con el hecho de que murió casi centenario y hasta su muerte no dejo de trabajar. Una gran parte de su labor se desarrolló en Estambul, pero también construyó en Anatolia, Siria, Irak, Crimea y los Balcanes.
Un paseo por el barrio antiguo de Estambul nos acerca a la obra de Sinán de la que todavía quedan en píe hermosos ejemplares. Es en las mezquitas donde es más visible la capacidad artística, donde resalta la belleza creadora del gran arquitecto otomano. No en vano Estambul es al Islam lo que Roma a la religión Católica, al menos desde el punto de vista arquitectónico. Si la profusión de iglesias en Roma no tiene parangón en el orbe occidental, Estambul es la ciudad de las 1.500 mezquitas que crecen majestuosas, esplendorosas, vibrantes e impactantes, o pequeñas, recogidas y sencillas. Una docena llevan su firma.
La visita puede empezar por la Suleymaniye Camii. Las cúpulas escalonadas de la gran mezquita, que para mayor honra y gloria de si mismo quiso construir Suleiman el Magnífico en pleno apogeo de su poder y esplendor, dominan el horizonte en la orilla occidental del Cuerno de Oro. Situada en la cima de una colina, destaca por su gran tamaño. Su construcción empezó en 1550. En el tiempo récord de siete años, Sinán levantó un espléndido complejo, hermoso y suntuoso que incluye cuatro medersas, una escuela de medicina, un asilo, un comedor para pobres, un caravansaray y varios hammam, el mausoleo del Sultán, el de su esposa Roxelana y el propio del arquitecto. En esta obra consiguió una escenografía de gran luminosidad interior a través de 138 ventanas que adornan la mezquita imperial.
En las proximidades se levanta la Sehzade Mehmet Camii (1543-48), construida como mausoleo en memoria del príncipe Shezade, hijo primogénito de Suleiman, fallecido muy joven. El complejo cuenta con una medersa y una casa de invitados. La planta es cuadrada y sirvió como modelo para la Mezquita Azul. Los historiadores de la arquitectura la consideran la primera obra maestra de Sinán.
En la sexta colina de Estambul, al lado de las murallas, cercana a la puerta de Edirne, se sitúa la Mihrimah Camii, otra de las mezquitas imperiales. Construida entre 1562 y 1565 por Sinán para la hija de predilecta de Suleiman, a la mezquita le rodea el complejo tradicional de escuelas, baños, comedores. Sobresale por su cúpula y la iluminación natural. En las cercanías, bajando hacía el Mármara, tamben a la sombra de la muralla, está la Ahmet Pasa Camii, construida en 1551 por nuestro arquitecto para el entonces Gran Visir Kara Ameth. El edificio está precedido por un patio arbolado al que se asoman las celdas de los estudiantes de la medersa.
Detrás del Hipódromo, en 1571 levantó la Sokullo Mehmet Camii. Está considerada uno de sus monumentos más conseguidos. Se accede al patio por una hermosa escalera, y antes de entrar en la mezquita hay una elegante fuente cubierta. En el interior sobresale una gran cúpula y una alegre decoración floral. En los jardines que separan Hagia Sofía y la Mezquita Azul está el Haseki Hürrem. Un espectacular y bellísimo hamman que Sinán construyó en mármol para Roxelana, la favorita de Suleiman. El recinto, hoy convertido en la tienda oficial de alfombras, es de una gran armonía.
En el Cuerno de Oro, al lado del Bazaar Egipcio, Sinán construyó la Rustem Pasa Camii. En mi opinión la más bella y especial de las mezquitas del maestro. Es pequeña, recogida, hermosa, íntima. Aunque de aspecto austero en el exterior, su interior está decorado con azulejos de Iznik de increíbles formas y tonalidades. Fue construido en 1581 para Rustem Pasa, yerno y Gran Visir de Soliman, cuando el poder, la gloria, la arquitectura y la azulejería del imperio otomano alcanzo su cénit.
En Beyoglü, en el antigua barrio de Pera, cerca de la torre Gálata, cruzando al otro lado del puente del mismo nombre, todavía son visibles dos obras de Sinan. Al lado del Tünel, se levanta el Rustem Pasá Hani, un antiguo caranvasar creado para albergar a artesanos y almacenes al por mayor. Es el único que permanece en píe entre los numerosos que construyó en esa zona de la ciudad, que por aquellas fechas estaba reservada a los comerciantes extranjeros. Fue construido hacia 1550 y en él sobresale el patio y la cerámica esmaltada que recubre las paredes. Siguiendo el Cuerno de Oro, se llega a la mezquita Azapkapi, que se encuentra al lado del puente de Ataturk. La mezquita se llama también Mohamed Pasa Camii y fue construida en 1577.
También en Usküdar, en la orilla asiática del Bósforo, podemos admirar dos obras de Sinán. La Iskele Camii, erigida a instancias de la princesa Mihrimah, fué construida en 1548. Se trata de un edificio imponente y monumental, con amplio pórtico y dos minaretes gemelos. No muy lejos está el conjunto Atik Valide Camii, construido por en 1583 para la mujer de Selim III, que incluye los elementos típicos de estos complejos religiosos: escuelas, hospitales, etc. Esta mezquita fue una de las últimas obras del arquitecto.
La fuente de inspiración del arquitecto otomano fue Hagia Sofía, la impresionante basílica mandada construir por el emperador de Bizancio Justiniano entre 532 y 537, y en la que sobresale su espectacular cúpula de 30 metros de diámetro. Al tiempo que admiraba la gran iglesia cristiana, le irritaba profundamente. Consideraba una afrenta al Islam el que los arquitectos bizantinos hubieran sido capaces de construir una cúpula de tales dimensiones y los arquitectos musulmanes no habían logrado en siglos nada comparado. Para Sinán ese reto fue una motivación permanente hasta que, “gracias al Todopoderoso y al favor del Sultán”, consiguió su propósito. Creó una cúpula superior en 0,5 metros a la de Hagia Sofía. Tenía ochenta años y una gran experiencia a sus espaldas.
Para admirar la obra capital de Sinán, la Suleymaniye Camii, es necesario viajar a Edirne, la antigua Hadrianópilis, situada en la Tracia, a 220 kilómetros de la capital, ya en la frontera con Bulgaria. Construida para el sultán Selim II, sucesor de Suleiman, fue erigida entre 1569 y 1575. Es más pequeña que la Suleymaniye Camii de Estambul pero más elegante y armoniosa. Además de la cúpula, sobresale su exquisita decoración a base de mármol blanco labrado y la soberbia cerámica esmaltada de Iznik. Nada puede compararse a la elegancia, la serenidad, la simetría, la ligereza y originalidad de esta mezquita. Sinán decía que la Sulemanye era la obra de un obrero, la Shezade su obra de aprendiz y la Seliminiye su obra madurez
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Periodista
Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO
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