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LETRAS, CEROS Y UNOS

La universidad autobús

viernes 28 de noviembre de 2025, 19:15h

En mis años universitarios aprendí una lección que desde entonces intento dar a conocer: que el saber oficial se da en el aula, sí, pero el otro, el que se te queda clavado, pulula por el inhóspito territorio de los márgenes, el de las cafeterías aledañas y escaleras de incendios. Aquel que no se refleja en créditos ni en temaros oficiales.

Tuve catedráticos que parecían reliquias de un museo de jarrones chinos. Otros hablaban desde un pasado que parecía inventado, aunque no lo era: en antropología me tocó escuchar historias de profesores que habían sido discípulos de maestros que aún medían cráneos para calcular la inteligencia. La universidad conserva rincones oscuros, como cuartos de los ratones a los que nadie se atreve a entrar a limpiar.

También estaban los prebostes, que caminaban por los pasillos como si fueran prolongación de su despacho. Había sindicalistas disfrazados de docentes, más empeñados en convertir la clase en tribuna que en explicar nada. Y enchufados, claro, de esos ya hablaremos. Y las aulas de representantes de alumnos, donde el olor a hierbabuena se mezclaba con las soflamas sociales “buenas”, más en sentido rusoniano que machadiano, y las reuniones en sus salas acotadas de pequeños partidos que solo reunían setenta votos, pero debatían sobre conflictos a miles de kilómetros, como si el mundo dependiera de su asamblea y de las litronas que se embaulaban en ellas.

Un profesor emérito llegó a plantarme una reunión de prácticas: tenía —palabras textuales— que pasar la ITV. A veces los cuatrocientos años de historia se caen del pedestal por detalles como ese, mínimos pero reveladores: “David, tenía que pasar la ITV que, en el fondo, también es una evaluación”, me dijo el andoba.

Hubo también un Rector que presumía de progresista hasta que un candidato anunció en público su intención de rejuvenecer la plantilla y fomentar un mayor número de más mujeres en la institución. Entonces tembló la foto, la postal, la fachada completa. Recuerdo a las funcionarias de administración, a las que parecía que uno les debía media existencia cuando pedía cualquier papel. Y al profesor de métodos estadísticos que me dijo, sin mirarme demasiado: “Hazlo así, que para eso pagas”. Así rellené durante semanas bases de datos en SPSS, como quien marca una quiniela sin fe alguna en los resultados.

Una profesora pasó dos cursos dictando apuntes sin levantar jamás la cabeza del folio. Enseñaba, entre otras cosas, a elaborar exámenes tipo test. Cuando llegó el suyo, contenía dos errores. Un círculo perfecto.

Pero hay una escena que guardo con especial nitidez: el Rector, otro, porque en la universidad los rostros cambian, pero las sombras suelen ser las mismas, nos llamó a una reunión para que le echáramos una mano con la campaña. Cerró el aula, se encendió un cigarrillo para “empatizar” y soltó, solemne, la frase que aún hoy me persigue:
“La universidad no puede ser un autobús que lleva de un lado a otro.”
Quizá lo decía con buena intención, pero lo cierto es que llevaba toda la vida subido al volante.

No me extraña que la universidad privada esté ganando terreno. No es mérito suyo, sino avería de la otra. La pública debería ser faro y referencia, un espacio de pensamiento libre y crítico. Demasiadas veces es trinchera, refugio partidista, escenario de luchas que nada tienen que ver con el conocimiento. Un frente de masas sin épica ni poesía. Pintadas en las paredes y luego la ostia de realidad en la empresa de ocho a tres.

La universidad que yo conocí era un autobús en el que implicarse en el trayecto penalizaba. Por supuesto que tuvo cosas buenas, aprender a ser crítico e ir más allá a ser postcrítico, es decir crítico con los críticos que lo que mejor saben hacer es perpetuar las estructuras a la vez que fingen reformarlas; pero sobretodo aprendí que ya estaba instaurado quién conducía, quién mandaba callar, quién cobraba el billete y quién, sin saberlo, era un simple pasajero con billete caro. A todo ello, de alguna manera, le debo que esté aquí escribiendo. Que en vez de usar el autobús prefiera seguir recorriendo el camino andando.

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