Si hay un dios del Mundo Clásico del que pudiéramos levantar una gran teología ése es, sin duda, Dioniso, coronado de hiedra, tres veces nacido (trígonos), niño y adulto a la vez ( Andrikepaidóthyrson ), de sexo masculino pero cercano a lo femenino, hijo de Zeus, pero de madre incierta ( Sémele o Tíone, Perséfone, Etopia, etc. ), de condición ambigua entre mortal y dios, quizás daímôn, productor de alegría, el muy gozoso (polygêthês). Un dios poliónimo, o de muchos nombres, que podrían componer toda una letanía lauretana. El dios incuestionablemente más cercano al hombre, que llega a borrar las fronteras entre hombres y dioses. Benefactor de la humanidad, acompaña a los hombres en su vida cotidiana, alivia sus penas, los ayuda a alcanzar el amor, les sirve de inspiración a través del vino, guía a los emigrantes a fundar un nuevo hogar y, finalmente, asiste a los hombres en el mundo de los muertos. Produce milagrosamente vino, chárma brotoîsin, “alegría de los mortales”, cuando el hombre lo necesita, como se muestra en distintas representaciones del dios, como en la “Copa de Fineo”, calcídica del siglo VI a. C., o en un ánfora apulia de Basilea. Su relación con Orfeo y Hades le proporciona la posibilidad de acompañar al hermano hombre en el más allá. Amigo del pueblo, de las clases populares y de las mujeres se enfrenta al orden que impone el Estado; contra Licurgo, contra Penteo, contra Télefo, contra las hijas de Minias en Orcómeno, o las de Preto en Argos. También amigo de los dioses no perfectos, como Hefesto, el dios cojo y despreciado en el Olimpo hasta por su propia madre, y es que ambos son advenedizos en el mundo de la perfección olímpica. En apariencia débil e indefenso, destroza a sus enemigos no por la fuerza física, sino apoderándose de sus mentes, primero mediante prodigios y después por el terror. Se relaciona con el toro, de ahí el epíteto Brómios, “el de fuerte bramido”, y el poeta Ion de Quíos lo llama “de mirada taurina” y “digno toro”. De ahí que se llame al sacerdote de Dioniso “boukólos”, algo así como boyero. Cantarían ditirambos a Dioniso los hombres mayores, y peanes a Apolo los hombres jóvenes.
Comparte con su amigo Apolo el santuario de Delfos, pues que también es dios de la profecía. Es así que el poeta Filodamo de Escarfea escribió un peán a Dioniso que fue grabado en el mismo santuario, y que unos estudiosos franceses que excavaban en Delfos descubrieron la inscripción en las postrimerías del siglo XIX. Se utiliza en el peán varios epítetos como Baco o Yaco, que era la epíclesis con que se llamaba en los misterios de Eleusis a Dioniso. También se le pone el sobrenombre de ánax hygieías o soberano de la salud. El poema refleja la imagen de un Dioniso amable y siempre filántropo. Apolo reinaba en Delfos en primavera y verano, y Dioniso en el resto del año, con lo que se muestra la perfecta simbiosis de lo apolíneo y lo dionisíaco, y se confirma la intuición divina de Nietzsche.
Los labradores devotos pedían al buen Dioniso la lluvia, llamándolo Híes , de hýei, llueve; de ahí que los poetas a las Ninfas de Dodona, que criarán al pequeño Dioniso, las llamen Híades. Estas nodrizas del dios, a su muerte, serás catasterizadas por Zeus y se convertirán en la constelación de las Híades ( Ambrosía, Eudora, Pedile, Corónide, Polixo, Fito y Tione ), situada en la frente de Tauro formando los cuernos y el ojo del Toro. También se le llama “hijo del trueno” como otra alusión a su capacidad para favorecer la lluvia. Basándose en los cuatro elementos de Empédocles, el pitagórico Filolao interpretó lo siguiente: “Pues Crono domina toda la substancia húmeda y fría, Ares de toda la naturaleza ígnea, Hades abarca el conjunto de la vida terrena y Dioniso rige la generación húmeda y cálida, de la que el vino es el símbolo, por ser húmedo y caliente”. Metrodoro de Lámpsaco identificó a Deméter con el hígado, a Dioniso con el bazo y a Apolo con la bilis. Porque era el dios más querido por las clases populares, la Iglesia lo quiso especialmente desprestigiar, y así, Clemente de Alejandría ( santo hasta el siglo XVI en que la Iglesia lo borró de lista de santos ) involucra a Dioniso en un execrable y repugnante acto necrofílico: Dioniso, que ardía en deseos de descender al Hades, desconocía el camino y pidió a un tal Prosimno que lo condujese. Este aceptó a cambio de un favor sexual. Al volver del Hades no encuentra a Prosimno, porque había muerto, y queriendo cumplir su promesa se dirigió a la tumba de Prosimno. Con la rama de una higuera modeló un miembro viril y se puso encima del mismo, cumpliendo la promesa al muerto. El hecho de que Dioniso hubiese fabricado un miembro viril y mantenido una relación sexual con el muerto estableció un vínculo entre el dios del vino y la muerte. En realidad, los muertos eran celebrados durante ciertas fiestas dionisíacas, como las Antesterias ( “fiesta de las flores” ) en Atenas, en el mes de las primeras flores, marzo/abril, en el momento de la victoria sobre el invierno y la muerte. Amigo de los esclavos y criados, en el “Blanco Día”, o segundo día de las Antesterias, aquellas deberían gozar de libertad completa.
Durante todo el período clásico el pan y el vino estaban investidos de un valor sacral a través de las figuras divinas de Deméter y Dioniso. El pan y el vino, Deméter y Dioniso, se hallan en la base de la subsistencia humana mediterránea y, por ende, de la cultura que nace asociada a este hecho. Esta condición de benefactores de la humanidad condujo a su conversión en dioses desde el pensamiento evemerista. El mayor enemigo de Dioniso fue Licurgo, quien según Antímaco llegó a ser rey de Arabia. Por haber atacado Licurgo a Dioniso y a sus nodrizas, este dios lo castigaría con una locura que le hizo asesinar a su propio hijo, Driante, y provocó la esterilidad de su tierra, Arabia. Quizás este mito explique la etimología árabe de “alcohol” y la prohibición islámica del vino.
Zeus decidió cederle el poder a Dioniso cuando era aún un niño, pero los Titanes, hijos de Cielo y Tierra, celosos de él, decidieron matarlo, cocinarlo y devorarlo. Se embadurnaron la cara con yeso ( precisamente “títanos” en griego ) para engañar al dios niño, lo engatusaron con algunos juguetes, y después lo mataron, lo desmembraron, lo cocinaron y se lo comieron. Apolo recogió sus restos y los guardó en Delfos, pero el dios niño volvió a la vida. Zeus castigó la insolencia de los Titanes fulminándolos, y de sus cenizas, mezcladas con su sangre, con el fuego de Zeus y con la tierra, nacimos los hombres. Somos el resultado de un terrible delito, y debido a las circunstancias de nuestro origen tenemos un cuerpo perecedero, originado en la tierra, y un alma inmortal, de procedencia divina, que, a su vez, tiene aspectos positivos, los propios de Dioniso, nuestro hermano, y otros negativos, los procedentes de los monstruosos Titanes. Estamos condenados a luchar eternamente contra nuestra naturaleza titánica, y deberíamos estudiar más la teología que nos brinda el Mundo Clásico, de la que tantas cosas ha cogido, como se ve, nuestra Iglesia.