(He encontrado lo que sospecho sea una introducción teórica a lo zorropiteco entre los folios que dejó sobre mi mesa el peripatético individuo. Reconozco que se me había traspapelado; aun así, puede que sea de algún valor darla a conocer. Nota del director Ficticio)
Toca hablar de lo zorropiteco. Sí, han leído correctamente: zorropiteco. Siempre habrá habido zorropitecos, supongo, no sé si entre los australopitecos (aunque imagino que no), pero entre sapiens sapiens, eso es seguro y desde hace bastante. Una síntesis descriptiva podría ser la de alguien con sentido del humor, pero que a la vez siente el humor, es decir, es afectado por él en un momento aleatorio (o random, como ahora se dice) y, a poder ser, inoportuno.
Zorropiteco es ciertamente algo peliagudo de definir, no voy a mentirles, porque nace de la obstinación de huir de las definiciones. ¿No abruma responder a preguntas molestas que exigen una respuesta única, sin matices?, ¿no resulta pesada la tendencia a la etiquetación que no sólo sufren los productos de consumo? Zorropiteco, es en mi caso, una etiqueta propia por la que puedan deslizarse el resto. Así que aviso a navegantes: si las circunstancias tienden a estamparle un muestrario de marcas y pegatinas sociales, tribales y políticas, hasta hacerle adquirir complejo de maleta, lo mejor es componerse un profiláctico personal. Yo me tengo por zorropiteco, y lo defenderé a capa y espada donde sea preciso. Pero, sin duda, es algo más.
Lo zorropiteco encierra una manera de estar, algo como una circunstancia traviesa; un agujero por el que respira lo espontáneo, venganza de la vida frente a la convención, un acento sobre una consonante. El despiste que hace reír es algo zorropiteco. Zorropiteco es Gene Kelly bailando bajo la lluvia y sin abrir el paraguas; es Amélie cruzando al ciego y radiándole la vida. Es Oscar Wilde dando una conferencia sobre Estética en una mina de Colorado, o Ramón Gómez de la Serna pronunciando un discurso desde un trapecio. Es Zorba. Es Groucho. Pero integrados en la rutina.
Lo zorropiteco es algo latente; no siempre se manifiesta, no se puede forzar: sucede; y no sólo en las personas, en el alrededor. Es ese humor ambiental que permite que se vuele el sombrero de paja en el aeropuerto, o que se le caiga el vaso de agua a un presidente de algo. Eso suena a zorropiteco. También es un modo de atrevimiento, un capricho espontáneo tanto de quien se espera como de quien no. Es lo que uno desea que sucediese alguna vez y tiende a ocurrir sólo en el pensamiento. Lo zorropiteco se rebela ante estas limitaciones.
Zorropiteco fue un concepto que hace ya muchos años se me presentó delante de las narices, o mejor dicho, se me posó. Estaba tumbado en el sofá, en una de esas pegajosas tardes de verano, mirando las musarañas, cuando de improviso una se despegó del techo y fue cayendo en zigzag, ensayando otros nombres parecidos (zurripanda, zorropastra...) hasta que llegó a mi nariz. No busquen, pues, significados etimológicos, aunque parezca tenerlos. Sólo más tarde me informé de que las últimas huellas encontradas en lo más inhóspito del Ártico no pertenecían a osos polares sino a zorros. Así que tampoco resulta mal emblema de supervivencia.
Ser zorropiteco, como insinué al principio, es un justificante universal de lo que le plazca (¿por qué vota a Fulano?, ¡porque soy zorropiteco! [o zorropiteca)]; ¿por qué le gusta ‒o no le gusta‒ el deporte?, ¡porque soy zorropiteco!; ¿por qué vota a Fulano y a la vez asiste a deportes al lado de Mengano?, ¡porque soy zorropiteco!, etc.). Lo zorropiteco es una bicoca, más aún en los tiempos de hoy, en los que el sentido común y el del humor no nos visitan cada día.
Aprovechando el ilustre paraguas de la Asociación Estudios de Axiología, benemérita rama de la Filosofía que analiza los valores, hará el año tuve ocasión de poner a consideración y examen de asistentes y expertos el nuevo valor de lo zorropiteco, en la mesa redonda «Con la Hispanidad hemos topado» del II Encuentro Presencial del canal de YouTube Res Hispánica, en El Escorial, dentro de las sesiones organizadas por el Foro Liberal. Me pareció el lugar y momento idóneos tras perorar a gusto sobre el humor hispánico. El profesor de Filosofía José Luis Roldán dirigió con su habitual savoir faire la citada mesa, compuesta por Gabriel Albiac, José Sánchez Tortosa, Irene Gálvez, Rubén Franco y servidor de ustedes. Entre los vídeos del canal podrán ver, a modo de verso suelto, mi intervención, que fue la última, comiéndome casi la hora de comer. Sí, me pareció que en el mundo impredecible, implacable, congelador y tech que nos ha tocado sufrir, era el momento de proponer a mis compañeros de mesa, a su director, incluso a próceres como los humanistas Agapito Maestre e Ignacio Gómez de Liaño, que estaban allí, y, ¿cómo no?, al resto de concurrentes, un test/encuesta ya conocido por unos few desde hace un tiempo, para que cuando menos estuvieran seguros de una certeza en esta vida, si eran o no zorropitecos. A los que lo hicieron y salieron como tales, les favorecí los correspondientes diplomas, expedidos por la ilustre Sociedad de las Cosas Porque Sí, con su sello de prestigio y firma del doctor Van Vienen, de Viena, su secretario, que no pudo estar presente al estar sometido en esos días a cierto tipo de tratamiento.
Si acceden al vídeo en cuestión en el susodicho canal de Res Hispánica, podrán escuchar y responder al test ‒quien apetezca hacerlo‒ mientras lo visualizan, o leerlo en el archivo anclado en su caja de descripción y comprobar, allí mismo, baremos y resultados (especifico el título: «Alfredo Arias y lo zorropiteco»). Sólo se pide que en las respuestas se eviten los lacónicos y mecánicos «sí», «no» y «no sabe/no contesta» (que son cero zorropitecos) y se usen equivalencias más contundentes: «¡Por supuesto!», en lugar de «sí»; «Ja, ja», en lugar de «no», y «¿Está de broma?», en lugar de «ns/nc». Con relación a los diplomas, si alguna vez la vida nos pone en el camino, tendré sumo gusto de dárselos, aunque no me cabe duda de que la mera satisfacción de reconocerse zorropitecos (si hay suerte) sea suficiente galardón, galanura y testimonio. Para abrir el apetito, les adelanto una de las preguntas del test: «¿Se le ha ocurrido pensar que la inteligencia es una forma razonable de locura?».
Por cierto…, para aquellos que con buen criterio sospechen de toda etiqueta, incluso de la antietiqueta de lo zorropiteco y aun así hayan pasado el test, hay una fórmula infalible para despegarla, gracias a su inefabilidad. Basta con soplar y dar un salto.