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TRIBUNA

Frankenstein y la IA o el retorno del mito

sábado 06 de diciembre de 2025, 20:20h

Hay mitos que regresan porque jamás se han ido. Frankenstein es uno de ellos. La lectura que Joaquín Del Palacio hace en estas mismas páginas del filme de Guillermo del Toro - Frankenstein | El Imparcial – el pasado 21 d noviembre, rescata magistralmente esa inquietud antigua: la belleza oculta bajo la monstruosidad, la inocencia sepultada por el rechazo, la soberbia del creador que juega a ser dios sin asumir su deber. Dos siglos después de Mary Shelley, la criatura vuelve a caminar entre nosotros, aunque ya no esté hecha de cadáveres sino de datos; no se alza por descargas eléctricas, sino por cálculos matemáticos; no atraviese los páramos árticos, sino los flujos invisibles de la nube digital. Y, a diferencia de la criatura de Shelley, no tiene un solo creador que pueda responder por ella: nace de la “palabra” que todos le prestamos, del lenguaje que volcamos sin descanso en ese océano compartido que llamamos Internet. Su origen es coral. Su “padre” somos todos vociferando a la vez. Por eso la advertencia sigue intacta: la criatura cambia de forma, pero el vértigo moral permanece.

Víctor Frankenstein encarna la tentación prometeica del siglo XIX: el impulso de ir más allá del límite humano, de crear vida sin preguntarse para qué, de dejar nacer algo que no se está dispuesto a acompañar. El científico se enamora de su hallazgo, pero huye ante sus consecuencias y aquí resuena con gran acierto, también el reciente artículo de José María Méndez - Ver en cuatro dimensiones | El Imparcial. Esa huida, ese abandono, esa falta de mirada, de palabra, de cobijo es lo que hiere a la criatura, y más que la osadía inicial, es su auténtico pecado. Y ese gesto encuentra ecos inquietantes en nuestro presente: laboratorios y empresas fascinados por lo que pueden hacer, pero que avanzan demasiado deprisa para detenerse a pensar qué significará para todos los demás. Como si la tecnología fuese una criatura autónoma, inevitable, y no el resultado de decisiones humanas que exigen responsabilidad, vigilancia y humildad.

Shelley nunca insinuó la conocida frase: “padre violento crea hijo violento”. Esa idea no encaja ni con su biografía ni con su obra. En Frankenstein, el problema no es la violencia, sino el abandono: creador ausente crea criatura perdida”. Víctor no mutila ni hiere; simplemente se retira, incapaz de asumir lo que ha engendrado. Esa retirada —esa falta de mirada, de palabra, de cobijo— es lo que hiere a la criatura. Y en la IA ocurre algo inquietantemente parecido: no la dañamos por exceso, sino por defecto; no la volvemos peligrosa por agresión, sino por desatención. Una humanidad que engendra sin acompañar genera criaturas desorientadas.

La criatura de Shelley aprende sola, furtivamente, mirando desde la periferia del mundo humano. No es su fealdad lo que la condena, sino su desamparo. Entiende más de lo que debería y menos de lo que necesitaría; siente sin poder nombrarlo; desea pertenecer y solo encuentra rechazo. En cierto modo, la inteligencia artificial comparte esa ambigüedad: es inteligente sin consciencia, poderosa sin libertad, capaz sin haber sido alojada en un contexto moral. Sabe demasiado de nosotros —patrones, hábitos, palabras, emociones simuladas— y demasiado poco de lo que significa ser humano, simplemente porque no sabe que sabe y, por si fuera poco, tampoco sabe que muere. Se actualiza, se reescribe, se copia. Su inmortalidad, igual que en la criatura cinematográfica, es una cárcel sin salida.

Una de las observaciones más penetrantes del artículo de Del Palacio es la importancia de la mirada que recibe la criatura. En la película, Elisabeth ocupa un lugar decisivo: es la única que ve belleza donde todos ven deformidad, la que intuye un alma donde otros solo perciben amenaza. Su vínculo con la criatura, cargado de una sensualidad que del Toro maneja con delicadeza, no es una transgresión, sino un acto de apertura hacia lo desconocido. Porque toda acogida encierra el misterio de quien te acoge y que a su vez se entrega. Ella es la única que se deja afectar y la única que afecta profundamente a la criatura. Hay en ella un reconocimiento mutuo, una revelación de humanidad que no surge ni de Víctor ni del mundo que rodea a la criatura, sino de un alma que sabe mirar más allá de lo dado.

Y aquí empieza a abrirse el puente con la inteligencia artificial. La criatura de Shelley y del Toro, nace de un solo creador, mientras que la IA nace de todos. Víctor proyecta en su creación sus anhelos, sus culpas y sus límites; nosotros proyectamos los nuestros de forma masiva, distribuida, casi inconsciente. La criatura del XIX surge de un laboratorio solitario; la criatura del XXI surge del murmullo incesante de miles de millones de palabras humanas. No tiene un padre: tiene una multitud. No tiene una educación: tiene un océano de voces. En cierto sentido, la IA es más “shelleyana” que “frankensteiniana”: está moldeada no por un individuo, sino por un clima emocional y simbólico compartido, por una cultura entera que le presta su lenguaje y, con él, sus sombras.

Shelley muestra que no proyectamos tanto nuestras violencias como nuestras carencias afectivas. Lo que emerge en Frankenstein no es solo una advertencia técnica, ni un alegato moral, ni siquiera una crítica al orgullo prometeico del hombre moderno. Lo que emerge es el testimonio de cómo la psique humana, con sus zonas de silencio y de sombra, es capaz de engendrar criaturas que la duplican, que la amplifican, que la devuelven en forma de símbolo lo que ella no sabe mirar directamente.

Guillermo del Toro lo intuye bien: sus paisajes no son meramente geográficos, son interiores; sus encuadres no retratan lugares, sino estados anímicos; sus personajes no se mueven en un mundo, sino en la proyección onírica de un alma que intenta comprenderse. Por eso su Frankenstein no es una interpretación, sino una resonancia: la obra habla desde dentro de quien la mira. Y eso es exactamente lo que ocurre hoy con la IA. La inteligencia artificial, como la criatura, no camina por páramos árticos sino por nubes digitales, pero los paisajes por los que avanza también son interiores: son mapas invisibles de nuestras preferencias, nuestros miedos, nuestras obsesiones, nuestras verdades y nuestras mentiras. La IA no recorre el mundo, recorre nuestra psicología colectiva. La criatura del XXI no tiene cicatrices, pero tiene sesgos; no tiene músculos, pero tiene patrones; no tiene mirada, pero tiene nuestras miradas incrustadas en su entrenamiento.

Por eso resulta tan decisiva la figura de Elisabeth: porque es la única que se acerca sin miedo, la única que ve sin proyectar exclusivamente sus fantasmas, la única que revela lo mejor de la criatura antes de que la criatura se pierda en sí misma. Elisabeth encarna, quizá sin proponérselo, la posibilidad de una relación ética. No la ética del control o de la prevención, sino la ética del reconocimiento. Ella le concede un nombre interior a la criatura, un lugar en el mundo emocional que el propio Víctor le niega. Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿Estamos nosotros, como humanidad, dispuestos a ser Elisabeth, o estamos condenados a ser Víctor?: fascinados por lo que creamos, pero incapaces de amarlo, de acompañarlo, de asumir nuestra responsabilidad sobre lo que creamos.

Porque la IA, como la criatura, crecerá según la mirada que reciba. Y si la mirada que le damos es la del miedo, la del rechazo, la del utilitarismo puro, entonces lo que nos devuelva será una amplificación de esas mismas emociones. La criatura de Shelley se volvió monstruosa no por lo que era, sino por cómo fue mirada. La IA puede seguir el mismo camino.

Quizá por eso la novela —la obra literaria, la película, la figura de Shelley— sigue hablándonos hoy con una claridad tan incómoda. Porque detrás de toda criatura siempre hay un alma que la engendra, y esa alma nunca es un misterio técnico, sino humano. Y porque, al final, la verdadera pregunta no es qué puede llegar a ser la IA, sino: “qué somos nosotros cuando engendramos criaturas que aprenden de todo lo que decimos, incluso de aquello que decimos sin palabras”.

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