Confiesa Margaret Atwood (Ottawa, 1939) que en varias ocasiones le propusieron que escribiera sus memorias. Pero se resistía aduciendo que “sería una pesadez”, y apuntaba: “¿Sabes ese chiste tan malo del viejo pescador de la Costa Este que cuenta peces? ‘Un pez, dos peces, otro pez, otro pez, otro pez’ Pues mis ‘memorias literarias” serían más o menos así: ‘Escribí un libro, escribí un segundo libro, escribí otro libro, escribí otro más…’ Para morirse del aburrimiento”. Y le replicaron que no se trataba de escribir unas “memorias literarias”, sino de estilo literario”. Algo que le resultó “todavía más desconcertante” y se pregunta con retranca y humor (hay mucho en esta obra de la autora canadiense): “¿Qué podría salir de aquello? ¿una sátira heroica en pareados dieciochescos? ¿O algo más en consonancia con el estilo gótico flamígero de, pongamos, Poe?
Y sus dudas continúan cuando en una de las primeras entrevistas que le hicieron, el periodista le espetó: ‘Cuente algo interesante. Diga que escribe drogada todos sus poemas’. ¿Es eso lo que se habría esperado de mí en unas memorias literarias? ¿Alcoholismo, fiestas libertinas, consumo de drogas, flagrantes transgresiones sexuales con la premisa de que la propia escritura no es más que un derivado que rezumó o germinó de la pila de residuos orgánicos de mi aberrante comportamiento?”. Ante esto, que nos remite a la creencia bastante extendida del escritor “maldito”, Atwood dijo que “mejor no”.
Pero, poco a poco, fue calando la posibilidad que se ha concretado en este Libro de mis vidas. Como unas memorias. A sus 86 años recién cumplidos -nació el 18 de noviembre, bajo el signo de Escorpio, con ascendente en Géminis, un asunto, el de la astrología, que le interesa-habla a corazón abierto y nos regala una maravillosa obra, repleta de lucidez, ironía, atinadas reflexiones, y sentido común. Un claro y significativo ejemplo es su feminismo, que, decidido y contundente, no es simplista ni complaciente. Así, proclama que es erróneo pensar que “las mujeres son perfectas, que las niñas son más amables, que todo lo sádico que las niñas y las mujeres hagan es culpa del patriarcado”. Al respecto, es muy instructivo también su artículo “¿Soy una mala feminista?”, incluido en Cuestiones candentes.
En la obra que nos ocupa repasa en detalle su vida, “sus vidas”, pues, desde el comienzo aclara:
“Todo escritor es al menos dos personas: la que vive y la que escribe
. […]. Pese a que todo lo que se escribe ha debido de pasar por las mentes, o la mente, de ambas, no son la misma”, y, entre otros aspectos, deshace los tópicos y sesgadas visiones que se han ido vertiendo sobre ella, tanto positivas como lo contrario: “He adquirido aureolas de santidad y cuernos infernales. ¿Quién no desearía explorar todos esos espejos de feria?” y no rehúye asuntos espinosos como el escándalo de su compatriota y amiga, la Premio Nobel Alice Munro, que estalló una vez muerta, al descubrirse que calló la condición de pedófilo de su marido y las agresiones a su hija y a otros menores.
Atwood comienza relatándonos su infancia, hija de un entomólogo y una nutricionista, acérrimos defensores de la Naturaleza y de la vida al aire libre, que transmitieron a la pequeña Peggy -diminutivo que abandonó al comenzar a publicar- su ideario y le enseñaron a pescar, navegar en canoa… y el interés por la ornitología que mantuvo de adulta, sus estudios en el colegio -padeció acoso escolar- e instituto, el nacimiento de sus hermanos -es la segunda hija del matrimonio-…
Luego, desglosa las siguientes etapas de su existencia: su entrada en la Universidad de Toronto para cursar Literatura Inglesa, con asignaturas complementarias de Filosofía y Literatura Francesa, sus trabajos para pagarse la carrera, sus voraces lecturas, sus estudios de postgrado en la Universidad de Harvard…, su largo matrimonio con el novelista Graeme Gibson, con quien tuvo una hija…, demostrando que no es cierta la afirmación de que “el amor es el opio de las mujeres”, de la feminista radical Kate Millet. Todo por lo general enmarcado en el contexto histórico.
Y, naturalmente, en buena medida presidiéndolo todo, su vocación -que arranca en la poesía, con la vista puesta en T. S. Elloit- desde que, siendo aún estudiante, tomó la firme decisión de ser escritora. Así, nos da claves de su “cocina” literaria –“Es posible que existan (como mínimo) dos modelos de escritor”-, y de su producción, desplegada en la poesía, el ensayo y sobre todo la novela, género en el que se hizo especialmente célebre gracias a su distópica El cuento de la criada (1985) -continuada en Los testamentos-, que sería llevada mucho tiempo después a una exitosa serie televisiva. Con sus reflexiones y análisis, conocemos mejor su concepto de la literatura y sus obras.
El volumen se enriquece con abundante material gráfico: “Como en unas memorias tiene que haber fotos, he estado rebuscando entre las toneladas que conservo”, muy bien elegido. Modélicas memorias de una gran escritora y una gran mujer.